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Crítica:

Muerte en la Patagonia

Entre marzo de 1997 y diciembre de 1999 doce personas, casi todas ellas muy jóvenes, se quitaron la vida en Las Heras, uno de los principales yacimientos petrolíferos del Cono Sur. La argentina Leila Guerriero investigó esta epidemia y el resultado es el libro Los suicidas del fin del mundo, un relato de ficción pero que se atiene a las reglas de la investigación periodística.

Las Heras es un pueblo de Santa Cruz, la provincia patagónica de la que el actual presidente argentino, Néstor Kirchner, fue gobernador entre 1991 y 2003. Uno de tantos pueblos perdidos en la inmensidad del sur argentino que vivía de la modesta explotación lanar hasta que, en los años sesenta, se supo plantado sobre uno de los principales yacimientos petrolíferos del Cono Sur. Durante los años ochenta la población de Las Heras se duplicó, se pavimentaron las calles y se abrieron negocios, sobre todo diversos locales nocturnos destinados a los empleados de YPF que estaban allí sin familia. "Pero en 1991 comenzó el proceso de privatización de YPF a manos de Repsol y el paraíso empezó a tener algunas fallas", escribe Leila Guerriero (Junín, Buenos Aires, 1967). El hecho es que entre marzo de 1997 y diciembre de 1999 doce personas, casi todas ellas muy jóvenes, se quitaron la vida en Las Heras. Guerriero viajó al lugar para averiguar la raíz de esa peculiar epidemia suicida. Este libro, publicado originalmente en Buenos Aires en septiembre de 2005, es el resultado de esa investigación.

LOS SUICIDAS DEL FIN DEL MUNDO. Crónica de un pueblo patagónico

Leila Guerriero

Tusquets. Barcelona, 2006

231 páginas. 16 euros

La autora es periodista de La Nación, uno de los principales diarios argentinos. Pero no viajó allí en representación de ese medio; de hecho, está presente en su libro el desinterés tradicional de la prensa de Buenos Aires por lo que sucede en el interior profundo del país. Guerriero llega al pueblo patagónico bastante después de la ola suicida, a mediados de 2002, para entrevistar a familiares y amigos de los jóvenes muertos, muchos de ellos inmigrantes de otras zonas del país atraídas por la prosperidad del petróleo. Las sospechas de acciones de sectas, la multitud de iglesias -además de católicos, testigos de Jehová, evangelistas, mormones- surgidas durante el auge del hidrocarburo y en la que muchas familias buscaron consuelo tras la desgracia, y los piquetes de los empleados despedidos por Repsol que aislaban aún más el pueblo patagónico están en el trasfondo de la historia. El relato se descubre en una zona de intersección entre el mapa de las peculiaridades histórica y sociológica del lugar -su inesperada fortuna y su fulminante decadencia- y un crudo muestrario de algunas miserias humanas sempiternas: alcoholismo, mujeres golpeadas, niñas violadas en su propia casa, familias destrozadas por la pobreza y la brutalidad.

Guerriero encuentra un géne

ro que incorpora herramientas del relato de ficción pero se atiene a las reglas de la investigación periodística. Es difícil no pensar en el antecedente de Truman Capote, desde la misma posición del autor, que parte de la gran ciudad a la localidad provinciana para escribir el crimen, moviéndose en un campo cargado de recelos y de laboriosas complicidades. Desde una semejante sangre fría, que no es sólo la de los personajes sino también la de quien se hace cargo de narrarlos. Hay asimismo una referencia más cercana: las novelas de Manuel Puig, en su formulación original y en su trasfondo clásico, donde la estrecha idiosincrasia pueblerina asfixia todo intento de distinción. Puig es evocado en el excelente oído de Guerriero para el registro oral de los testimonios: la inflexión popular del habla argentina canta con amplia modulación en estas páginas.

El material es más que interesante, aunque su disposición tiende a repetir una misma fórmula, basada en la reconstrucción de las últimas horas de cada suicida y la escenificación de las entrevistas con sus allegados. Aun así, la estrategia parece señalar un camino alternativo a la compulsión actual a convertirlo todo en novela. La autora no inventa una consciencia detrás de los actos o las declaraciones de cada personaje: deja que se representen por sus palabras y por la exposición de los hechos. Prefiere, así, una actitud semejante a la que, en el cine, observamos en el auge del documental: no un rutinario reparto de caracteres ficticios sino una documentación del argumento elegido. Por esa sagaz estrategia narrativa Los suicidas... están vivos en el enigma tenso de sus destinos trágicos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de diciembre de 2006

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