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GRANDES REPORTAJES

La fiebre scarlett

Ha estrenado 11 películas en tres años. Woody Allen, Robert Redford, Brian de Palma o los Coen la adoran y las revistas la coronan como la actriz más 'sexy' de Hollywood. Scarlett Johansson lo tiene todo a los 22 años

La sola mención de su nombre evoca un sinfín de lugares comunes. Voluptuosa sin ofender, con esas curvas naturales de mujer olvidadas en las pasarelas de moda o en la alfombra roja de Hollywood. Voz algo ronca, aguardentosa, como de haber vivido, aunque su piel, pálida, tersa y algo rosácea recuerda la juventud que exuda a borbotones una estrella que acaba de cumplir los 22 años. Musa de innovadores como Sofia Coppola, quien encontró en Johansson la inocencia melancólica que la directora perdió en Tokio durante su primer matrimonio; un recuerdo que plasmó en Lost in translation. Venerada por veteranos como Woody Allen o Brian de Palma que recurren a ella como fuente de inspiración para revitalizar sus carreras con más o menos éxito en Match point y Scoop, el primero, y con La dalia negra, el segundo.

Todos esos y más son lugares comunes cuando se habla de Johansson, pero en la breve aunque prolífica carrera de una estrella que comenzó en el cine como niña prodigio hay más. Y algunas de estas otras descripciones que también forman parte de la fiebre escarlata son mucho menos habituales. Como que sus facciones son las más buscadas entre las mujeres que recurren a la cirugía estética en Beverly Hills, según el informe anual del gremio. O que sus labios son los más deseados, sólo por detrás de los de Angelina Jolie en la lista de las mujeres más "besables". La revista In Touch no tiene remilgos al describir a Johansson como la que tiene mejor busto, según un estudio científico que realizó esta publicación del corazón, y donde Johansson tomó la delantera a Salma Hayek y Jessica Simpson. Y otro estudio igual de científico, éste inglés, concluye con la coronación de Scarlett como poseedora del mejor trasero. Es una manera de diseccionar algo en lo que todos coinciden, desde People y su selección anual de bellezas vivas hasta publicaciones como FHM o Esquire, revistas más light que Playboy, pero igualmente dirigidas al hombre moderno. Todos proclaman a Scarlett Johansson como "la mujer más sexy del año".

Que además sepa actuar es un plus que justifica el amor de los directores y le da una pátina de intelectualidad a los comentarios que han levantado algunas de sus fotografías recientes, que se han propagado en Internet como si fuera la escarlatina. Fotos como ésa en la que posa con un modelo de Calvin Klein un poco más largo que una camiseta de caballero blanca sin mangas, por el que asoma un sujetador rojo y unos pantaloncitos verdes. O esa otra en la que ya perdió el sostén y sus pezones están cubiertos por un perrito faldero que pasaba por allí, no confundir con su chihuahua Maggie. Claro que nada supera la histórica fotografía de portada con la que Vanity Fair detuvo el tráfico de Hollywood en plena temporada de Oscar y en la que Johansson posó desnuda junto a una igualmente hermosa Keira Knightley, con el pudor de la fotógrafa Annie Leibovitz como única barrera entre su cuerpo y la mirada de sus seguidores. Una imagen que su primer día en la red atrajo a 3,1 millones de pares de ojos.

Entre toda esa belleza se esconde un talento que cuenta con tantos defensores como admiradores tiene su cuerpo. "Es una de esas actrices que te lo da todo con una sola mirada. Un dechado de emoción", describe el realizador Peter Webber tras trabajar con ella en La joven de la perla, película en la que la actriz sólo contaba con 13 líneas de diálogo. De Palma llega a la misma conclusión sobre una de las cualidades principales de la musa que protagoniza La dalia negra, su último estreno. "Nunca llegas a saber qué es lo que esconden esos ojos", reconoce este amante de la novela negra que encontró en Johansson a la mujer perfecta para el papel de Kay Lake, una de las protagonistas del clásico de James Ellroy. Una mujer "con un pasado enigmático, marcada de por vida y que no se sabe con exactitud de qué tiene miedo", según el director. Los hermanos Coen trabajaron con ella en El hombre que nunca estuvo allí y saben que Johansson no tiene miedo. Los únicos que se sintieron un poco intimidados por esta Lolita fueron ellos, y eso que sólo tenía 16 años por aquel entonces. "Te asombraba su inteligencia. No tenía nada que ver con trabajar con una niña", añade Billy Bob Thornton, su compañero de rodaje aún asombrado de la seguridad en sí misma que destilaba Johansson. Ya lo dijo Robert Redford cuando la descubrió con El hombre que susurraba a los caballos: "Una chica de 13 años que parece que tiene 30".

