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Reportaje:Kosovo, año cero

Kosovo, el país nacido de las bombas

Corrupción política, crimen organizado, gobierno ineficiente, desempleo masivo y constantes cortes de luz y agua son los retos de la UE y del nuevo Estado balcánico

En la puerta de la casa de los Mexhuani la nieve es negra. A menos de un kilómetro, las chimeneas de la planta termoeléctrica de Obilic alimentada por carbón escupen basura y cenizas debido a un deficiente mantenimiento de la maquinaria y de los filtros. Duele el pecho al respirar en un lugar donde son frecuentes las muertes por cáncer de pulmón. El complejo de la Kosovo Energy Company (KEC), construido en los sesenta, ya no es capaz de producir la electricidad que necesita Kosovo, donde los cortes de luz son de una irritante e imprevisible frecuencia desde el final de la guerra en 1999.

La familia Mexhuani paga el precio de la proximidad a la contaminación, pero no obtiene ventajas: sin corriente como el resto de Kosovo, se calientan en torno a una cocina de leña. Cuando el patriarca Semir, de 62 años, se imagina el país independiente que se avecina no lo ve en penumbra, lo sueña iluminado, un sitio brillante donde su nieta Gerta pueda hacer los deberes sin la ayuda de una vela.

Se calcula que todavía hay 85.000 serbios en territorio kosovar

Un conductor de la ONU gana 700 euros al mes, un médico apenas 250

El 70% de los habitantes tiene menos de 30 años y el paro supera el 60%

Kosovo no produce nada, aunque dispone de grandes reservas minerales

Kosovo no parte de cero. No es una nación que surge de la chistera al capricho de la llamada comunidad internacional. En estos ocho años, desde el final de los bombardeos de la OTAN que pusieron fin a la limpieza étnica de los albaneses y el posterior destierro de todos los símbolos de la soberanía serbia (excepto en los enclaves y al norte de Mitrovica), Kosovo se ha movido entre sobresaltos en dirección a la independencia de la mano de la Misión de Naciones Unidas para Kosovo (Unmik), cuyo jefe ejerce aún de virrey con poder de veto sobre las decisiones del Gobierno y el Parlamento.

"Existen problemas más visibles que la falta de electricidad", asegura la abogada Pranvera Reçica. "La corrupción de una clase política que entiende el ejercicio del poder como una oportunidad de beneficio personal y la ineficacia de la Administración son los principales". Su amiga Engjëllushë Morina, que tras estudiar en Oxford ha decidido volver y apostar por su país, añade: "Es necesario un cambio de cultura que llevará años". Según ella, en Kosovo se unen tres factores desestabilizadores: salida de una dictadura, guerra con limpieza étnica y una sociedad en transición "donde el crimen organizado se aprovecha del caos" para asentarse como fuerza económica.

Pristina es un laberinto de calles semiembarradas y edificios espantosos con las fachadas salpicadas de parabólicas. En su fealdad indiscutible, agravada por una construcción desenfrenada y a menudo ilegal, la esperanza de la independencia y, sobre todo, la presencia de miles de trabajadores internacionales, la ha poblado de restaurantes de lujo con generador a la puerta. En esta capital en rápida transformación conviven dos mundos: el de los kosovares que trabajan para siglas extranjeras y los otros. Un conductor de una agencia de Naciones Unidas cobra 700 euros al mes frente a los 250 de un médico o un profesor. Es una sociedad a dos velocidades con una creciente y peligrosa brecha de injusticia.

En un espacio vital donde el 70% de los dos millones de habitantes tiene menos de 30 años y el desempleo supera el 60% se escucha el tictac de la bomba de relojería. "Cuando los jóvenes dan por terminados sus estudios sólo pueden elegir la banda criminal a la que se van a unir o el café donde se van a sentar a perder el tiempo", asegura el escritor albanés Skeljren Maliçi. "Llevamos 25 años bajo algún tipo de ley marcial y los últimos nueve sin estrategia económica alguna, en un periodo de constante transición. No creo que Kosovo acabe siendo un Estado fallido como augura Belgrado teniendo a la UE detrás. Me conformo con que lleguemos a ser una sociedad normal con instituciones que funcionan".

