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Análisis:ANÁLISIS

El viaje del 'pato cojo'

El viaje más largo de George W. Bush a América Latina ha demostrado que Estados Unidos necesita un nuevo presidente. Quizá no otro partido, tal vez tampoco una política radicalmente distinta, ni siquiera un mensaje muy diferente, pero, definitivamente, resulta imprescindible otro mensajero.

El mensaje, como se ha visto a lo largo de una semana, ha sido el de un país que quiere volver a reencontrarse con sus vecinos, de los que se alejó por razones comprensibles después del 11-S, el de un país que dice comprender las necesidades más inmediatas de los ciudadanos latinoamericanos y asegura que quiere a partir de ahora contribuir a mejorarlas.

Hemos visto a un Bush con guión liberal hablando a los favelistas de São Paulo, a los agricultores de Uruguay o a los indígenas de Guatemala de la prioridad de la lucha contra la pobreza y la exclusión social. Hemos visto a un Bush respetuoso y en buena sintonía con líderes latinoamericanos de izquierdas, como el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva o el uruguayo Tabaré Vázquez, reconociendo que el sistema de democracia y el libre mercado no ha conseguido aún demostrar todas sus bondades a la mayoría de la población de América Latina.

El largo viaje de Bush a América Latina ha demostrado que EE UU necesita otro presidente

Se ha visto también a una diplomacia estadounidense inteligente que, en lugar de responder a provocaciones, ha dejado que el presidente venezolano, Hugo Chávez, persiguiera el Air Force One de ciudad en ciudad para encontrarse sólo con el silencio de Bush ante sus diatribas antiamericanas.

El mensaje de Bush supo, por último, hacerse firme también en Bogotá o en Guatemala para apoyar la lucha contra el narcotráfico, el terrorismo y el crimen organizado, que asolan casi toda la región y elevan la violencia hasta niveles insoportables para sus habitantes.

No estuvo pues en el envoltorio del mensaje la razón del fracaso de este importante viaje. El problema era el mensajero. Si el lenguaje político estadounidense se refiere a los presidentes que no pueden ser reelegidos como lame ducks (patos cojos), éste es el pato más cojo que se ha visto en la Casa Blanca en mucho tiempo. Bill Clinton, al menos, contó con el capital de su prestigio internacional para intentar un acuerdo en Oriente Próximo en su última etapa en la Casa Blanca. Bush no tiene ni eso.

Con ambas Cámaras del Congreso controladas por la oposición, discretamente marginado por los principales dirigentes de su propio partido que no quieren contagiarse de su impopularidad, cercado por los escándalos domésticos y personalmente absorbido por el desastre de la guerra de Irak, Bush está incapacitado para expandir un mensaje de cooperación y de optimismo en América Latina. Así se ha visto repetidamente en esta gira. Fue incapaz de ofrecer la negociación de un pacto de libre comercio a Uruguay o reformas migratorias que México requiere, porque en ambos asuntos, la decisión corresponde al Congreso, donde su capacidad de influencia es cada día menor. En la visita a México se vio a un presidente que sorteaba preguntas de los periodistas estadounidenses sobre el escándalo de la destitución de los fiscales y preguntas de los periodistas mexicanos sobre las condiciones de sus compatriotas que cruzan la frontera, sin poder responder a unos ni a otros más que con promesas.

Promesas que su impopularidad -ganada, sobre todo, en Irak- hace muy difícil de creer. Cada etapa del viaje se ha visto acompañada de un impresionante despliegue de seguridad, un esfuerzo descomunal para los Gobiernos y los ciudadanos que, obviamente, no se puede repetir con frecuencia. Lo peor, en este sentido, no han sido las protestas ocurridas -siempre minoritarias-, sino el miedo a otras mayores.

Es por eso por lo que Bush no ha ido a Ciudad de México y por lo que no ha dormido en Bogotá. Las preguntas que quedan son: ¿cuánto tiempo puede estar EE UU sin un presidente que pueda visitar México, que pueda viajar a América Latina, en condiciones razonables de seguridad, pero sin tener que cerrar por completo todo el centro de una ciudad, como ocurrió en Montevideo? ¿Cuánto tiempo puede estar EE UU sin un presidente con el poder para acompañar su discurso con propuestas?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 16 de marzo de 2007