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Tres parejas para tres décadas

Si se busca en Google "Ana Belén y 1976" aparece un dato en www.teacuerdas.com. "Ana Belén hace su primer desnudo en La petición, de Pilar Miró". La inclusión del detalle en una cronología social del país da idea de la relevancia del asunto en la época. Lo que no consta es que Ana estaba embarazada de su hijo mayor. "Nadie lo notó. Llevaba un corsé apretadísimo. Al acabar, me salió el bombo de un día para otro", recuerda la interesada. Y así, con la barriga de proa, se embarcó en una gira por provincias. "En Levante quisieron anular el contrato al saber que estaba preñada. Entonces se hacían esas cosas".

Natalia y Ana acaban de llegar de la sesión de fotos muertas de la risa. El chófer de la limusina se ha hartado de retratarlas con el móvil con mucho disimulo y muy poca vergüenza. "Mañana salimos en un programa del corazón", augura Ana. "Seguro", asiente Natalia, habituada al acoso de ciertos medios interesados en su vida privada, "pero al menos saldremos divinas".

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Lo están. Y encantadas de conocerse. Sabían la una de la otra, claro. Pero se tenían ganas. Y si están aquí, en vísperas de cruzar el charco -Ana, a Uruguay, a cantar; Natalia, a Argentina, a rodar La Bella Otero-, no es por casualidad.

"Yo es que a Ana la admiro muchísimo", confiesa Natalia. "Para mi generación, ella es una actriz absoluta. Tiene una intensidad y una naturalidad que es verla y te enamoras. Puede hacer comedia, drama… ¡Canta! Lo tiene todo. Y encima, en lo personal", la mira, "tienes a tu pareja hace 30 años y enamorada. Es alucinante. Qué envidia".

"Vale, vale", ríe Ana, y aprovecha turno: "Natalia es una actriz muy preparada, eso se ve. Pero sobre todo tiene una frescura y una manera de hacerse con el personaje que todo lo que dice te lo crees. Y eso es muy difícil. Y lo de cantar…", la encara, "yo te vi por primera vez en El otro lado de la cama. Me sorprendiste mucho, porque yo no sabía de ti. Fue al ver El hijo de la novia cuando lo entendí todo. Si estamos aquí juntas es por algo, mona".

En 1976, Verbeke tenía un año y le faltaban 10 para llegar a Madrid en la primera oleada de inmigrantes que recibía España. El país donde, en 1971, Ana rodaba Españolas en París, la película sobre la emigración y el exilio español que revolvió las tripas e inició el compromiso político de su protagonista. En 15 años mudaron las tornas.

-Qué desmemoriados somos -dice Ana Belén-. ¿Qué familia no ha tenido a alguien emigrado a Francia, a Bélgica…?

-O a Argentina -repone Natalia.

-A Argentina, ni te cuento. Entonces, cuando oyes despotricar contra los inmigrantes, te dan ganas de saltar: ¿y me lo dices tú, que hace cuatro días tuviste que irte con la maleta de cartón? Tenemos esa soberbia de nuevos ricos.

-A mí, en el colegio ya me llamaban sudaca porque tenía un acentazo argentino que flipas. Era la rara, la extranjera. Y eso que soy blanquita. Ahora en mi barrio viven inmigrantes, y oyes cada comentario… Me duele el doble porque sé lo que se siente.

No es difícil imaginar a la Natalia treceañera llegando agobiada del colegio. A esa edad, Ana Belén ganaba un concurso de radio y comenzaba una carrera -cantante, actriz, directora- que ha cumplido cuatro décadas en escena. Pero ninguna se ha quitado de encima la mochila. "Siempre he tenido un sentido de la responsabilidad y una autoexigencia que a veces es enfermiza y no te hace feliz. Aunque creo que tiene algo bueno, y es que nunca te crees nada. No hace falta que nadie te ponga en tu sitio, ya te pones tú solita", dice Natalia.

"Yo empecé muy joven, he sido muy responsable antes de tiempo, y te echas encima una carga muy gorda", asiente Ana Belén. "Ya me hubiera gustado, con todo lo que sé ahora, tener una adolescencia y una juventud sin responsabilidades. Mis padres me educaron en un tiempo y una clase muy determinada. No se tira nada, las cosas se hacen bien. Y claro, tengo un sentido de la responsabilidad que a veces me jode. Yo no leo las críticas, porque me hacen daño. Nadie mejor que uno sabe cuándo ha acertado y cuándo ha metido la pata hasta la ingle. Pero hasta de eso aprendes. Algunas de mis películas y canciones más queridas son las que no han tenido éxito".

