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Reportaje:

Botas de cuero español

La música y la poesía de Bob Dylan logran el Premio Príncipe de Asturias de las Artes

Dinamitó las convenciones de la música popular. Renovó el lenguaje literario del rock estirando sus límites. Fue, a su pesar, profeta de la insurgencia juvenil de finales de los sesenta. Y ayer, Bob Dylan (Minnesota, 1941) fue galardonado en Oviedo con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. El revolucionario músico recibe así su último reconocimiento en un país que ignoró su obra en sus momentos cumbres y donde actuó por primera vez en 1984. La familia real se puso en contacto con el músico para felicitarle y comunicarle la concesión del premio. El galardón, dotado con 50.000 euros y una escultura de Joan Miró, le será entregado, previsiblemente, en octubre.

Asombro y deleite. El último reconocimiento oficial a Bob Dylan llega de un país que ignoró su obra durante sus años álgidos: en los sesenta, en España apenas se publicaron discos de Dylan. No estaban en las tiendas, no se pinchaban en las grandes emisoras, no existían para TVE. Los derechos de su compañía, Columbia Records, habían caído en manos de Discophon, disquera barcelonesa que no entendía cómo aquello se podía considerar música. No eran los únicos pillados fuera de juego: en una revista musical de la época, se excusaban de publicar la letra de Like a rolling stone por ser, aseguraban, "intraducible".

Más allá de las anécdotas, propias de la autarquía cultural del franquismo, resulta comprensible el desconcierto de la vieja guardia: Dylan no era un cantante más. Hasta su electrificación, en 1965, su música sonaba árida, una guitarra de palo y una voz nasal. Y si se entendía su inglés, el desconcierto aumentaba: podía hacer canciones de amor pero no trataban de dilemas tipo "ella me quiere / ella no me quiere"; de hecho, era capaz de regodearse ante las miserias de antiguos objetos del deseo, como en la catártica Like a rolling stone. Le adjudicaban el papel de cantante protesta pero eso constituía una porción menor de su repertorio.

Tras sus gafas oscuras, Dylan dinamitó muchas convenciones de la música popular. En un momento de candor, él mismo se pasmaba de su brutal impacto: se atribuía el haber hundido Tin Pan Alley, como se conocía al entramado de compositores y editoriales neoyorquinos que generaban el cancionero que animaba Broadway, Hollywood y los clubes nocturnos. Hasta los conjuntos británicos, encabezados por los Beatles y los Rolling Stones, acusaban su influencia: con Dylan, se renovaba el lenguaje literario del rock y se ampliaba su temática. Todo se podía cantar, incluso de la manera más personal y compleja.

El liderazgo social de Bob Dylan en los sesenta no tenía parangón. Gracias a The times they are a-changin o Blowin' in the wind, se había convertido en profeta de la insurgencia juvenil, un movimiento generacional que estallaría en 1968 en Praga, París o México DF. Para entonces, cierto, Dylan ya había renunciado simbólicamente a cualquier papel de portavoz o guía espiritual. Refugiado en una casa de Woodstock, en la zona montañosa de Nueva York, ignoraba al mundo hippy y cuidaba de su familia.

Se pueden entender sus últimos 40 años como un constante intento de escapar de aquel personaje de gurú generacional. Nadie, ni siquiera John Lennon, era seguido tan estrechamente por sus adeptos: hasta se fundó un Dylan Liberation Front, que vaciaba su cubo de basura en busca de información sobre un mítico pacto según el cual renunciaba a ser el Lenin del rock a cambio de tranquilidad y -según una teoría delirante- tolerancia para una supuesta adicción a las drogas.

