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Lujoréxicos: manía de millonario

No se niegan un solo capricho y sus necesidades llegan a convertirse en obsesiones. Los adictos a la opulencia viven en un mundo suntuoso que roza lo irreal

Ya ha cerrado, pero en la calle de Gravina, en el barrio madrileño de Chueca, había una pequeña tienda en la que vendían una marca de patatas fritas muy populares en el Reino Unido. Cada tanto, según contaba el dueño de esa tienda, la calle sufría extraños cortes de tráfico. Tres lujosos coches con los cristales tintados paraban frente a la tienda y del vehículo de en medio salía una mujer delgada con un chico alto y rubio. Ella era Victoria y él David Beckham. Ella se movía hasta esa tienda a comprar las patatas fritas que no se vendían en otra parte de Madrid, porque esa marca era su favorita en Londres. Cosas de millonarios.

El periódico británico The Sunday Times publicaba el pasado mes de marzo un artículo titulado Conozca a los lujoréxicos. "Si los anoréxicos según el diccionario evitan el apetito con todas sus fuerzas, los lujoréxicos vivirán radicalmente enfocados a alcanzar el absoluto lujo: sistemas de seguridad dignos de una embajada, clínicas suizas, decoración del más alto nivel sacado de las revistas más exclusivas del planeta y caprichos que sólo se podrían entender en una suite de un hotel de ultralujo en Ammán". En las pantallas de los cines de toda España se puede ver una película que tal vez defina mejor la figura del adicto al lujo: El diablo viste de Prada. Basado en el best seller de Lauren Weisberger. La protagonista es un trasunto de la directora del Vogue americano, Anna Wintour, y su vida es la viva imagen del lujo. Viste las mejores creaciones de los más exclusivos diseñadores del mundo, y entre sus excentricidades está la de tener siempre agua con gas San Pelegrino encima de la mesa; manda a sus ayudantes que le compren hasta cincuenta pañuelos de Hermès todos los meses, que ella utiliza como un símbolo de distinción. Se hace traer a la oficina solomillos comprados en sus restaurantes favoritos de Manhattan… Javier Garcés, presidente de la Asociación de Estudios Psicológicos y Sociales, asegura que una de las características de los adictos al lujo es la de ser unos maniacos. "Son personas que están acostumbradas a concederse cualquier capricho y esos caprichos a veces generan todo tipo de manías, y, además, esas manías llaman mucho la atención porque cuestan mucho dinero", afirma Garcés.

Uno de los mejores ejemplos de esas presuntas taras psicológicas de los muy ricos está en la figura de David Beckham, que ha admitido tener una obsesión por el orden. Los tarros de las estanterías de sus mansiones siempre han de estar dispuestos de tal forma que las etiquetas miren hacia fuera y la colocación de sus cosas y efectos personales ha de seguir un estudiado y obsesivo orden. Pero también tiene otras manías de lujo. Según varias publicaciones, Beckham se gasta más de mil libras esterlinas, cada mes, en ropa interior del diseñador Calvin Klein. ¿Es que el futbolista no se pone nunca más de una vez un par de calzoncillos? Para Javier Garcés, aparte de las manías, "los adictos al lujo que son millonarios no tienen prácticamente otra gratificación en su vida cotidiana más allá de la compra. Su deseo de compra por la compra es tan compulsivo que terminan siendo una especie de coleccionistas de cosas de las que realmente podrían prescindir".

El ejemplo paradigmático de esta forma de ser de los lujoréxicos está en el diseñador de la firma francesa Chanel. Karl Lagerfeld posee en su casa 70 iPods distribuidos por las habitaciones, y hasta ha contratado a una persona para que, cada tanto, vaya cargando los dispositivos musicales de las novedades que salen al mercado. Otro buen ejemplo lo representa Jeremy Langmead, el editor de la revista Wallpaper, tal vez una de las biblias de los adictos al lujo. Langmead asegura tener fobia a la electricidad. De esta forma ha logrado tener en su casa una carísima televisión totalmente desprovista de cables. Pero estas manías involucran muchas veces a otras personas. Según la web estilismo.com, la actriz Sharon Stone llegó a invitar al poeta mexicano Octavio Paz, al que le pagó el avión, para que fuera a Georgia, donde ella filmaba una de sus últimas películas. Le invitó a almorzar y conversar sobre poesía y ética de la vida espiritual.