Ana envidia la formación a la que ha tenido acceso la generación de Natalia. "Vienen mucho más preparados que lo estuvimos nosotros. En este oficio, cuanto más, mejor". "A mí, obsesionada por hacerlo bien", replica Natalia, "me viene muy bien tener algo a lo que agarrarme, aunque luego lo que te dan las tablas no te lo da nada".

Pero con flotador o sin él, no eluden riesgos. "De eso se trata en esta profesión", sostiene Ana. "Si te metiste en esto de niña porque te gustaba disfrazarte, ser otra, imagínate de mayor", añade Natalia. Y aprovecha para lanzar un guante. Es cuando Ana habla de teatro: "El sitio donde más aprendo". "Yo aún no me he estrenado, me da pavor", admite Natalia. "Eso es porque aún no te han ofrecido la función", reta Ana. "Si mañana me ofrecen La gaviota, el papel de Nina, me tiro de cabeza", fantasea Natalia. "No des pistas, que luego salen", le advierte Ana. "Pues por eso lo digo". Mensaje recibido. Y enviado.

"Voilà un énfant térrible". Jesús del Pozo aún se divierte recordando la entusiasta acogida de la prensa francesa a su primera colección de hombre, presentada en el SEHM de París en 1976. Después llegó otra feria en Colonia (Alemania) y el regreso del debutante a casa, borracho de éxito -"vi que lo que hacía no eran tonterías mías, sino que interesaba a los demás"- y cargado de pedidos de medio mundo. Sólo entonces vino el choque con la realidad. "Había demanda para mi ropa. Pero detrás no había nada: sólo una trastienda con un cortador y una máquina de coser. Busqué fabricantes que pudieran hacerme el proceso. Y fue un desastre. No había empresarios. Ahora empieza a haberlos. No podía hacer frente a los pedidos. Tuve que parar y pensar".

Treinta años después, Jesús del Pozo es, además de un clásico del diseño español, una marca registrada con 70 puntos de venta, fuerte presencia internacional -con Japón (donde también fabrica) a la cabeza- y varias fragancias en las perfumerías de 130 países.

Todo empezó en un local de la calle del Almirante, en Madrid, donde Jesús -"autodidacta total, hubiera matado por atarle los zapatos a Balenciaga"- abrió su tienda en 1974. Allí, en un barrio de teatros, cafés y galerías de arte, empezó a vestirse "una clase muy determinada. Muy liberal. Actores, arquitectos, pintores, profesionales. Si hubiéramos estado en la calle de Serrano habríamos fracasado. Allí no se entendía mi ropa", recuerda. Su clientela, fiel, ha crecido con él. Estos días se ha retratado con algunos. Ana Belén, Víctor Manuel, Miguel Ríos, Alberto Campo Baeza, Juan Gatti… La infanta Cristina no acudió, claro, pero es Del Pozo quien está detrás de su último y alabado cambio de rumbo estético.

Lejos quedan los tiempos en que Jesús se quedaba en cueros por las mañanas. Su padre le quemaba -sí, prendía fuego- la ropa que a su hijo le costaba meses de buceo encontrar en el páramo estético madrileño. Don Baldomero del Pozo no entendía que su benjamín "se parara a mirar las arpilleras de Tàpies" en una galería cercana a la cestería familiar de Almirante. Que encima se disfrazara ya era el colmo.

Ése no fue problema para Juan Duyos. Para cuando acabó el bachillerato, en los últimos ochenta, el "¿estudias o diseñas?" era el santo y seña de cierta juventud española gracias al empeño y el éxito de la generación de Del Pozo. "Yo estudiaba y diseñaba", ironiza el antiguo alumno de la Alta Escuela de Moda de Madrid. En casa, pues, calma total. Los problemas vinieron luego. "Allí sólo te enseñaban la técnica, pero luego vino lidiar con la realidad". Y según Duyos, el panorama no es muy distinto del que sufrió Jesús. "España está en pañales en cuanto al negocio y la industria de la moda. Los empresarios aún no han visto el filón que puede representar aliarse con el diseño. Pero qué queremos, llevamos un retraso de 30 años respecto al resto del mundo". Él, de momento, explora el territorio. Su alianza con Don Algodón o su asociación a la firma de perfumería de masas Rexona son algunas de esas incursiones. "Hay que usar las armas del mercado sin complejos".

El colorista y lúdico Duyos, con un estilo "antagónico" al depurado de Del Pozo, no olvida la deuda de su generación con sus mayores. "De ellos heredamos lo bueno y lo malo. La alegría y la resaca". Con el fallecido Manuel Piña, con quien trabajó en sus comienzos. Con Del Pozo, "un auténtico creador, además de una marca reconocida. Él es un clásico. Yo sólo soy un diseñador actual".

