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Reportaje:1968

El año que cambió el mundo

En 2008 se cumple el 40º aniversario de un momento clave del siglo XX. París, San Francisco, Praga, Vietnam. Muchas mechas prendieron a la vez y una generación de jóvenes se rebeló contra el modelo de sociedad burguesa. Su moral represiva se combatía con la liberación sexual, el placer inmediato de las drogas, el 'rock and roll'. Aquellos chicos, lejos de avergonzarse de su inmadurez, sacaron pecho. Se gritaba "la imaginación al poder". Pero, ¿qué imaginación?, ¿y qué poder? Aliados de la lucha obrera, los 'sesentayochistas' pertenecían en su mayoría a las clases acomodadas. Negaron el consumo y acabaron siendo sus máximos aliados. Promovieron la revolución social desde el superindividualismo. Las contradicciones del 68 son numerosas. Pero de cada una de ellas saltó una chispa. Y entre todas forman una luz que sigue iluminando el mundo cuarenta años después.

"Desear la realidad está bien, realizar los deseos está mejor". La consigna no dejaba lugar a dudas, puesto que a la revolución de 1968 dejaba olisquear desde lejos los tufos que caracterizan a la orgía. La misma significación medular se encerraba en el "ser realistas, pedir lo imposible", o, lo que es lo mismo, que todo lo soñado se cumpliera y que cualquier bien llegara a las manos con el simple derecho de existir. No podía, pues, considerarse extraño que los detractores observaran el movimiento como una pataleta de hijos mimados. Y obscenos.

El talante dionisiaco del 68 se oponía al orden sexual que reinaba en la sociedad burguesa, y ello constituyó el núcleo basal de la revuelta. Una revuelta generada no por fuerzas masónicas ni porque hubiera subido el precio del trigo al modo de la revolución de 1789, sino por la potencia del orgón.

Todas las críticas a los fuegos de artificio político del 68 no tienen en cuenta su hoguera fundamental, encendida desde el sexo, y gracias, decisivamente, al movimiento de liberación de la mujer. Sin el concurso de la liberación femenina no habría sido posible llegar a nada, pero con su complicidad saltaron los tabiques del tinglado tradicional.

El capitalismo, sin embargo, se mantuvo airosamente en pie. Más aún: el odiado capitalismo mutó su antigua piel por un satén de irisados colores, y con ello obtuvo capacidad para respirar mejor y desarrollarse como una verbena de consumo agregada a la fiesta del orgasmo, el antiautoritarismo, la aventura y el amor a la revolución.

Daniel Bell presagiaba en Las contradicciones culturales del capitalismo el conflicto que podría crearse dentro del sistema cuando la ética del trabajo, derivada del ascetismo protestante, fuera asaltada por un modo de vida basado en el goce inmediato y el placer consumista. Pero el conflicto no creó jamás parálisis alguna, sino, por el contrario, un efecto acelerador.

Así, el libro más citado y célebre de Bell ha ido convirtiéndose en su obra más acertada si se lee, aproximadamente, en sentido inverso. Contradicciones en el sistema, sí; pero, en lugar de romper el mecanismo, como creían Bell y los del 68, se registró un superaccidente de cuya energía el capitalismo salió tan rejuvenecido como por un exfoliante de Clarins.

La semilla del diablo

De hecho, los años sesenta constituyen la década crucial en que el conspicuo capitalismo de producción, oscuro, austero y represor, empezó a girar hacia el cromatismo musical del capitalismo de consumo. Las fuerzas económicas no siempre se muestran con toda claridad, pero terminan siendo las que explican sustantivamente el éxito o el fracaso de las ideas, además de ser parte de su producción.

Mayo del 68 significó, para los analistas sociopolíticos, la cristalización conjunta del malestar obrero, el malestar estudiantil en la universidad y la explosión del reino juvenil que estaba cociéndose desde los años veinte.

En 1925, Ortega y Gasset repetía en La deshumanización del arte su constatación, entonces asombrosa, de que los muchachos, en lugar de avergonzarse por su inmadurez y esforzarse en adoptar hechuras de viejo para ganar reputación, empezaban a sentirse ufanos de su apariencia.

