Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Análisis:EL ACENTO

Semana de terror en La Paz

Silveria, una anciana de 87 años aquejada de una enfermedad pulmonar, ha malvivido durante seis días en los pasillos del hospital La Paz. Durante su alucinatoria estancia en un hospital de la Comunidad de Madrid, vio pasar médicos, enfermeras, enfermos, familiares de enfermos y hasta cadáveres. Ella y los cientos de enfermos que permanecen aparcados en los pasillos de los hospitales por falta de camas, de inversión en mantenimiento de los hospitales o de previsión, muestran cómo perciben los ciudadanos la sanidad madrileña, tan autoalabada por los mandos de la Comunidad. Los usuarios sufren estrangulamientos en las urgencias y listas de espera agobiantes, maquilladas con triquiñuelas normativas.

Casi al mismo tiempo que Silveria y cientos de enfermos sufrían los rigores de un colapso en urgencias, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, inauguraba un hospital sin licencia de funcionamiento, el Infanta Leonor. La presidenta tiene una especial avidez por las inauguraciones, sobre todo en elecciones. En ocasiones, inaugura dos o tres veces el mismo hospital; otras, acude a fotografiarse en centros sin terminar, que sólo tienen equipada una sala o un quirófano, mientras el resto del edificio sigue en obras. Algunos malintencionados aseguran que Esperanza Aguirre inaugura decorados de clínicas fabulosas, edificios vacíos amueblados por los mejores especialistas en atrezo para cobrar réditos electorales.

El caso de Silveria es una fotografía en blanco y negro de la sanidad madrileña; las inauguraciones de Esperanza Aguirre parecen postales en colorines de una sanidad virtual, tan lejana para los madrileños como el Xanadú de Khublai Khan. Si la sanidad madrileña funcionase tan bien como dice la presidenta, ya estaría en marcha un expediente para depurar las responsabilidades políticas y profesionales en casos como el de Silveria y de cientos de enfermos humillados por esa política sanitaria. Y, sobre todo, no se inaugurarían hospitales en impecable tecnicolor, pero sin licencia, en medio de la nada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de marzo de 2008