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Reportaje:

La singular 'criatura' de Avelino Corma

El Instituto Tecnológico de Valencia nació en un aparcamiento y es centro de referencia química

El Instituto de Tecnología Química (ITQ) de Valencia empezó en un aparcamiento, al que le pusieron paredes, con tres laboratorios, 12 millones de pesetas (73.000 euros) y un puñado de investigadores. Corría el año 1990 y la cosa parecía francamente precaria. El ITQ partió de cero, de la mano de Avelino Corma, y se ha convertido desde entonces en uno de los centros de referencia en su campo, los procesos catalíticos. Maneja un presupuesto de 3,5 millones de euros al año, la mayor parte del cual proviene de su propia facturación. Tiene su sede en un auténtico edificio, en el campus de Vera; da trabajo a 90 personas, y, en los últimos tres meses, ha publicado dos de sus descubrimientos en revistas tan prestigiosas como Science y Nature.

Las zeolitas, que actúan como catalizadores, son la línea de investigación más fructífera

En la primera, publicó un catalizador formado por nanopartículas de oro que permite reducir exclusivamente el grupo nitro de una molécula, sin alterar el resto de grupos. Ello supone prescindir de posteriores procesos de separación y evitar la generación masiva de subproducto. Y en Nature publicó hace pocas semanas la zeolita ITQ-33, un material nanoestructurado, poroso, que funciona como un tamiz molecular, con posibles aplicaciones en dispensación de fármacos y en electrónica. El diámetro de los poros es de 1,24 nanómetros, significativamente mayor del que hasta entonces se creía posible alcanzar.

Avelino Corma no es un tipo fácil de encontrar. Las últimas semanas estuvo en Suráfrica, asesorando a una compañía petrolera, y en el Reino Unido. Le han formulado la misma pregunta muchas veces: ¿Por qué alguien con sus conocimientos, sus contactos y su mentalidad no ha dado el salto a la empresa privada? Corma, de 54 años, responde que más de una vez ha "sentido la tentación de ir a trabajar en una compañía y participar desde la investigación hasta la producción". Y que al final siempre "le pudo la ciencia".

Pero luego añade: "Y porque esto era mi empresa, ¿eh?, esto era mi empresa. Yo me había propuesto, con mi equipo, hacer un centro de investigación para demostrar que el concepto de trabajo colaborativo no sólo era posible sino que era mejor. Y el dinero no nos ha importado mucho. Fíjate que por ley cada uno puede quedarse una parte de los contratos y el 40% de los beneficios de las patentes que tiene. Y el acuerdo interno que tenemos es que ese dinero lo donamos al instituto. Y con él podemos tener nuestra propia política de investigación".

Después de oírle se entiende mejor una frase provocadora que ha dicho antes, que el ITQ puede considerarse en sí mismo un spin off. "Tal y como yo lo entiendo", dice Corma, "un spin off no es más que una investigación en la que se ha obtenido algo que parece tener visos de aplicación. Y se monta una empresa para intentar desarrollarlo o fabricarlo y, si son capaces de desarrollar y son capaces de fabricar, viene una empresa más grande y los compra. Eso es lo que sucede, y además parece lógico".

"En el caso del ITQ, la jugada es la siguiente", continúa. "Existe esa primera etapa, que es la investigación, a nivel fundamental. Y cuando damos con algo original, inmediatamente vemos si tendría posibilidades de aplicación. Si la respuesta es sí, lo desarrollamos lo suficiente como para que cuando vayas a la empresa y te pregunten: '¿Pero eso es estable?' puedas decir: 'Pues sí, hemos hecho esto, esto y esto, y es estable'. '¿Y tiene una densidad suficiente como para ponerlo en un reactor?'. 'Pues sí, hemos hecho esto...'. Tal y como nosotros lo desarrollamos no se puede aplicar en la industria inmediatamente. Pero tienen suficientes datos como para juzgar si aquello tiene viabilidad o al menos probabilidades de ser viable".

Así funciona el ITQ: Investiga, busca aplicaciones, patenta, publica y luego busca el aprovechamiento industrial. Lo de ser asesor de compañías de química fina y de petroleras le sirve a Corma para matar el gusanillo industrial. "Algunas empresas me llaman y me dicen: 'Vente dos días'. Y voy a discutir problemas que tienen, o potenciales líneas de investigación. Y siempre les digo: 'A crazy idea, I have a crazy idea!'. ['¡Tengo una idea loca!']. Y si la idea funciona y la patentan, me registran como coinventor. Y yo disfruto porque me permite ver todo el desarrollo, y porque me sirve para anticipar los problemas del futuro".

Corma evita educadamente dar nombres concretos de las empresas a las que asesora, pero no oculta que son varias y grandes. Y dice: "Cuando una empresa me pide que sea su asesor, yo le digo: 'Siempre que tengáis un contrato con el instituto. Si no, no'. Y me las traigo como clientes".

Cuando el ITQ echó a andar, Corma y los otros nueve investigadores se pusieron a redactar proyectos, a enviarlos y a dar conferencias en todas las empresas que pudieron, para conseguir fondos. Con los 73.000 euros habían comprado un aparato de absorción de nitrógenoy luego un espectrofotómetro de infrarrojos. Como ahí se les acabó el dinero, tuvieron que negociar la compra de un aparato de difracción de rayos X. El ITQ daba un adelanto y la casa les enviaba las piezas sueltas, para que lo montaran. Aquel primer mecano inauguró una tradición. El instituto cuenta hoy con sistemas robotizados de preparación, caracterización de materiales y reactividad química desarrollados y construidos enteramente en el mismo. Y con reactores avanzados, diseñados y construidos por ellos mismos, que licencian a empresas estadounidenses, japonesas y europeas. A las técnicas que utilizan incorporan sistemas que les permiten ver lo que sucede, sobre la superficie de los catalizadores o en los procesos fotoquímicos, mientras las moléculas reaccionan.

Autonomía y petroleras

El Instituto de Tecnología Química (ITQ) surgió de un acuerdo entre el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad Politécnica de Valencia, pero se trata, en realidad, del reflejo de un hombre y de una idea: la del químico Avelino Corma. Cuando hace 16 años el presidente del CSIC le ofreció crear el centro, Corma era un científico reconocido. Hoy, es el químico español más citado en la literatura científica internacional.

¿A qué se dedica su instituto? Su investigación básica y aplicada cubre campos que pueden parecer muy alejados entre sí. Desarrolla catalizadores para procesos intermedios de química fina; moléculas y productos finales para la producción de fármacos y para las industrias de los perfumes y de la alimentación. Y trabaja en el terreno de la transformación de biomasa en energía; las células fotovoltaicas, el almacenamiento de hidrógeno y las pilas de combustible.

Pero su línea más exitosa, por la que su nombre suena en los despachos de las principales compañías petroleras, como Repsol, Cepsa, Exxon, British Petroleum, Chevron, Total y Shell es la que ha dado lugar a una larga lista de zeolitas, las nanoestructuras cristalinas que actúan como catalizadores.

De sus laboratorios han surgido cerca de 90 patentes. Algo menos de la mitad, desarrolladas con empresas. Del resto, 30 han sido licenciadas y ocho se utilizan de forma comercial. Los ingresos que generan, unos 350.000 euros al año, contribuyen, en parte, a la compra de equipos, el pago de becas y el mantenimiento de una política científica singularmente autónoma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de noviembre de 2006

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