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Editorial:

Una OTAN creíble

La OTAN se ha encontrado en Afganistán con un enemigo duro de roer. Lo que comenzó siendo una operación militar masiva de EE UU tras el 11-S para desalojar a un Gobierno fanático que patrocinaba el terrorismo global ha derivado hacia la estabilización y reconstrucción de un país asolado por décadas de guerras y miseria. Muchos afganos, especialmente mujeres, han recuperado en ese proceso la dignidad tras su esclavización por el más abyecto integrismo religioso. Pero la falta de un proyecto riguroso y el incumplimiento por las potencias occidentales de muchas de sus promesas amenazan con hacerlo descarrilar. Resurgen con fuerza los talibanes y Al Qaeda, florece el comercio del opio y la guerra abierta se reinstala en algunas zonas del país centroasiático.

El despliegue de la Alianza este año, en su primera prueba de fuego tras el desplome soviético, es una misión clave para los intereses occidentales a medio plazo, y así lo reconoce la cumbre atlantista que se cerró ayer en Riga, primera plenaria en dos años, cuando anuncia una presencia duradera en aquel país. Afganistán representa una decisiva y compleja encrucijada geoestratégica. Impedir su regreso a una internacional del terror islamista es tarea clave para la supervivencia global de los valores democráticos. Pero la misión de la OTAN, pese a estar avalada por Naciones Unidas, se ha encontrado desde su comienzo con las reticencias y la falta de convicción de algunos socios de la Alianza, especialmente europeos, España entre ellos.

Algunos de los Gobiernos que consideran impensable perder Afganistán (Alemania, Francia, España...) imponen restricciones a sus tropas con el ánimo de implicarlas lo menos posible en la lucha armada y destinarlas básicamente a aspectos humanitarios o de reconstrucción en zonas tranquilas. O rechazan aumentar su número. Las fuerzas de determinados países -Canadá, Reino Unido, Australia, Dinamarca o EE UU en su ámbito- llevan, así, el peso de las operaciones bélicas y corren con la mayoría de los muertos. La dosis de oportunismo de Bush, que recordó el lunes a la cumbre atlántica el principio fundacional de todos para uno, uno para todos, no invalida el argumento básico del presidente de EE UU de reclamar mayor solidaridad.

La misión de la OTAN cuenta con todas las bendiciones de la legalidad internacional. Podemos preguntarnos si la estrategia es suficientemente afinada o si los medios puestos a contribución permiten razonablemente asegurar el país. También cabe lamentar que Occidente haya decepcionado muchas de las expectativas suscitadas entre los afganos. Estamos a tiempo de enmendarlo. Pero el fracaso de la Alianza Atlántica enviaría un mensaje de impacto devastador al fanatismo islamista, en el sentido de que las barreras de contención han desaparecido. En Afganistán está en juego, junto con la credibilidad y la supervivencia de la Alianza, el concepto mismo de seguridad global.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 30 de noviembre de 2006