Reportaje:58ª edición de la Berlinale

Asesinos con placa en la favela

'Tropa de élite', del brasileño José Padilha, enfrenta a criminales y policías en Río de Janeiro durante los días previos a una visita del Papa en 1997

Fernando Meirelles nos había contado en la terrorífica Ciudad de Dios que la vida no valía nada en las favelas de Brasil, que el que controla el narcotráfico es el único rey en esa selva humana que se rige con leyes bárbaras, que los niños aprenden a matar con naturalidad helada. En Tropa de élite, José Padilha retrata con efectos devastadores el otro lado de la moneda, la metodología salvaje y la absoluta impunidad de la policía que tiene la misión de reprimir a esa delincuencia al por mayor e inacabable.

La razón de que los altos mandos decidan enviar a un grupo de élite para sanear provisionalmente la más peligrosa favela de Río de Janeiro obedece como casi siempre a una razón de imagen, a una razón política. En el año 1997 el Papa ha decidido hacer una histórica y apostólica visita a Río, y por lo tanto hay que tapar la mierda, acallar durante tan trascendentes días esa violencia infernal, engañar al mundo con el anverso más tranquilizador de Brasil.

Padilha nos confirma que no hay salida para las dudas éticas
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Padilha describe con pulso, realismo y clima un universo legitimado que da tanto miedo o más como la criminalidad a la que deben combatir. Nos asegura con buen cine que la corrupción generalizada es la moneda de cambio en la que están enfangados los guardianes de la ley, gente que practica sistemáticamente la tortura y el asesinato selectivo o indiscriminado sin tener que dar cuentas a ningún tribunal. Su denuncia insiste en que en esa sociedad ferozmente desigual todo cristo le saca provecho económico a las sustancias prohibidas, desde el lumpen a la pasma, desde los políticos a los niñatos de la burguesía ilustrada que desarrollan sus inquietudes sociales entre el submundo de los parias.

No lo hace de forma maniquea. Aparecen policías jóvenes e idealistas que aspiran a cambiar el estado de las cosas y a que la legalidad se cumpla. También un jefe de esta guardia pretoriana al servicio del poder que atraviesa una autodestructiva crisis de identidad por llevar demasiado tiempo asumiendo las heces y practicando la violencia sin límite que le imponen cotidianamente desde arriba. Pero Padilha nos confirma que no hay salida para las dudas éticas, que el sistema lo tiene todo atado y bien atado, que la supervivencia va aparejada al embrutecimiento moral. Es una película tan dura como creíble, que destila pesimismo con causa, y con la inequívoca sensación de que sabe de lo que está hablando, de una guerra en la que ninguno de los bandos es inocente, en la que la agresividad es el arma del represor y del reprimido.

El cine alemán, al que creíamos cadáver desde que a Wim Wenders se le agotara la inspiración hace un millón de años, ha resucitado en los últimos tiempos con películas tan apreciables como Goodbye, Lenin!, Contra la pared, Verano en Berlín y La vida de los otros. A pesar de tan golosas referencias teutonas nada hacía presagiar que la directora alemana Doris Dörrie realizara una película aceptable, ya que salvando la graciosa, inteligente y muy lejana Hombres, hombres todo lo que ha filmado después invitaba a la deserción o al ronquido.

Pero sorprendentemente Cherry Blossoms-Hanami, crónica agridulce y con aliento lírico sobre la odisea interior de un melancólico y desconsolado viudo que visita a un hijo que vive en Japón, se deja ver y oír, tiene cierto encanto, transmite con naturalidad y ternura el desconcierto, la soledad y la intemperie de este pueblerino bávaro en un mundo que le resulta amenazante y absurdo y en el que acabará encontrando respuesta a sus dolorosos interrogantes sobre sí mismo y sobre los enigmas y anhelos de su desaparecida esposa.

Asocio el cine del excéntricamente mitificado director de Hong Kong, Johnnie To, a la caña dura, a la violencia extrema y machacante, al cine de gánsteres en chino. Nunca he entendido sus argumentos ni a sus personajes, y tampoco he sabido apreciar el arte que le atribuye tanto moderno perspicaz. En Sparrows es la primera vez en las películas que he sufrido de este hombre en la que deja de amontonar cadáveres para intentar ponerse juguetón, estupendo y comediante, narrando la historia de un grupo de carteristas a los que seduce una zumbada pretendidamente fascinante. Pues sigo sin pillarle el talento a este To que ha abandonado la sanguinolencia y la negrura para intentar ser divertido y surrealista.

Lo único agradecible de Sparrows es que sólo dure 85 minutos, metraje que es casi imposible encontrar en el cine actual. Y si hubiera dejado su luminosa idea en un cortometraje todavía hubiera sido mejor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0011, 11 de febrero de 2008.

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