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Editorial:

Nobel climático

Al Gore y el Grupo Intergubernamental de expertos de la ONU sobre el Cambio Climático han sido galardonados este año con el Nobel de la Paz. Se trata de una recompensa muy justa por la labor pedagógica del ex vicepresidente demócrata americano y el análisis riguroso sobre el tema de ese grupo de científicos que dirige el indio Rajendra Pachauri. Más allá de los merecimientos de ambos y del impacto que pueda tener en una hipotética aspiración de Gore de intentar de nuevo conquistar la Casa Blanca, la concesión del premio es un empujón moral, y ojalá que político, a quienes desde hace tiempo alertan de los peligros que encierra la irresponsable degradación del planeta.

Hablar de los problemas medioambientales hace apenas dos décadas equivalía a ser identificado con el idealismo de movimientos ecologistas como Greenpeace. Era una cosa de minorías a la que los Gobiernos no prestaban el mínimo interés y que la gran mayoría de los ciudadanos consideraban como advertencias emanadas por un puñado de locos. Hoy el panorama ha cambiado por completo. El deterioro de la Tierra ya no es una sombría perspectiva de futuro, ni tampoco una situación del presente: es algo que arrastramos del pasado por nuestra insensata conducta de explotar los recursos naturales contaminando la atmósfera.

No yerra Gore cuando en su documental premiado este año con dos oscar, Una verdad incómoda, sostiene que el cambio climático es la mayor amenaza a la que se ha enfrentado jamás la civilización. La comunidad científica ya no duda de que el calentamiento planetario puede desencadenar en el presente siglo inundaciones, migraciones masivas, extinción de especies, crisis alimentarias, luchas por los recursos naturales y mayores peligros de guerras. De hecho, todas esas circunstancias ya se han registrado durante los últimos 20 años. En su último informe, el grupo de expertos de la ONU galardonado con Gore pronostica un aumento de la temperatura media del planeta de entre uno y más de seis grados de aquí a 2100 debido a los desmanes humanos.

El Protocolo de Kioto supuso un primer paso, pero a todas luces insuficiente, para paliar los efectos del cambio climático rebajando las emisiones de dióxido de carbono. Estados Unidos, el país del galardonado Gore, y China -las dos naciones más contaminantes del planeta- se desmarcaron de ese acuerdo internacional suscrito en 1997 y cuyas metas deben cumplirse en 2012. El presidente Bush parece ahora algo más resuelto a implicarse en el problema tras su idea de un fondo global para promover tecnologías limpias, pero no quiere oír hablar de máximos obligatorios de CO2. Confiemos al menos en que este nobel climático contribuya a que la comunidad internacional acuerde objetivos más amplios en la conferencia que se celebrará en Bali el próximo diciembre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de octubre de 2007