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Crítica:

La mala fama

Muy contados directores en el mundo son capaces de sacar adelante el proyecto que les plazca. Por arriesgado, incluso disparatado, que parezca.

Tienen detrás un inmaculado prestigio, fama de intocables, edad suficiente para no dejarse llevar por bravucones impulsos juveniles y, en fin, una carrera a sus espaldas con triunfos suficientes como para asumir riesgos con el poso de la experiencia. Uno de ellos es Eric Rohmer que, a sus 87 años, ha dirigido El romance de Astrea y Celadón, basada en La Astrea, considerada como la primera novela-río de la literatura gala, escrita en los primeros años del siglo XVII por Honoré d'Urfé. Un texto repartido en más de 5.000 páginas a lo largo de 60 libros, en el que se habla de la pureza del amor entre una pareja de pastores, ambientado en un universo repleto de ninfas, druidas, infidelidades, pasiones, cambios de identidad y hasta de sexo.

EL ROMANCE DE ASTREA Y CELADÓN

Dirección: Eric Rohmer. Intérpretes: Stéphanie de Crayencour, Andy Gillet. Género: romance. Francia, Italia, España, 2007. Duración: 90 minutos.

Rohmer no pretende reinterpretar los hechos desde el punto de vista contemporáneo, y así intentar otorgar vigencia a una historia que, vista en pantalla, tiene poco interés más allá de lo antropológico y del historicismo literario. A través de planos fijos, o con levísimos movimientos de cámara, el director compone una serie de cuadros en los que los actores recitan su texto de forma naturalista, sin el distanciamiento brechtiano de proyectos en principio semejantes en temática, ambientación y objetivos, caso del Lancelot du lac, de Robert Bresson (1974).

Estamos, por tanto, cerca del estilo del tedioso dueto formado por La marquesa de O (1976) y, sobre todo, Perceval, El Galo (1978), películas con las que su nuevo trabajo coincide en la introducción de carteles del tipo Mientras tanto y Al día siguiente (más estéticos que explicativos, pues poco aportan); en un leve erotismo un tanto ambiguo (aquí homosexual, incestuoso, en La marquesa...), y en la presencia del cancionero medieval interpretado por los personajes. Aunque, eso sí, esta vez se han reemplazado los decorados de cartón piedra de Perceval... (más cartón que piedra) por localizaciones naturales. Todo ello con un formato de pantalla que sustituye el habitual rectángulo por un cuadrado, lo que le sirve, sobre todo en su parte final, para inspirarse en la pintura erótica de Rubens y Caravaggio. Como contrapartida, la configuración obliga a que en algunas secuencias corales los personajes entren y salgan del plano según el movimiento interno de éste, lo que provoca un efecto particularmente atroz. Cuenta Rohmer que La Astrea tiene (mala) fama de "pesada e ingenua". Con la metodología formal y narrativa impuesta a su adaptación, el prestigio parece bien ganado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de septiembre de 2007