Una mujer profesional, trabajadora, independiente. Un ave rara en este país, en esa época. Cuando presentó su primer telediario, en 1973, Rosa María Mateo llevaba siete años puliendo la imagen que quería ofrecer en sus apariciones como locutora de continuidad de Televisión Española. Austera, rigurosa, honesta. Creíble. Su vivo retrato.

La tele, donde entró por oposición, fue "la primera oportunidad" que se le presentó para irse de casa. Así que, cuando recibió la orden de contar las noticias, se limitó a ser ella misma. "Entonces no había referentes. Si acaso, gente que hacía lo contrario de lo que yo quería transmitir. Así que tuve que crearme una imagen, y la fui haciendo según mi carácter y mis valores".

"Rosa creó el estándar de la presentadora de informativos", reconoce Ana Blanco. "Ella es la información. Decía buenas noches y la gente escuchaba. Eso trato de hacer yo. Te pones ante la cámara y cuentas qué ha pasado. Te expones tú misma, no te pones el disfraz de presentador". Ana también empezó por azar. Quiso estudiar periodismo pero la reticencia familiar la llevó a pedagogía, para acabar, tras una etapa en la radio, contando las noticias del día. Cada día. Quince años en antena la han convertido en la chica del telediario. "Tengo la agradable sensación de que la gente confía en mí. Soy familiar. Pero tienen que darte la oportunidad de ganar esa confianza, y eso sólo lo da el tiempo".

No siempre fue así. "Lo primero que se dijo fue que tenía cara de susto", recuerda Ana. "Y era verdad. En televisión, la concentración ha de ser máxima y a la vez dar sensación de naturalidad. Me costó perder esa distancia con la cámara". El martilleo constante "e inconsciente" de la capucha del bolígrafo en momentos de tensión es el único vestigio aparente de esa zozobra. El 11-S -ocho horas en directo- casi se carga el Inoxcrom. "Fue como contar una pesadilla. Sólo nos lo creímos cuando vimos caer las torres. Es la grandeza de la televisión: ver la información en directo".

"Sí, pero se queda ahí, en el plano espectacular, y no profundiza", replica Rosa María. Retirada de la primera línea de la profesión desde su salida de Antena 3 hace tres años, Mateo es hoy una espectadora "selectiva" de informativos. Y lo que ve no le gusta. "La información en televisión se queda corta. Falta la intrahistoria de las noticias. Se puede hacer, de hecho lo hacíamos, pero creo que ya no se quiere contextualizar lo que ocurre. Se ha escamoteado el análisis. Además, y salvando quizá a TVE, se prima la información espectáculo. Sucesos y moda. Estoy de la Pasarela Cibeles hasta las narices".

"Es cierto que antes se hacía más análisis", opina Ana. "Pero seguimos haciéndolo, de otra forma. Ha cambiado la forma de ver la tele, de enfrentarse a la información; la gente tiene múltiples pantallas y dispositivos para informarse. Y la tele no puede quedarse estancada, alejada de lo que le gusta, le interesa y le pasa a la gente. Ni no aprovechar las posibilidades de agilidad o brillantez de la tecnología. Sí, damos Cibeles y es espectáculo. Pero la moda es industria, y hablamos también de economía, de sociedad. Se trata de dar una vuelta al tema. En todo caso, hay que informar, no entretener. Y buscar el equilibrio".

Si algo echó de menos Rosa María, la persona que más tiempo ha dado la cara en antena en España, fue la calle. "Llegó un momento en que el plató no era suficiente. Necesitaba ver y tocar, ver el mundo del que hablaba". Así, viajó a Estados Unidos, por ejemplo, para saber de qué estaba hablando cuando informaba sobre sus elecciones. Quizá por ese afán realista, Mateo "detesta" la uniformidad de muchos reporteros actuales, "que no cuentan las noticias, las cantan". O la de muchas presentadoras "todas rubias, de ojos azules, guapísimas, como si no hubiera otro tipo de mujer en España o para dar las noticias hiciera falta ser una belleza".

En ese sentido, Rosa cree que el modelo sigue siendo el mismo. "Walter Cronkrite", concreta, "un señor que estuvo 40 años dando noticias en Estados Unidos y al que todos respetaban. Una persona seria, honesta. Ni más guapa, ni más fea que el resto, y que simplemente sirve de transmisión de la información. Eso es lo más difícil de lograr, y cuando se encuentra a alguien que lo tiene, como Ana, hay que valorarlo".

Por cierto, que Mateo marcó estilo en otros campos. Su peinado -corto, largo, liso, rizado, cuarenta años dan mucho de sí- fue de los más copiados del país durante décadas. Hoy no es raro pedir "la melena de Ana Blanco" en la peluquería. Las dos desmienten un extendido rumor al respecto: "El pelo es nuestro, nunca llevamos peluca".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de noviembre de 2006