Nada ha cambiado. Como el buen vino, el tiempo sólo le ha dado más cuerpo a una estrella que, lejos de ser un sabor pasajero, se ha grabado en el paladar del público y está aquí para quedarse. A menos, eso sí, que acabe quemando la mecha antes de lo necesario, como ha ocurrido con otras estrellas presentes en más estrenos de los que es posible defender en esta industria con honor. "Pero es imposible que el público se aburra de ti por verte en demasiadas películas, porque entonces te dejarían de ver y ya no se aburrirían de verte en tantas películas. ¿No es así?", la defiende con un silogismo y mucho sarcasmo uno de sus últimos compañeros de rodaje y también admirador, Michael Caine, a su lado en El truco final.

Johansson es pequeña y joven, pero sabe muy bien cómo atraer las miradas. Se maneja con soltura por el hotel Biltmore de Los Ángeles, uno de los más antiguos de la ciudad, por el que pasaron los Beatles, y que aún conserva ese sabor de otro Hollywood. Ataviada con pantalones cortos negros y un blusón con estampado de pantera, esta vez sus piernas se llevan el primer golpe de vista, largas y ensalzadas por unas sandalias de tacón de aguja. Camina con seguridad aunque sin esperar ser vista y casi lo consigue. Pero quien cruce su mirada o pase el umbral de lo que Johansson considera su intimidad se encontrará con una sorpresa. Hoy sus ojos añaden a su belleza ese tono un poco altanero de "ni se te ocurra, imbécil".

"Es que sigo pensando que tiene que haber una manera de evitar, ya sabes, el verte expuesta por todos los lados", arranca. Es difícil ajustar su comentario a su fotografía omnipresente en la portada de todas las revistas, y no precisamente en imágenes robadas, sino en fotos posadas para las mejores cubiertas. O en las 11 películas que ha estrenado en los tres últimos años desde que Hollywood se enamoró de ella en Lost in translation. Se dice pronto. Once en tres años, y en su mayor parte como protagonista. Pero cuando Scarlett habla, su voz se impone sobre su ubicua imagen. "Sé que soy una persona pública y esto ha requerido ciertos ajustes en mi vida. Ahora no puedo tomarme algo en una terraza, siempre expuesta a que me saquen una foto. Y sé que suena tonto, algo un poco extraño y que cuesta explicar, pero es duro ser consciente en todo momento de tu rostro, de tus andares, de ti misma; todo el tiempo, cuando paseas, cuando entras en una tienda, cuando coges el metro. Claro que son cosas que pienso seguir haciendo. Lo que intento, lo que me parece increíblemente importante es mantener mi vida privada en privado. Compartir lo menos posible de mi vida a la luz pública porque luego la gente se hace una idea preconcebida de quién eres y de lo que eres capaz de hacer", afirma la actriz, conocedora de esos lugares comunes con los que es descrita y dispuesta a separarse de ellos.

Tampoco es que le importe que le digan guapa o se hable de su belleza. "Está claro que soy una chica con curvas", señala consciente de una verdad como un templo. Entre las mujeres que más admira están Marilyn Monroe y Lauren Bacall, pero, al contrario que a sus admiradores, a ella nunca se le ocurre compararse a tales bellezas. "Es algo muy agradable de oír y de lo que tampoco es que te canses. Pero también sé la cara que tengo después de haber dormido tres horas", añade con otra sonrisa insinuante. "Personalmente nunca me ha interesado lo que la gente come o deja de comer o cuánto ejercicio hacen, aunque si me preguntas creo que gran parte de los actores de Hollywood están demasiado delgados. Pero sí me fastidia esa continua presión que existe con la belleza, con el peso, con estar en forma", afirma una admiradora de Eva al desnudo, y en concreto de esa escena en la que Bette Davis, en uno de sus enfados, la paga con una tableta de chocolate. "Vivimos en un país obsesionado con estos temas", añade. La sonrisa se ha vuelto a desvanecer.

