Reportaje:

La omnipresencia de 'Supersarko'

El jefe del Estado francés se mueve en todos los frentes, haciendo incluso el trabajo que le corresponde a sus ministros

A la velocidad que lleva, el nuevo presidente francés, Nicolas Sarkozy, no necesitará los tradicionales cien días para que pueda hacerse el primer balance de su gestión. Para entonces, a mediados de agosto, los recién electos diputados se tomarán unas breves vacaciones después de haber hecho horas extraordinarias en verano para aprobar el primer gran paquete de las reformas que marcarán el quinquenato. Y para ello, el inquilino del Elíseo se mueve en todos los frentes desbrozando el camino, y si es necesario haciendo el trabajo que le correspondería a sus ministros.

Los epítetos se acumulan. Desde el más conocido de Supersarko a otros que insinúan derivas autoritarias, como Zarkozy o hiperpresidente. Varios son los factores que se combinan para crear esta imagen omnipresente y omnipotente. Por un lado, todos los analistas políticos coinciden en que la reducción del mandato presidencial de siete a cinco años, combinado con el traslado de las elecciones legislativas detrás de las presidenciales y por el mismo periodo, ha potenciado el carácter ejecutivo de la jefatura del Estado, reduciendo al primer ministro a un jefe de gabinete.

Sarkozy empuja las reformas porque sabe que su estado de gracia no será eterno

Por otro, conforme se aleja en el tiempo, más se percibe la parálisis del mandato de Jacques Chirac. A su lado, Sarkozy, de 52 años, no sólo es la imagen de la juventud, sino la del arrojo y la hiperactividad. "Alguien debería decirle que ha sido elegido presidente de la República", apuntaba un periodista el viernes viéndole evolucionar en una visita a varias empresas en Lyon, como si todavía estuviera en campaña electoral. "Trabajar más para ganar más", les decía Sarkozy a un grupo de trabajadores de la construcción. "Tened confianza, conmigo esto va a cambiar; haré lo que he prometido".

En su estado de gracia actual, el presidente ha conseguido, por el momento, poner de acuerdo a casi toda la sociedad francesa sobre la necesidad de reformar el país. Una muestra de hasta qué punto está presente en la vida cotidiana de los franceses es cómo salió en defensa del entrenador de fútbol Guy Roux, de 68 años, fichado por el Racing de Lens, a quien la Federación le prohíbe entrenar por causa de su edad, aprovechando para incidir en su revalorización del trabajo. Y se justifica: "Dicen: 'Se ocupa de todo', pero no he sido elegido para no ocuparme de nada. Si pudiera ocuparme de más cosas, lo haría con gusto".

"Antes existía la duda sobre dónde residía exactamente el poder político, lo que servía a menudo como excusa para no hacer nada. Ahora, ya está claro, el poder lo tiene el presidente", señalaba el politólogo Philippe Maniere, del Instituto Montaigne. "Esto soluciona uno de los problemas institucionales de Francia, al menos por el momento, y permite sacar adelante las reformas".

Pero Sarkozy sabe que su estado de gracia no será eterno, que la opinión pública es voluble, que los sindicatos, la oposición de izquierdas, los representantes de los intereses gremiales y todos los que ahora contemplan impotentes cómo el nuevo presidente empuja el carro de sus reformas, le están esperando a la vuelta de la esquina para cerrarle el paso cuando se apague su estrella.

La presencia en el Gobierno de varios miembros procedentes del Partido Socialista o la más reciente elección en la Asamblea Nacional -en cumplimiento de su promesa electoral- de un diputado socialista para presidir la importante Comisión de Presupuestos, podrá tal vez generar una dinámica más constructiva entre mayoría y oposición en los debates parlamentarios, pero no evitará que cuando la izquierda detecte que la imagen presidencial se deteriora ante la opinión pública, se ponga del lado de las protestas callejeras, que es como habitualmente acaban dirimiéndose las reformas en Francia.

Por esa razón Sarkozy quiere llegar al otoño habiendo aprobado buena parte de su programa, especialmente aquellas reformas que más podrían enquistarse en una maraña de protestas sociales. La primera: la ley de servicios mínimos en los transportes públicos para acabar con la capacidad de paralizar el país que han sobradamente demostrado los sindicatos del sector. El presidente se apresuró a recibir a los líderes sindicales en el Elíseo a los pocos días de formar su primer Gobierno. Salieron apaciguados. "Nos ha dicho que el derecho de huelga no está en peligro", aseguraba plácidamente Bernard Thibault, secretario general de la CGT.

A continuación vino la varias veces aplazada reforma de las universidades. Sarkozy quiere darles autonomía y que compitan entre ellas; reducir el tamaño de los consejos de administración -que tienen más de 60 miembros- para agilizar su funcionamiento e introducir algún sistema de selección del alumnado. Con este programa por delante, la ministra del ramo, Valerie Pécresse, chocó frontalmente con los rectores, los profesores y las organizaciones estudiantiles. Con la memoria todavía fresca de las grandes manifestaciones de 2006 contra el contrato laboral para jóvenes, los estudiantes amenazaron con un otoño caliente.

Maestro en el arte del regateo, como buen abogado, Sarkozy salió a la palestra, arrebató el dossier a su ministra y recibió a todos los actores en el Elíseo. Dio marcha atrás en algunos puntos. "Yo digo las cosas de forma sencilla", aseguró. No habrá selección de alumnado ni los estudiantes perderán representación en los consejos de administración. En cuanto a la autonomía, no será voluntaria sino obligatoria para todas las universidades lo que, en principio, encaja en los dogmas igualitaristas. Algunos comentaristas se apresuraron a señalar que Sarkozy daba marcha atrás, que se había visto obligado a frenar. Nada más lejos de la realidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 30 de junio de 2007.

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