Otra de las características de los lujoréxicos, de acuerdo con The Sunday Times, consiste en que el adicto al lujo ha de tener una más que saneada cuenta corriente, probablemente engordada por su trabajo en la Bolsa, en la publicidad o con negocios inmobiliarios, pero fuera de su trabajo un lujoréxico se convierte en un auténtico inútil. Es incapaz de hacer las cosas más simples por sí mismo. "Para un lujoréxico, hacer las cosas por sí mismo es un anatema", se puede leer en el Times. Los adictos al lujo también lo son a tener personas que hagan las cosas por ellas. La protagonista de El diablo viste de Prada, por ejemplo, tiene dos ayudantes en su oficina que se ocupan hasta de mandar a la tintorería su ropa, de comprarles carísimas tablas de surf a sus hijas y hasta de conseguir el manuscrito de la última entrega de Harry Potter antes de que ésta haya llegado ni siquiera a la imprenta.

Una de las actividades en las que más se descubre a los adictos al lujo son los viajes. De hecho, una de las revistas enfocadas a millonarios muy millonarios, Forbes, contiene un apartado en el que se publicitan y promocionan los viajes más caros del mundo. Cuando un lujoréxico tiene que ir a un hotel, las manías se intensifican. Cuentan que la actriz y cantante Jennifer López suele pedir que cambien la iluminación de la habitación del lugar en el que se aloja. Necesita que todo sea blanco (paredes, mesas, sillas, sábanas, flores, velas…) y no puede haber productos alimenticios como bombones o bollería que puedan tentarla.

Para Javier Garcés, "el propio concepto de lujo apunta al acaparamiento material de cosas que a uno realmente no le hacen falta". El psicólogo establece una diferencia muy clara entre los adictos al lujo que son millonarios y los que no lo son. Lo que para unos es un lujo excesivo, para los otros simplemente entra en la categoría de capricho. "Pero puede darse el caso de gente adicta a las compras, y las compras de artículos de lujo, que en un principio lo hacen por mostrar un cierto estatus a los demás. Por no dejar de tener lo que otro tiene, por conseguir una estimación social. Esto se debe a que han desaparecido las señales de estatus social que no sean materiales. Y llegan a darse casos de personas que se endeudan de forma preocupante por comprar lujos que difícilmente pueden pagar, pero que compran por una cuestión de apariencia".

Cuando comenzó la Operación Malaya en la Costa del Sol, los telediarios se llenaron de los excesos y las excentricidades de uno de los detenidos, Juan Antonio Roca, ex asesor de urbanismo de Marbella. Tenía caballos, docenas de animales disecados que había capturado en extrañas y carísimas monterías, y en un baño, sobre una bañera de dudoso gusto, colgaba un cuadro auténtico de Joan Miró como parte de la decoración escogida. ¿Es Juan Antonio Roca un ejemplo de lujoréxico?

Para Garcés, la respuesta es negativa. Juan Antonio Roca, para el psicólogo, entra en la categoría de nuevo rico, y siempre que alguien ha llegado tarde a un mundo en el que su cuenta corriente le permite excentricidades y el acceso a prácticamente cualquier cosa, aparecen problemas: "Lo que realmente quería comprar Roca era un estatus en el que no estaba. En su cabeza la compra de ese estatus le hace verse a sí mismo como un triunfador".

El lujoréxico nunca considerará que un lujo es excesivo, sino necesario. Por ejemplo, un adicto al lujo considerará que tener una nevera en el cuarto de baño, diseñada exclusivamente para guardar sus productos de belleza, no es algo que escape a lo racional, sino una necesidad.

Sin embargo, hay que tener en cuenta algo de lo que advierte Javier Garcés: "Se puede comparar el dinero absoluto con el poder absoluto. Es algo que ocurre desde los tiempos de Roma. Todos aquellos que tienen acceso al dinero absoluto corren el riesgo de terminar corrompiéndose porque están acostumbrados a decirse que no a nada y a que nadie les niegue un capricho".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de noviembre de 2006