Por eso Johansson prefiere hablar de otros, en especial de esos hombres que tanto la alaban y con los que ha trabajado estos últimos años. Esa colección de directores que, como asegura, parece salida de un sueño; todos ésos que su madre y agente, Melanie Johansson, le citaba al hablar de cine. "Es gente de la que llevo viendo sus películas incluso antes de lo que debería haberlas visto", asegura. En primer lugar, y junto a su madre como una de las personas que más ha significado en su vida, está la figura de Robert Redford. "Alguien que fue asombroso para una adolescente prepúber como era entonces. Y mira que es duro pasar la adolescencia. Una de las etapas más crueles de esta vida y encima pasarla ante la cámara. Pero Bob me enseño cómo manipular mis emociones en el cine", opina sobre su primera lección de cine. Luego vendrían otras, y, en el caso de la joven Sofia Coppola, ambas intercambiaron ese vínculo mutuo de calma que las unió delante y detrás de las cámaras. Los hermanos Weisz, en Algo más que un jefe, le dieron ese espacio en el que le gusta trabajar, siempre dispuestos a probar otra toma, mientras que con De Palma, Johansson vivió un encuentro con el antiguo Hollywood. "Es de la antigua escuela, muy formal, seco y cortante, pero que no se anda por las ramas. Genera un gran respeto y es al primero que le he oído pedir silencio para sus actores mientras se rueda", rememora sobre el legendario realizador de Carrie, Los intocables y El precio del poder.

Pero es a Woody Allen, con quien lleva dos películas rodadas, al que dedica toda su admiración. "Es el más refinado", asegura casi con tono de enamorada. "Te lo da todo como actor. Esas líneas que te ha escrito tienen toda la información que necesitas, son deliciosas. Y no tiene nada de manipulador. Tal y como lo ha escrito, no necesita ni ensayo ni decirte nada más porque todo toma forma en cuanto lo expresas delante de las cámaras", explica de la amistad laboral que ha trabado con alguien a quien describe como "terriblemente tímido" y le lleva 50 años. La admiración es mutua. Si Johansson le llama tímido, Allen la define como la esencia de la feminidad, una mujer "sexualmente abrumadora". "Es una delicia. Como ganar a la lotería", afirma el realizador neoyorquino de la que ya habla como hablaba de su musa y compañera sentimental durante años, Diane Keaton. "Hay gente, Diane fue una de ellas, que es como si les hubieran tocado con la varita del talento y lo tuvieran todo. Eso mismo le pasa a Scarlett", añade. En esta historia de amor platónico, Johansson no dudó en abandonar propuestas laborales que sobre la mesa parecían más lucrativas con tal de regresar junto a Allen para Scoop. La víctima fue Misión Imposible III, película donde al parecer le hicieron una oferta, pero que Johansson no pudo aceptar ante el conflicto de fechas. "Eso es lo que ocurre con las grandes producciones. Que no es fácil hacerlas funcionar. Y yo quería trabajar con Woody", dice Johansson con muy poco pesar en sus palabras.