Kosovo no produce nada, aunque dispone de grandes reservas de carbón, zinc y níquel entre otros minerales. Tiene un paisaje montañoso y espléndido que podría verse amenazado por una explotación descontrolada. La agricultura se asfixia entre el minifundismo, la edificación desordenada y la superpoblación de gasolineras, la última moda en el blanqueo de dinero en una economía que vive del dinero sucio y las ayudas de la diáspora. En un territorio del tamaño de Asturias, con escasas y pésimas infraestructuras, superan las mil.

"Lo más importante es construir un Estado de derecho. Sin él no hay expansión económica ni inversiones ni seguridad ni electricidad ni escuelas ni hospitales", asegura Karin Limdal, de la oficina de información del Equipo de Planificación de la UE para Kosovo. El cambio más importante que se avecina en las próximas semanas, con la declaración unilateral de independencia, es que finaliza el papel director de Unmik (el virreinato) -que no heredará la Unión Europea, limitada a uno de ayuda y control- y que el Gobierno kosovar tomará las riendas del Estado y será responsable de sus actos ante su gente. Ya no podrá excusarse en Unmik para tapar sus ineficiencias y equivocaciones.

En ese aspecto, el futuro primer ministro, Hasmin Thaçi, vencedor de las elecciones legislativas de noviembre y antiguo líder del Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK), la guerrilla que luchó contra las tropas de Milosevic, tiene una ventaja: muerto en 2006 Ibrahim Rugova, el padre de la idea de la independencia, es el único político con la auctoritas necesaria para tomar decisiones difíciles y audaces, como su intención de nombrar un viceprimer ministro serbio.

"Unmik ha limitado su papel al mantenimiento de la paz y la seguridad sin preocuparse por presentar las bases del Estado de derecho. Es un grave error que vamos a pagar durante años", se queja Lulzim Peci, director del Instituto Kosovar para la Investigación y Desarrollo Político. "La UE lo ha entendido muy bien. Por eso su nueva misión se dedicará prioritariamente a la policía y a la justicia [afectada por el virus de la corrupción y donde faltan jueces]", añade.

Kosovo se ha convertido para los serbios en el mito del mito, una complicada madeja de épica nacionalista difícil de desenredar. En los enclaves se habla serbio, se utiliza el dinar (aunque aceptan gustosos los euros del resto del país) y se ve la televisión serbia, un vomitorio de propaganda. Una de las pesadillas de la OTAN es que Belgrado ordene el abandono masivo de los enclaves para provocar una imagen: Occidente realiza la limpieza étnica de serbios. "Cada enclave está organizado como si fueran clanes albaneses. Hay dos o tres familias importantes. Todos harán lo que ellos decidan", asegura el escritor Maliçi. "No entiendo por qué KFOR [la fuerza de la OTAN] no está trabajando sobre ellos para convencerles de que van a estar seguros en un Kosovo independiente".

Los que no se han ido (se calcula que quedan 60.000 serbios en los enclaves y unos 25.000 al norte de Mitrovica, aunque no hay un censo real) son los que no tienen adónde ir. Gente pobre y de avanzada edad que no desea moverse de la tierra de sus ancestros aunque tiene miedo. "El Gobierno serbio utiliza a su propia gente en beneficio de una supuesta política nacional. Perdieron en Croacia, en Bosnia-Herzegovina y ahora quieren perder todo en Kosovo a pesar de que el 80% del Plan Atisaari [elaborado por Marti Atisaari, ex presidente de Finlandia y enviado especial de la ONU] que se va aplicar en Kosovo está dedicado a la protección de las minorías, es decir, de los serbios", recuerda Maliçi.

La realidad en Serbia parece darle la razón. En el centro colectivo de Krnjaca, cerca de Belgrado, malviven 400 desplazados de varias guerras. Son una muestra de otros campos que existen en el país. Les dan de comer tres veces al día y hasta hace unos meses disponían de una ambulancia. Radmila, Olga y Snezana tienen 57 años y son de Pec (al oeste de Kosovo). Viven en Krnjaca desde hace ocho años, cuando fueron expulsadas por el temor al UÇK albanés y a los bombardeos de la OTAN.