¿Qué significaba esta traslación al look? Tenía que ver con que el viejo había perdido liderazgo, y sus puntos de vista no le conducían, entre los trastornos tecnológicos, artísticos y sociales, a atinar en sus observaciones, fueran referidas al cine, el arte abstracto o la serificación industrial. Los jóvenes representaban, de un lado, la barbarie de siempre, pero, de otro, la opción acaso de ópticas más acordes con la novedad.

Mayo del 68 fue, cuarenta años más tarde, el éxito de la cohorte juvenil que cabalgó sobre la cresta de los espasmos ideológicos, artísticos y económicos, mientras ganaba la relevancia que sus mayores dilapidaron con el fracaso humano de las dos guerras mundiales.

El creciente valor de la materia joven significó, en suma, un vuelco en la jerarquía del valor. Y también, inmediatamente, de todos los valores. El prototipo burgués basaba su moral en tres virtudes capitales: el ahorro, la utilidad y la finalidad. Mayo del 68 y su máximo motor emocional refutaba cada uno de esos principios. Frente al ahorro y la contención sexual, propugnaba el gasto orgasmático (la energía del orgón que teorizó Wilhem Reich); frente a la renuncia, el placer sin espera.

La revolución "¡ahora!" fue el grito matriz que hoy se refiere a cualquier cosa, desde el electrodoméstico hasta la casa, del viaje al snack que se disfruta sin intervalo.

El ahorro se reveló entonces equivalente a la represión (el ahorro de sexo femenino hasta la boda), y la utilidad o la finalidad se manifestaron como la marca desencantada del proyecto y de la acción. Mayo del 68, encarnado en la orgía, empujaba en la otra dirección.

Frente al ahorro represivo, el gasto; contra la calculada utilidad, la inmediatez, y frente a la finalidad, la aventura. La reunión de estos tres elementos dibuja el triángulo de la cultura de consumo, pero entonces no se sabía, ni se tomaba, en ningún sentido, al consumo como un bien.

La expresión "sociedad de consumo" apareció por primera vez en los años veinte en Estados Unidos y se popularizó en Europa durante los cincuenta y los sesenta. Maldecir ahora la sociedad de consumo resulta tan pesado como rancio, pero entonces era una manera joven y anticapitalista de ser. Para José Luis Aranguren (Cuadernos para el Diálogo), el consumismo era "un reduccionismo economicista de la vida", y para Jean Baudrillard, "constituía un sistema que se hallaba en trance de destruir las bases del ser humano" (La societé de consommation. Denoël, 1970). Ésta era la doctrina central.

Efectivamente, si los protagonistas del 68 apelaban a la creatividad, al placer, al poder de la imaginación, a una liberación generalizada, hacían también un llamamiento para acabar con la sociedad de consumo, que vino a ser después, paradójicamente, lo más creativo que cabía imaginar y lo más acorde con sus anhelos de pecados sin penitencia.

La paradoja, por tanto, era ésta: los presupuestos de la revolución sesentayochista procedían de la sociedad de consumo que crecía bajo sus pies, pero sus líderes repudiaban con vehemencia el consumismo, siendo ellos, por excelencia, grandes consumistas: del tiempo, del sexo, de los derechos, de los mass media.

Como un bordado

De hecho, tanto Mayo del 68 como el sistema general de consumo son inconcebibles sin la gigantesca explosión de los mass media. La comunicación de masas y el consumo de masas, la fiesta y el contagio sesentayochistas fueron cruzándose en una copulación reproductora. De ahí que la revuelta fuera, de una parte, muy amplia, a la manera de una endemia, y de otra, muy efímera. Nacida y desarrollada como un suceso sensacionalista en un periódico amarillo, por roja que pareciera.

Los media difundieron la nueva visión de la sociedad, la universidad, la psiquiatría, la familia, la escuela, la relación intersexual, los derechos de la mujer, y recrearon, con su ejercicio, la composición de una estampa nueva.