Los mentideros de Hollywood aseguran que más que una propuesta para trabajar junto a Tom Cruise en el cine lo que Johansson recibió fue una prueba para hacer de la verdadera esposa del actor más taquillero de la industria, el papel que en la actualidad interpreta Katie Holmes en esa novela rosa titulada TomKat. Si hay algo de cierto en ello, Johansson ni abre la boca. La frase es la misma hables de esto, de su supuesto (y ya parte de las leyendas de Hollywood) encuentro amoroso con Benicio del Toro en un ascensor o incluso de su relación actual con el actor Josh Harnett, a quien conoció en Bulgaria durante el rodaje de La dalia negra. "No pienso entrar en ese tema", zanja con tanta rapidez como desprecio en cualquiera de los casos. Del Toro se lo suele tomar con más humor. "El (hotel) Château Marmont tiene siete pisos y el ascensor es de los pequeños. Así que no hay tiempo", resumió el puertorriqueño antes de apostillar: "la chica es guapa. Y muy buena actriz, no nos olvidemos. Así que si estuviéramos hablando del hotel Bonaventure, con 34 pisos, bueno, aún". En alguna entrevista, Johansson ha reconocido que la leyenda nació de una broma suya sacada de contexto. Pero a estas alturas ni se molesta en aclararlo. "Llevo un estilo de vida muy simple, fuera del radar la prensa, aunque nunca se sabe. Ahora todo el mundo es cotilla", reafirma la intérprete que por no reconocer su relación con Harnett ni cruzó con él la alfombra roja de su propio estreno. Johansson prefirió el brazo del mucho menos atractivo De Palma que el de su compañero de reparto y cama, Harnett, alguien de quien sólo repite: "Es un gran actor, muy dedicado, y por quien siempre he sentido gran admiración". La respuesta estándar en Hollywood a la hora de hablar de un compañero de reparto. Nada de ese supuesto piso de seis millones de dólares que ambos comparten cerca de TriBeca, en Nueva York, y que han insonorizado para protegerse de oídos indiscretos.

Por eso sorprende todavía más ver a Johansson, en esas provocativas poses de revista o en el programa de David Letterman, contando, en serio o en broma, que durante su 21º cumpleaños se ganó unos moratones en los muslos del lap dancing que le hicieron en un club de striptease, donde acabó celebrando junto a su hermano gemelo la mayoría legal de edad. ¿Mentiras publicitarias o un salto al vacío hacia otro tipo de carrera, más cercana a la también sexy pero mucho más pública de Lindsay Lohan? Al fin y al cabo ambas actrices comenzaron compitiendo por los mismos papeles: Johansson hubiera dado lo que fuera por ser la protagonista de Tú a Londres y yo a California, y Lohan se quedó con las ganas de interpretar el papel de Scarlett en El hombre que susurraba a los caballos. Como recuerda la revista The Hollywood Reporter, "Scarlett Johansson ha sabido escoger sus papeles y su trabajo habla de una actriz seria y decidida". Así lo fue desde sus comienzos, tan empeñada en ser actriz que le soltó a su madre eso de "me arde la actuación" a los tres años. Desde entonces Melanie Johansson, separada del padre de la actriz, Karsten Johansson, se ha dedicado no sólo a la crianza de sus cuatro hijos, sino a fomentar el talento artístico de Scarlett. "Mi madre siempre nos alimentó con una gran dieta cinematográfica, es una aficionada que se lo ha visto todo. Una enciclopedia", afirma la estrella. Por una vez suena más a hija adolescente que a musa de artistas. "Ella me enseñó las películas que valían la pena y eso me inculcó esa filosofía de dedicarme tan sólo a esos filmes por los que merece la pena pagar entrada. Además, nunca he tenido prisa por conseguir lo que quería y mi madre tampoco ha sido impaciente", añade en referencia a su progenitora, a quien define como alguien que "odia" Casablanca en favor de Ciudadano Kane.

Sin embargo, el toque Johansson, que le ha conseguido cuatro candidaturas al Globo de Oro, dos de ellas el mismo año como mejor actriz dramática con La joven de la perla y mejor intérprete de comedia en Lost in translation, parece desvanecerse entre tanto estreno. "¿Acaso es Scarlett Johansson la nueva Ben Affleck?", se pregunta la revista Business Week. La comparación tiene su razón de ser. Lo mismo que Affleck subió como la espuma, Oscar y todo al mejor guión por Good will hunting, para estrellarse con su carrera con joyas al estilo de Gigli o Una chica de Jersey, Johansson parece contar con más admiradores en Internet y en los quioscos que en las salas de cine. En Estados Unidos, The prestige no llegó a arrancar. La dalia negra se hundió con todo el equipo en la taquilla. La isla fue uno de los peores fracasos del pasado año. Y en cuanto a su inspiración junto a Woody Allen, todos los parabienes que le deparó a la pareja su trabajo en Match point, incluida la cuarta candidatura al Globo de Oro de la actriz, se han debilitado con Scoop, donde el realizador parece haber vuelto a perder su toque y junto a él, el de su musa.