Esa vigilancia desembocó en un antagonismo latente que ha marcado la relación de Dylan con parte de su parroquia. Aparte de su retirada del politiqueo contracultural, se atragantaron inicialmente decisiones como la aproximación a la música vaquera (Nashville skyline, 1969) o al gospel, que comenzó con Slow train coming (1979). Sus vaivenes religiosos, de la recuperación del judaísmo familiar a la integración en una secta fundamentalista, no le impidieron actuar ante Juan Pablo II. Un divertido tema del cantautor vizcaíno Iñigo Coppel, Blues hablado sobre el mayor fan de Bob Dylan del mundo, especula sobre la existencia de "un malvado hermano gemelo", al cual se responsabiliza de discos penosos como Self portrait o Dylan & The Dead.

La relación de Dylan con España ha sido menos estrecha de lo que podría hacer creer la abundancia de títulos con la palabra spanish: sólo Boots of spanish leather se refiere específicamente a España, y lo hace en un contexto doloroso (el abandono de una novia, Suze Rotolo). En 1977, también por motivos sentimentales, se planteó editar un elepé en español, aunque el proyecto -consistía en añadir letras traducidas a las pistas instrumentales ya grabadas- resultó impracticable.

Tardó en debutar en España; su estreno en el madrileño estadio del Rayo Vallecano, en 1984, fue un significativo acto social de la era socialista. Desde entonces, ha venido con regularidad y hemos podido disfrutar del arriesgado placer que supone verle en directo, su especialidad consiste en reinventar su cancionero, no siempre con resultados estimulantes, ignorando al respetable. Una cuidadosa explotación de sus archivos ha servido para recordar sus inmensas aportaciones a la música popular. Ahora mismo, la recopilación de grabaciones con los Traveling Wilburys es número uno en el Reino Unido. Este jugador siempre tiene un as en la manga.Bob Dylan (Minnesota, 1941) fue galardonado en Oviedo con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. El revolucionario músico recibe así su último reconocimiento en un país que ignoró su obra en sus momentos cumbres y donde actuó por primera vez en 1984. La familia real se puso en contacto con el músico para felicitarle y comunicarle la concesión del premio. El galardón, dotado con 50.000 euros y una escultura de Joan Miró, le será entregado, previsiblemente, en octubre.

Aún no ha oscurecido

Bob Dylan (Minnesota, 1941) fue galardonado en Oviedo con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. El revolucionario músico recibe así su último reconocimiento en un país que ignoró su obra en sus momentos cumbres y donde actuó por primera vez en 1984. La familia real se puso en contacto con el músico para felicitarle y comunicarle la concesión del premio. El galardón, dotado con 50.000 euros y una escultura de Joan Miró, le será entregado, previsiblemente, en octubre.

Caen las sombras y llevo aquí todo el día,

Hace demasiado calor para dormir y el tiempo se escapa

Siento como si mi alma se hubiese vuelto de acero,

Aún tengo las cicatrices que el sol no sanó

Ni siquiera hay sitio suficiente como para estar en ningún lado

Aún no ha oscurecido, pero no va a tardar

Mi sentido de la humanidad se ha ido por el desagüe

Detrás de cada cosa hermosa ha habido siempre algún tipo de dolor,

Ella me escribió una carta y la escribió tan amablemente

Puso por escrito todo lo que se le pasó por la cabeza

No acabo de ver por qué habría de preocuparme

Aún no ha oscurecido, pero no va a tardar

He estado en Londres y también en el alegre París

Seguí el río hasta llegar al mar,

He alcanzado el fondo de un mundo lleno de embustes,

No estoy buscando nada en los ojos de nadie

A veces mi carga es más pesada de lo que puedo soportar

Aún no ha oscurecido, pero no va a tardar

Nací aquí y aquí moriré en contra de mi voluntad

Ya sé que parece que me muevo, pero estoy quieto y de pie

Cada nervio de mi cuerpo está ausente e insensible,

Ni siquiera recuerdo de qué me estaba escapando cuando llegué aquí

Ni siquiera oigo el murmullo de una oración.

Aún no ha oscurecido, pero no va a tardar.

Canción del disco Time out of mind, 1997.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 14 de junio de 2007

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