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COLUMNA

Caminos de Palestina

¿Qué tendrá el conflicto de Palestina que tantos presidentes de Estados Unidos acaban encelándose con ponerle fin, pensando que así salvan o coronan su mandato? George W. Bush empezó ignorando el problema, como quien dice a mí no me pillarán, pero, enfangado en una guerra de Irak que amenaza con consagrarle como uno de los peores presidentes de todos los tiempos, se sabe de las mejores fuentes que quiere sentar las bases de un arreglo de paz para la zona en el año y medio que le resta de Casa Blanca.

El arma secreta con que cuenta para ello se llama Tony Blair. Es verdad que el ex primer ministro británico, representante del Cuarteto (EE UU, UE, Rusia y ONU) en Oriente Próximo, tiene un mandato aparentemente escueto: vigilar el buen uso de los dineros que van a afluir a las arcas de la Autoridad Palestina en Cisjordania, para marcar la diferencia con la penuria, la destrucción y el caos a que se quiere reducir Gaza, donde gobierna el movimiento terrorista de Hamás. Esto excluiría, oficialmente, la mediación directa entre judíos y árabes, porque tanto Washington como Jerusalén siempre han querido tener bajo control el criogenizado proceso de paz.

Parece, sin embargo, que va a ser que no. Impecables fuentes diplomáticas aseguran que la historia se ha vendido así para guardar las formas con el cuasi-ministro de Exteriores de la UE, Javier Solana, y hasta para trabajar sin tanto reflector en el cogote. Bush confía, de un lado, en que Blair no se desmande, pero, de otro, en que sea capaz de hacer propuestas que no siempre colmen de satisfacción a Israel. El ex premier tiene motivos y pedigrí para la tarea.

Es cierto que su papel de cabo furriel en la guerra de Irak no hace que hoy sea el anglosajón preferido en tierra del islam. Pero eso se compensa con otras realidades. Blair es una gran personalidad internacional, y el solo hecho de que se dedique full time a Palestina tiene un gran valor para la opinión árabe, porque engalana la propia reputación; recordemos el júbilo con que Yaser Arafat, difunto fundador del movimiento nacional palestino, se paseaba por el césped de la Casa Blanca el 13 de septiembre de 1993, cuando firmó algo que nadie sabía exactamente qué era, pero que llamaban paz, con el primer ministro israelí, Isaac Rabin, y ante el presidente Clinton. Era como una puesta de largo mundial para quien poco antes parecía un desterrado. E, igualmente, al presidente de la AP, Mahmud Abbas, le enaltecerá tener a Tony Blair como interlocutor.

El británico, a diferencia de Bush, no ha abjurado de la resolución 242, que exige la retirada israelí de todos los territorios ocupados; y ello es importante cuando cobra fuerza, al menos académica, la idea de que, puesto que Israel nunca se retirará de la Cisjordania más densamente colonizada, en lugar de la solución de dos Estados, israelí y palestino, habría que ir pensando en la fundación de un solo Estado, a compartir por judíos y árabes. La hipótesis, propuesta por intelectuales israelíes como Meron Benveniste y el historiador británico, también judío, Tony Judt, aunque formulada desde el generoso reconocimiento de los derechos del pueblo palestino, es tan inaceptable para Israel como la retirada, porque significaría el fin del sionismo de Estado, al tiempo que sólo serviría para enredar aún más las cosas, dando el golpe de gracia a las resoluciones de la ONU, que Israel sistemáticamente ignora.

Todo eso no significa que con Blair se vaya a resolver nada; ni que Ehud Olmert, o sus posibles sucesores, Ehud Barak y Benjamin Netanyahu, sea probable que un día ofrezcan un acuerdo para la formación de un Estado palestino ni remotamente aceptable para el perseverante presidente Abbas. Pero un ex premier, ansioso por restablecer su prestigio arrasado por la participación británica en la guerra de Irak, cabe que obtuviera cuando menos de Israel que mostrase, mapa en mano, cuánta Cisjordania pretende anexionarse como precio para hacer la paz.

La solución del conflicto se diría vinculada a la evolución de Israel hacia un futuro estatal normalizado, que cabría suponer pos-sionista. Pero el enviado británico puede contribuir a que quede diáfanamente claro por qué hoy y por muchos años no vaya a haber paz en Palestina.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 11 de julio de 2007