El comentarista Yogi Berra asegura que el problema, pese a lo que diga Caine, son los numerosos estrenos de Johansson. Los hay más crueles, ésos que sin descubrir su identidad aseguran que Scarlett Johansson representa "la alternativa más joven y barata" a estrellas de la talla de Julia Roberts y Sandra Bullock. La apreciación no está falta de base, aunque tal vez es innecesariamente cruel y va demasiado lejos culpando a la estrella del fracaso de cintas demasiado ambiciosas. Como dice Variety, "aun a riesgo de estar muy vista", la interpretación de Johansson sigue siendo buena. "Yo me sigo guiando por el instinto. Me parece lo más importante, acierte o no. Es el instinto el que me dice si ahí hay una historia que quiero contar. Leo mis líneas de diálogo y escucho en mi cabeza cómo suenan. Si me siento cómoda diciendo las frases de mis personajes, entonces me comprometo", detalla Johansson sobre su método de elegir guiones. Ésta es la única parte que no ha cambiado en los últimos años, esos en los que, como dice, se ha visto "crecer delante de las cámaras". "El éxito de Lost in translation motivó varios reajustes en mi vida y en mi carrera, pero nada fuera de lo normal. Sigo siendo una actriz en busca de trabajo y que ve cómo con el final de cada proyecto llega la duda de si me volverán a contratar", añade. Cuenta con un equipo de media docena de personas que la ayudan en su agenda, pero ella prefiere el contacto directo con los estudios con los que trabaja. Quizá esa cercanía a la industria es la que le mantiene los pies de estrella en el suelo. "Hollywood es así, un imán que diariamente atrae a un gran número jóvenes, todos con sueños de grandeza dispuestos a ser descubiertos. No es del todo mi experiencia porque comencé en Nueva York, pero eso no evita que sea muy consciente de que en esta industria tienes una posibilidad entre un millón. Razón de más para sentirme muy afortunada. Sólo tengo que echar un vistazo a mis amigos que aún están luchando por esa oportunidad para darme cuenta que la suerte ha jugado una gran baza en mi carrera", acepta.

Hasta cuándo contará con esta suerte, Johansson no lo sabe y tampoco piensa preocuparse por ello. Eso lo deja para los comentaristas. "Si sólo es suerte o es maña, no sé qué es lo que me mantiene donde estoy cuando mi trabajo es de usar y tirar. De ahí que me dé la risa cuando me preguntan dónde me veo en diez años porque no tengo ni idea", apostilla. "Sé que todo esto depende también de mi atractivo en la taquilla, de mi rentabilidad en la industria. Pero tampoco puedo decir que ninguna de mis películas ha recaudado 200 millones de dólares. Ni las de más éxito, como Lost in translation. Me siento más cómoda con las películas que escojo que colgada por los pies a varios metros de altura en medio de un festival de efectos especiales", se ríe una de las pocas estrellas que superó la adolescencia sin participar apenas en la graduación obligada de toda su generación por títulos sangrientos, grotescos, terroríficos o de sexo adolescente.

Por el momento, el futuro se promete igual de movido para quien John Travolta describe como una mezcla entre Elizabeth Taylor y Sofia Loren. Quizá es ésa la "ambigüedad" de la que habla Christopher Nolan cuando cita a la actriz. En cine, los proyectos los lleva a pares con el rodaje de The nanny diaries y The other Boleyn girl. "Es una historia de ficción, pero basada en la historia de la relación de Ana y María Bolena con el rey Enrique VIII, donde trabajo con Natalie Portman y Eric Bana", describe de la segunda cinta. En cuanto a The nanny diaries, se trata de una cinta junto a los directores Berman-Pulcini en la que Johansson asegura que estos jóvenes realizadores rinden homenaje al cine de "Truffaut y de Woody" con una comedia que el propio Allen pensó en dirigir con tal de volver a trabajar con ella. "Nadie como él para retratar el zoológico cultural y social que reside en el Upper East Side de Nueva York", explica una vez más con admiración y seguridad Scarlett, siempre dispuesta a volver a trabajar con Allen. Lo tiene tan claro como el hecho de que quiere dirigir cine. Sólo está a la espera de que surja el proyecto adecuado. "No estoy dispuesta a venderme", afirma como advertencia a los que confunden los anhelos artísticos de un actor con el ansia narcisista. "A todos los que tienen sus dudas sobre los actores detrás de las cámaras les diría que piensen en Robert Redford o en Woody Allen. En Steve Buscemi o Sydney Pollack. ¿Y qué me dices de Clint Eastwood, eh?", detalla, pendenciera pero risueña, con ese orgullo de batalla ganada que da recitar de memoria la lista de los reyes godos.

