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Reportaje:XABIER ZABALO

Cuarenta años en el Congo

El jesuita bilbaíno escribe la novela Kalombo - Ahora trabaja con inmigrantes en el centro Ellacuría

El jesuita Xavier Zabalo (Bilbao, 1940) regresó del Congo, en 2004, después de 40 años como misionero en los barrios de las ciudades de Kisangani y Kinshasa, donde vivió la descolonización, la dictadura de Mobutu, la recuperación de la cultura congoleña o las consecuencias de la globalización. Como resultado de esa intensa experiencia, ha escrito la novela Kalombo; o la hora de la gente honrada aún no ha llegado, en la que se retrata el África contemporánea y sus problemas.

Ahora trabaja en el Centro Social Ignacio Ellacuría, en un despacho que conserva, en paredes, estanterías y hasta en el salvapantallas del ordenador, su admiración por el pais y las gentes del Congo. "La belleza es negra", insiste.

"En Bilbao tengo buenas relaciones con la comunidad africana"

"Mobutu se consideraba un profeta como le pasa a Chávez"

A los 21 años, recién ordenado jesuita, este joven bilbaíno, futbolista con posibilidades (jugaba en la selección vizcaína) y cantautor recibe el mensaje del padre Arrupe, entonces general de los Jesuitas, de que se necesitan misioneros en el Congo. "Entonces, lo que se conocía como Zaire, era un país próspero. Nosotros trabajamos a favor de la recuperación de su cultura, justo después de la descolonización; nos ayudo mucho la introducción del rito congoleño en la misa", explica.

La llegada de Zabalo coincide con ese momento de descolonización, con la guerrilla maoísta matando a los religiosos y religiosas cristianos que trabajaban en el país. Hasta que accede al poder Mobutu. "Llega el dictador y, con él, la paz, su paz. Los primeros diez años fueron buenos, aunque se fue endiosando desde el principio, hasta el punto de considerarse un profeta; un poco como le ocurre ahora a Chávez", comenta.

Luego, como siempre, la dictadura se corrompe, y comienzan las represalias para quien no acata el régimen. "Yo estudiaba Teología y el ejército cercó la escuela y la cerró, sin dejarnos dar clases, porque no queríamos ser miembros del Movimiento Popular de la Revolución". En ese momento, Xavier Zabalo comienza a dar conciertos por los barrios de Kinshasa, en los que revela a sus vecinos sus dotes de cantautor. "Siempre he compuesto canciones, un poco al estilo de la canción francesa, pero por timidez no tocaba en público. Hasta que Mobutu no me dejó otra opción".

El jesuita ha conocido de siempre la emigración, hasta cuando el país era próspero. "Recuerdo que en mi barrio, en una calle que tenía 68 parcelas, 72 jóvenes se encontraban en París o Bruselas; y no era un caso extraordinario; pero entonces iban a estudiar, buscaban prestigio y también había algo de moda. Ahora se marchan, no tienen futuro en el país", explica.

Xavier Zabalo conoce decenas de casos de jóvenes que pasan por las redes de tráfico de personas con el fin de llegar a Europa. En su novela Kalombo se reivindica la dignidad de esas gentes de África, que tardan hasta dos años en llegar a Europa. Como aquel chaval del Congo que pagó 700 euros para que le ayudaran a cruzar el estrecho de Gibraltar, sin saber nadar, guiado en el agua por un nadador marroquí.

Los jóvenes africanos hacen este tipo de cosas encantados. "La principal culpa de la situación que vive aquel continente la tiene el blanco, el occidental", apostilla el jesuita.

La nostalgia por los años pasados en Kinshasa no desaparece. Zabalo, siempre que puede, entabla conversación con gentes del Congo o de los países cercanos. Hasta cuenta con amigos con los que mantiene conversaciones en lingala o swahili. "En Bilbao, mantengo buenas relaciones con la comunidad africana, me gusta ir a sus tiendas, charlar con ellos. Si algo echo de menos de mi vida en el Congo es la relación de proximidad", resume el escritor.

"Contar con todos por igual"

Xavier Zabalo regresa a Bilbao en 2004 porque su labor es ahora más necesaria en la provincia jesuita de Loyola que en el Congo, donde trabajan 300 miembros de la compañía. Y llega para participar en un ambicioso plan, bajo el lema de "Construyendo una cultura para la justicia", en el que insistirá en diferentes ocasiones durante la conversación en el despacho del centro social Ignacio Ellacuría de Bilbao, donde trabaja en el área de interculturalidad.

"Lo que pretendemos es darnos a conocer mutuamente, los de aquí a los de fuera y a la inversa. Está claro que la sociedad, en el futuro, ha de contar con todos por igual", comenta. "Hay que trabajar en la integración de los inmigrantes y los jóvenes de aquí son quienes lo tienen que entender los primeros, porque ni se plantean que su sociedad está cambiando".

Zabalo ha percibido este cambio sin problemas, aunque otras transformaciones del País Vasco del que salió en los años sesenta le han inquietado mucho más. "Tengo sentimientos encontrados; por ejemplo, Bilbao está más bonito, sí, con el Guggenheim como referente. Pero también entiendo que esa transformación llega como resultado de esa globalización que hace morirse de hambre a otros", apunta. Y, luego, está el aspecto religioso: "El 80% del pueblo vasco es ateo o agnóstico; y los medios de comunicación, también. Además, se hace alarde de ello. Es algo que me ha chocado mucho; llevo tres años intentando resituarme, y a veces, lo paso mal".

Pero la actividad del Centro Ignacio Ellacuría, donde se reúnen también musulmanes o practicantes del Zen, le mantiene muy optimista. "Llevamos nueve meses trabajando y esto está a tope", concluye.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 18 de diciembre de 2007

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