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Editorial:

Cierre de iglesia

El cierre por orden del cardenal Rouco Varela de la parroquia de San Carlos Borromeo, en el madrileño barrio de Entrevías, en la misma zona en la que durante los años del franquismo ejerció su labor pastoral y asistencial en un amplio sentido el jesuita José María de Llanos, es una muestra más del horizonte cerrado en que se mueve la actual jerarquía católica española; como si añorara tiempos pasados.

No hacía falta que Benedicto XVI defendiera en sus últimos documentos, entre ellos su primera encíclica Deus est cáritas (Dios es amor), una Iglesia replegada sobre sí misma e intransigente con el mundo exterior. La jerarquía que en los últimos años dirige la Iglesia española se comporta como su alumna aventajada, sin importarle incluso adoptar públicamente posicionamientos partidarios en asuntos que están en las antípodas de su tarea doctrinal y moral. Por ejemplo, el apoyo a la teoría de la conspiración sobre el 11-M.

El pretexto tomado para cerrar una parroquia -que durante casi 30 años ha sido al mismo tiempo centro religioso y social de una zona marginada- ha sido que los tres sacerdotes que la sirven ofician la misa con ropa de calle y dan de comulgar a los niños rosquillas que llevan sus madres, como si fueran hostias consagradas. La liturgia es algo importante pero cambiante, como demuestra la propia historia de la Iglesia católica. El Concilio Vaticano II supuso en este terreno un cambio radical, aunque algún sector de la Iglesia pugne ahora por volver no ya al anterior de este nombre, sino al de Trento.

En todo caso, el pretexto litúrgico es demasiado baladí como para justificar que se eche por la borda la labor acumulada por una parroquia que, en sus casi 30 años de existencia, ha tenido el mérito de saber identificarse con su entorno social. Y que unos niños comulguen con rosquillas no debería ser tomado tan a pecho, pues al menos están hechas con la harina de trigo de la que se hace el pan ácimo que las palabras rituales del sacerdote convierten en el cuerpo de Cristo, según enseña la Iglesia. No son "mejillones", como pretendió con la suficiencia burlona de los burócratas uno de los curiales del arzobispado de Madrid que comunicaron, sin posibilidad de réplica, la orden de cierre.

Con menos autoritarismo y más apertura mental y social a lo que ocurre extramuros de la Iglesia, la parroquia de San Carlos Borromeo seguiría abierta. Pero quizás sea demasiado pedir a la actual jerarquía española. Además, no parece que a Rouco Varela le importe disponer de una parroquia menos, si ello sirve para marcar las directrices de la Iglesia oficial.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de abril de 2007