Esa lengua rápida y demasiado sincera es la que también la ha metido en más de un problema, blanco de las risas cuando escribió una pancarta dirigida a los paparazzi para que dejaran de acosarla, pero con faltas de ortografía. O blanco de las iras cuando a sus 18 años, y en medio de ese otro lugar común que describe a Johansson como musa de hombres maduros, sólo a ella se le ocurrió decir eso de que "las mujeres se mueren por dentro cuando alcanzan la menopausia". "Estoy segura de que alguien en su posición podrá cruzar ese puente a base de tratamientos de Botox que eliminen los problemas que tan desesperadamente quiere evitar", le contraatacó una lectora airada. Hugh Jackman, a su lado tanto en Scoop como en El truco final, la disculpa o, mejor dicho, ensalza lo que en esa ocasión le falló a la actriz: el tacto.

"Es una chica con un gran corazón y una cabeza aún más sabia sobre los hombros", ilustra el intérprete acerca de los detalles de Johansson durante el rodaje, donde estuvo pendiente de los niños del actor, una recién nacida y otro de seis años. "No sólo le trajo una camisetita de pirata a Ava porque, como dice Scarlett, todas las niñas tienen un poco de punk-rock en las venas, sino que le dio otro regalo a Oscar para evitar la rivalidad de hermanos", explica admirado de un comportamiento que sólo suele ser normal en gente con niños. Johansson se ríe cuando le recuerdas la anécdota. Ni tiene niños escondidos ni grandes deseos de tenerlos. "Me encantan, no me entiendas mal, pero ahora mismo me hace la misma ilusión devolvérselos a sus padres después de jugar con ellos", admite.

En la actualidad, Scarlett tiene otro tipo de compromisos, de los que habla más abiertamente que de sus relaciones amorosas. Están sus contratos con L'Oréal, de la que es portavoz, y con Reebok, para la que va a diseñar ropa deportiva de uso diario. Además está esa otra carrera musical, como musa de otro veterano, Bob Dylan, dado que será la estrella del cantautor en el vídeo de When the deal goes down. Y la suya propia, dispuesta, al parecer, a seguir los pasos como cantante de una de sus actrices preferidas, Michelle Pfeiffer, con la grabación de un álbum de canciones de Tom Waits. Es sólo un proyecto, pero Internet vuelve a estar que arde.

"Es uno de sus talentos más desconocidos. Es un genio de la música y una cantante hermosa que espero nos deleite con una película musical un día de estos", le da ideas su colega Jackman. Johansson prefiere hablar de otros proyectos en los que también se está concentrando, en esa concienciación política que cada día toma una forma más clara, como defensora sin reparos del senador John Kerry en las últimas elecciones estadounidenses. Como deseo de Año Nuevo confía en el regreso de los soldados de la invasión de Irak, lo mismo que pidió las navidades pasadas.

"Soy una persona políticamente activa, de tendencia liberal, algo que se va haciendo cada vez más claro con los años. Tampoco es que crea que el trabajo de un actor es defender aquello en lo que uno cree; pero si crees que es lo que debes hacer, ¿por qué no?", resume de esa otra cara de su personalidad que dedica, entre otras organizaciones, a grupos en lucha contra la pobreza como Oxfam, USA Harvest o Global Fund, que recauda fondos para mujeres y niños afectados de tuberculosis o sida en África. Una apretada agenda que hace dudar si existe un respiro para la fiebre escarlata que sacude a esta mujer perfecta. "Intento no ser muy dura conmigo misma. Sólo hay las horas que hay en el día y claro que me gusta tomarme mi tiempo para relajarme. No soy más que una actriz. Vamos, que no voy por ahí salvando vidas y ya sabes lo que quiero decir", resume dispuesta a emprender la marcha de nuevo con esa mirada escudo con la que parece añadir: "¿entiendes, imbécil?".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 24 de diciembre de 2006