"Tenemos los papeles, pero nuestras casas han sido destruidas y nadie reconoce los documentos de propiedad", dice Radmila. Cada familia vive en un espacio de seis metros cuadrados en el que comen, duermen, sueñan y sufren pesadillas. Las duchas y los retretes de los barracones prefabricados son colectivos. Nadie parece preocuparse por ellos. Nadie en Serbia les ha asesorado sobre sus derechos y los medios de recuperar sus propiedades. "Los que pudieron vender sus casas en Kosovo se han ido y han rehecho sus vidas", afirma Radmila.

"La planta termoeléctrica de Obilic resume la historia de Kosovo de los últimos ocho años", asegura Peci. "La UE ha invertido 800 millones de euros en su modernización sin obtener una mejora del servicio. Hasta hace un año más o menos la KEC ha estado dirigida por internacionales. Ha sido un vivero de corrupción en el que un director ha llegado a cobrar 40.000 euros al mes y su secretaria 24.000. A pesar de una sociedad civil dinámica y unos medios de comunicación combativos, que han hecho su trabajo denunciando, nos hemos topado con un doble muro, Unmik y el Gobierno que se protegían mutuamente. Lo bueno de la independencia es que desaparece uno de esos muros y que el otro no podrá mantener el juego", añade Peci.

"La UE será el primer interesado en controlar qué se hace con su dinero [150 millones de euros cada año más otros 200 millones aportados por la Comisión Europea en los dos primeros]".

Mientras que se decide la suerte de Kosovo, sus habitantes van a medir el éxito del Estado por la electricidad y las cosas pequeñas. Nadie quiere vivir en un país en penumbra y sin calefacción en medio de grandes nevadas. Los Mexhuani esperan el milagro de un Gobierno que cumpla promesas antiguas y les saque de la humareda de Obilic cambiándoles de casa. "Si estamos aún aquí es porque no tenemos dinero para irnos. Mis cuatro hermanos trabajaban en KEC y murieron de cáncer de pulmón, yo trabajé en KEC y estoy retirado por enfermedad pero no cobro pensión porque me faltan tres años para los 65. El único que gana dinero en la familia es mi hijo Mentor", dice el patriarca Semir.

Tropas españolas en el avispero

España es visible en Kosovo a través de sus soldados: 630 mujeres y hombres. No hay presencia diplomática por decisión política, a pesar de que la tienen algunos países tan opuestos a la independencia como Rusia. Madrid ha cambiado de actitud, no de posición, en los últimos meses. De miembro del grupo contrario a la secesión ha pasado a aceptar lo inevitable, apoyar el consenso en la Unión Europea y reservarse el derecho de no reconocer (aún) el futuro Estado.

La UE y EE UU van a promover un cambio de estatus en Kosovo basado en la resolución 1244 del Consejo de Seguridad, que en realidad viola algunos de sus principios, como la integridad de Serbia.

El objetivo es evitar un nuevo texto, que Moscú vetaría, sin salirse de la legalidad internacional. Lo llaman ambigüedad creativa. Este retorcimiento de las posibilidades de la 1244 con el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon solicitando el envío de una misión de la UE a Kosovo, permitirá al Gobierno español mantener sus tropas sin violar su compromiso de no participar en misiones sin el aval de Naciones Unidas.

España tiene su cuartel general en Istok, donde hoy se producirá la transferencia de mando entre la actual agrupación y su relevo, que incluye una compañía de la Legión.

Los nuevos se quedarán hasta abril, cuando el proceso esté en su fase más peligrosa. España da protección a las minorías en una zona compleja, cerca de las fronteras de Serbia y Montenegro. De las tropas españolas depende la protección de dos joyas culturales, el monasterio de Goriok y la ermita de Cerkolez. Su imagen es buena desde que se desplegaron en 1999.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de diciembre de 2007

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