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viernes, 19 de octubre de 2007
Tribuna:PABLOS DE CIEGO

Un hombre, un voto

Para que mis amigos no me acusen de escurrir el bulto, antes de que se acerquen demasiado las elecciones diré lo que pienso. Lo que pienso es que votaré. Algunos de mis amigos no votan. Yo sí. Voto siempre. Me encanta votar: si por mí fuera, me pasaría el día entero votando. Mis amigos más radicales afirman que no votan porque esta democracia les parece radicalmente imperfecta; es decir: una estafa. Yo debo de ser más radical que mis amigos más radicales, porque a mí todo me parece una estafa, pero esta democracia no me parece más imperfecta que muchas, y su imperfección no me parece razón suficiente que otros voten por mí, ni siquiera si aciertan: prefiero equivocarme por mi cuenta que acertar por cuenta ajena. Además, todas las democracias son imperfectas; si no fueran imperfectas, no serían democracias: la única democracia perfecta es una dictadura. Por otra parte, mis amigos más conservadores afirman que no votan porque no hay ningún partido que les entusiasme. Yo debo de ser más conservador que mis amigos más conservadores, porque esto todavía lo entiendo menos. ¿Por qué van a entusiasmar los partidos? ¿Por qué va a entusiasmar la democracia? Sí, ya sé que si nos empeñamos, existe el entusiasmo razonado, pero la expresión es más bien un oxímoron: los entusiasmos pertenecen al corazón, y a mí no me gusta votar con el corazón, sino con la cabeza. La verdad: con entusiasmo, lo que se dice con entusiasmo, yo sólo votaría a Buenaventura Durruti, a Chiquito de la Calzada o a Miguel Induráin; pero a Durruti le pegaron un tiro, Chiquito está desaparecido en combate y a Miguelón le tendrá Dios en los campos de Villaba, arando con su tractor a pedales, así que mi corazón me impide votar con entusiasmo. En realidad, jamás en toda mi vida he votado con entusiasmo. En realidad, cada vez que oigo la palabra entusiasmo en boca de un político echo mano a la cartera, igual que cada vez que oigo la palabra utopía saco el bazoka. La utopía, Dios santo. Es falso que sin esa palabra aún estaríamos en la edad de piedra: el paraíso es otro nombre del infierno, y el mundo no progresa a grandes saltos, sino a pequeños pasitos, apoyando con cuidado, retrocediendo a veces para tomar impulso; a saltos, el mundo sólo se ha dado unos batacazos tremendos. Esto, lo entiendo, no entusiasma a nadie, y además es un poco humillante, pero mucho me temo que todo lo demás son fantasías.

"La política no es tener excelentes ideas, sino conseguir que produzcan buenos resultados"

Dirán ustedes que no soy ni un radical ni un conservador, sino un descreído y un cínico redomado; no digo que no (al fin y al cabo, como Nicanor Parra, yo ya no creo ni en la vía pacífica ni en la vía violenta, ni siquiera en la Vía Láctea), y tampoco voy a excusarme diciendo, como Jeanette, que el mundo (y un poco de bibliografía) me ha hecho así. Sea como sea, dicho esto ya habrán comprendido ustedes que no entienda en absoluto la tirria que le ha cogido la gente al llamado voto útil; más que un oxímoron, el voto útil me parece un pleonasmo: si mi voto no va a ser útil, ¿para qué demonios voy a votar? Y así llegamos al partido de Savater, que era adonde teníamos que llegar. Mientras escribo esto, toda la polémica a propósito de Savater parece reducirse a saber si su partido va a quitarle votos a la derecha o se los va a quitar a la izquierda, si va a hacerles el juego a unos o a otros. Con franqueza: a mí, eso me da igual; lo que me preocupa es otra cosa. Para empezar reconozcamos que quienes nos hemos criado con los libros de Savater, tenemos una irreprimible tendencia a ponernos firmes y en primera posición de saludo cuando habla Savater (esto también es un poco humillante, pero así es). Para continuar, reconozcamos que cuando Savater habla de un partido progresista y no nacionalista (o antinacionalista), la primera reacción es: ¿dónde hay que firmar? Pero el problema es que la política no es el arte de tener excelentes ideas -en ese caso, Savater sería un buen presidente del Gobierno-, sino el arte de conseguir que ideas más o menos buenas produzcan excelentes resultados. Son cosas distintas: una, la teoría; otra, la práctica: la historia está llena de buenas ideas que, una vez llevadas a la práctica, han producido resultados catastróficos. Y de ahí nuestra desazón ante los intelectuales metidos en política, quienes, por decirlo como Isaiah Berlin, debido a su deseo de ver la vida de una forma clara y simétrica, "ponen demasiada esperanza en los resultados beneficiosos derivados de aplicar directamente a la vida conclusiones obtenidas mediante operaciones teóricas". Así que, salvadas todas las enormes distancias, ante el envite político de Savater, la actitud de muchos ?radicales, moderados, cínicos y descreídos? viene a ser la misma que ante la candidatura de Vargas Llosa a la presidencia de Perú, hace unos años: ¿estás absolutamente seguro de que la situación es tan urgente como para que sea necesario?, ¿estás absolutamente seguro de que sabes con quién te metes en la cama?, ¿cuántos libros va a costarnos esto?, ¿estás absolutamente seguro de que los libros que nos va a costar no son más útiles que tu partido? Y también: quizá se equivoca, pero ojalá no se equivoque. Y también: quizá se equivoca, pero no merece equivocarse. Y también: quizá se equivoca, pero se equivoca con más limpieza y más coraje que los que aciertan. Y sobre todo: salud, maestro, vista y al toro.

Ilustración de Gabi Beltrán

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