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Análisis:EL OBSERVADOR GLOBAL

¿Es Musharraf el nuevo sha de Irán?

"Teníamos todos los huevos puestos en un solo cesto: el sha; no veíamos otra alternativa... La principal razón del fracaso de la política estadounidense durante la revolución iraní fue que depositamos toda nuestra confianza y toda la responsabilidad en la persona del sha de Irán. Él, y no el pueblo iraní, era el ancla de nuestra estrategia en el golfo Pérsico. No teníamos Plan B". Esto lo escribe Gary Sick, quien durante la crisis que culminó con el derrocamiento del sha Mohamed Reza Pahlevi, en 1979, era el funcionario a cargo de Irán en el Consejo Nacional de Seguridad del entonces presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter.

Leer este texto reemplazando al sha de Irán por Pervez Musharraf sirve para entender muchas cosas. Entre otras, que los Gobiernos no aprenden. Y que gobernar consiste, muchas veces, en tener que escoger entre una alternativa horrible y otra espantosa. O que apostar por un líder y no por un pueblo suele ser mala idea a la larga.

"Apostar por un líder y no por un pueblo suele ser mala idea a la larga"

Pero quizás lo más revelador de la comparación entre el sha y Musharraf sea que durante la revolución iraní, ni las fuerzas armadas, ni los temidos servicios de seguridad de ese país, ni el apoyo de la superpotencia estadounidense lograron impedir su derrocamiento y que el ayatolá Ruholá Jomeini tomara el poder.

¿Pasará algo parecido con Musharraf? ¿Será derrocado y terminará Pakistán gobernado por fundamentalistas islámicos que en vez de controlar el petróleo, como pasó en Irán, controlarán misiles nucleares? De ser así, ¿no es el autoritarismo de Musharraf preferible a un gobierno de extremistas religiosos armados con bombas atómicas? Y entonces, ¿en qué lugar queda la idea de que promover y preservar la democracia es, a largo plazo, el mejor antídoto contra el terrorismo islámico?

Estas preguntas, hechas con urgencia y ansiedad, se han tornado estos días en tema obligatorio en Washington. Y, cuando hablan en confianza, los expertos confiesan no tener respuestas. La experiencia en Irak les ha vuelto muy pesimistas en cuanto a la capacidad de Washington para moldear la dinámica política de otros países.

Sin embargo, el presidente Bush no parece tener dudas: "Tuve una franca discusión con él", dijo Bush a propósito de Musharraf. "Mi mensaje es que nosotros creemos firmemente en que debe haber elecciones pronto y que él debe quitarse el uniforme. No se puede ser presidente y jefe de los militares al mismo tiempo". Y el general Musharraf parece haber oído el mensaje. "Habrá elecciones antes del 15 de febrero", dijo.

Pero la certeza y claridad de estas declaraciones son engañosas. El presidente Bush sabe que presionar demasiado a Musharraf puede conducir a su derrocamiento. Y que el general no necesariamente sería sustituido por los abogados en traje y corbata que están en las calles de Karachi enfrentados a las bombas lacrimógenas del régimen o manifestándose a favor de Benazir Bhutto. Sabe que los eventuales sucesores de Musharraf o de un eventual régimen interino pueden muy probablemente terminar siendo los fundamentalistas islámicos que simpatizan con los talibanes y con Al Qaeda.

Bush también sabe que en los círculos que se ocupan de estas cosas Pakistán es universalmente considerado el país más peligroso del mundo. Téngase en cuenta la fragmentación interna, un Gobierno muy impopular, los 65 millones de paquistaníes que viven en la pobreza extrema y los otros 65 millones que están apenas por encima de la indigencia (en un país de 165 millones de habitantes) y la popularidad del extremismo islámico y el terrorismo suicida como instrumento político. Añádase a todo ello el conflicto con la India por la región de Cachemira; las fricciones con Afganistán, los talibanes que operan en su región fronteriza y, por supuesto, las armas nucleares, y se tendrán los ingredientes de un volátil cocktail que no es prudente agitar demasiado. Esto también lo sabe Pervez Musharraf.

Algo parecido sabían Jimmy Carter y Reza Pahlevi hace treinta años. Y ambos creyeron que podían hacer algo al respecto. Cuando descubrieron que estaban fatalmente equivocados era demasiado tarde. mnaim@elpais.es

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de noviembre de 2007