Cuarenta años después no vale la pena calificar de éxito o fracaso aquella subversión porque, sencillamente, sus vindicaciones se han inscrito en el alma social como un bordado del mismo hilo. Y tan naturalmente como correspondería a un ritmo que se engasta, y forma parte interna de la melodía que ha sonado mundialmente después. La melodía del nuevo capitalismo de consumo que no cesa de alzar su volumen y su difusión, con o sin MP3.

La música fue además capital, un medio de comunicación potente que ha continuado hasta hacerse el himno genérico de la juventud a la moda. La moda, la moda joven y la moda sin adjetivación ingresaron, a su vez, en el sistema como una faceta más del ritmo dominante.

Antes de los sesenta, la moda era algo casi exclusivo de la mujer, pero después se fue haciendo espectáculo total. Lo femenino, con todo, fue importantísimo, permeando en lo juvenil y subversivo como un aire esencial de los nuevos tiempos.

Sin la mujer, en suma, no habría sido factible la fiesta del 68, y gracias a su vigoroso movimiento de liberación se emanciparon dos o tres sexos a la vez. El suyo, que funcionaba como gran policía de las buenas costumbres, y el sexo masculino, que obtuvo la inesperada franquicia para intercambiar sus deseos con los de sus parejas.

Aquella renuncia a llevar sujetador fue literalmente la pérdida del sujetador. Mientras ellas se sacaban de encima esta sujeción facilitaban el paso a una relación sin los dolorosos frenos inherentes a las asimetrías.

No hubo tiempo para culminar la gran idea sexualista, pero ¿quién duda que se consumaron muchos cortejos? Buena parte de la guerra de generaciones de entonces procedía no tanto del choque maoísta con los progenitores como de la incompatiblidad entre sus dictámenes sobre el sexo y el matrimonio y la teorética del amor libre.

Muchas o todas las comunas fracasaron, y prácticamente cualquier intento de tríos a la manera de Jules et Jim provocaron neurosis; pero tanto Truffaut como nosotros, sus coetáneos, no desperdiciamos la oportunidad para ensayar.

De ahí aquello tan conocido de "la imaginación al poder". ¿Qué imaginación? ¿Qué poder? Todo aquello que procedía de inaugurar excitadamente una transgresora, soñada y revolucionaria realidad sexual. El LSD, la marihuana, el hachís, la droga en general aureolaba la juerga, y si fue, de un lado, una complacencia en el placer individual, fue, de otro, un signo de oro para señalar el nuevo momento del valor.

Con la droga se obtenía gozo inmediato, sin esperas. Al igual que sucedía con las adquisiciones a plazos o con las hipotecas después. Primeramente se accedía al bien, y más tarde llegaban los efectos secundarios. Todo lo contrario a la ecuación de las generaciones precedentes al 68, que primero ponían la abnegación, el ahorro, la espera, y más tarde optaban a la debida compensación.

La inversión de este enunciado canónico, proyectado en casi todos los ámbitos de la realidad, decidió el rumbo de la cultura. El capitalismo se salvó por su incuestionable poder, pero, indudablemente, porque transformó su personalidad.

Lo sesentayochistas no pueden considerarse, ni mucho menos, los exclusivos autores de esta transformación, puesto que procedía sobre todo de la dialéctica productiva, pero fueron quienes la hicieron visible y hasta vistosa cuando apenas había empezado.

Fueron los grandes promotores del consumo, negando, sin embargo, el consumo. Grandes promotores de la revolución social siendo superindividualistas. Formidables aliados de las protestas de la clase baja cuando, en su mayoría, procedían de la clase alta o media alta.

Las contradicciones de Mayo de 68 son tantas que hacen aún más brillante su memoria. De cada contradicción brota una chispa, y de todas ellas, una luminaria que, si fracasó en sus objetivos políticos explícitos, ha triunfado rotundamente en el deslizamiento de sus intuiciones y emociones sustanciales. Gran éxito de la feminidad, sin duda.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de enero de 2008