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PRIMERA PARTE

Mujeres con voz y votos

Ellas también se suben al púlpito en España. Dentro de la Iglesia protestante. En nuestro país, 141 pastoras dirigen la vida religiosa de sus comunidades en un ejercicio que otras confesiones, como la católica, no aceptan

Susana Buell, estadounidense, de 67 años. Divorciada y con tres hijos, es deán de la catedral protestante de Madrid.
Susana Buell, estadounidense, de 67 años. Divorciada y con tres hijos, es deán de la catedral protestante de Madrid. ÓSCAR CARRIQUI

Desde que tiene uso de razón, Esther Ruiz de Miguel vive vinculada a la Iglesia. Su padre fue pastor; por línea materna, su hermana y ella encarnan la quinta generación de protestantes. Esther nació hace 49 años en un hospital evangélico de Barcelona, ciudad donde su padre oficiaba. Así que sus estudios en el seminario evangélico de El Escorial (Madrid) y la Facultad de Teología de Lausana (Suiza) vinieron rodados. Fue en Suiza donde tomó la decisión de consagrarse. "Allí me convencí, porque vi un panorama muy distinto al de España: la mitad de los alumnos eran mujeres", dice.

Esther Ruiz de Miguel, de la Iglesia evangélica española, se ordenó como pastora o ministra de culto en 1991, tres años antes que las primeras anglicanas en Inglaterra. La consagración de éstas hizo correr ríos de tinta, y provocó un ruido de sables -o de cismas- que no ha dejado de sonar; la última vez, con motivo del nombramiento de una obispa episcopaliana en EE UU. Vientos de cambio también en otras confesiones, como la musulmana -ya hay una promoción de mujeres imanes en Marruecos-, subrayan el clamoroso silencio de la Iglesia católica al respecto: un mutismo enrocado desde que en 1994 el documento Ordenatio sacerdotalis declarara irrevocable la prohibición del sacerdocio femenino en su seno. Esa carta de Juan Pablo II fue rubricada por el entonces prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger, hoy papa Benedicto XVI.

Esther Ruiz no es la única mujer con responsabilidad en el protestantismo español. Como ella hay otras 141 ministras de culto (los pastores son 1.562), pertenecientes a 27 grupos o "familias denominacionales" (pentecostales, bautistas, carismáticos, luteranos, anglicanos, etcétera). Se trata de Iglesias legales, registradas en la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España (Ferede), interlocutora ante el Estado español. A medida que afloran estos datos es fácil percatarse de la invisibilidad -o desconocimiento- de una religión que en 1992 fue declarada "de notorio arraigo" y que profesan más de 400.000 españoles, así como el doble de extranjeros, entre ciudadanos comunitarios -la mayoría, unos 700.000- y extracomunitarios. En total, alrededor de 1,2 millones de personas.

La pastora Ruiz rebaja el nivel de su condición de pionera. "No estoy a la vanguardia. Algunas teólogas católicas tienen mucho más valor y son más pioneras que yo. Son voces acalladas, y me identifico en la fe con ellas; me da rabia que sean pisoteadas. Yo soy una privilegiada por el hecho de ser protestante. La Iglesia católica cambiaría un montón con la incorporación de las mujeres", señala en el despacho parroquial, que se reparte con su marido, también pastor. Juntos "copastorean" -así le gusta decirlo- a un centenar de fieles.

Esther tiene dos hijos (un chaval de 17 y una chica de 14), y no sabría muy bien qué decirles en caso de que decidieran seguir sus pasos. "Puede que no se lo aconsejara, es muy sacrificado. El pastor, antes ejercía cierta autoridad; ahora se cuestiona todo", añade. "Pero me resulta muy fácil hablar a los jóvenes porque tengo hijos de esa edad. Pillas todas las ondas y hablas con ellos de las drogas, el botellón, las relaciones sexuales o el matrimonio gay, por ejemplo. Y como madre y esposa, tengo ventaja sobre un pastor: entiendo mejor los problemas de las mujeres".

Así que administrar una Iglesia vendría a ser como llevar una casa o una familia: una sazonada mezcla de diálogo, límites, autoridad, amor e intereses casi siempre contrapuestos. "Claro que también hay sinsabores". Ella misma, que como presidenta del Presbiterio madrileño controla todos los oratorios de la comunidad, ha podido percibir la animadversión de algunos fieles. "Bueno, son notas discordantes, siempre las hay. Pero se equivoca quien considera la incorporación de la mujer a la Iglesia una forma de conseguir poder. No hay que verlo así, sino en clave de mensaje y testimonio. El poder es de Dios, no de una pastora, una obispa o el papa".

Esther es habladora, franca y cercana. Viste pantalones y camiseta; lleva el pelo recogido con una cinta de algodón, y de su cuello cuelga la silueta de una paloma de la paz sujeta a un cordón negro. Un paquete de cigarrillos light acompaña la charla. Susana Buell, sin embargo, se presenta a la cita con la vestimenta canónica de un pastor anglicano: un impoluto alzacuellos sella el último botón de su camisa. De apariencia adusta, la impresión se deshace como un azucarillo al contacto del agua: enseguida empieza a charlar por los codos y a reír. Estadounidense, de 67 años, es deán [rectora] de la iglesia catedral protestante de Madrid, que data de 1893 y pertenece a la Comunión Anglicana.

El oratorio de la calle Beneficencia es una estación más de una vida enteramente dedicada a la Iglesia. En su país, su primer destino fue El Paso (Tejas, Estados Unidos), "con un vecindario muy entretenido: forajidos, prostitutas…"; el penúltimo, una parroquia en Pensilvania "rodeada de árboles y arrullada por el canto de los pájaros". Hoy, Susana ora et labora en pleno centro de Madrid.

La reverenda -"bueno, sólo me llaman así los niños, porque es bueno que conozcan los límites y el respeto"- no para: cocina, cultiva limoneros y rosales, hace marionetas, pone orden en la biblioteca y canta en dos coros. Entre sus responsabilidades pastorales figuran el culto -que reúne a unas 80 personas-, la dirección de la iglesia, el ropero benéfico y el reparto de alimentos a los necesitados. También le toca predicar: "No más de 15 minutos; lo que supere ese tiempo es repetirse. El sentido del humor es fundamental, tanto en los sermones como en las parroquias. La solemnidad a veces es necesaria, pero también hay que reírse".

La reverenda Susana ríe, vaya que si ríe. Divorciada, tiene tres hijos, a los que califica de "divertidos", y seis nietos "muy pícaros". En lo ideológico se define como liberal, y asegura conceder más valor a la solidaridad que a la doctrina o el dogma. En la conversación, la referencia a su famosa compatriota Katharine J. Schori, la obispa episcopaliana, es inevitable. "Seguro que es muy inteligente y no caerá en esa trampa de si hay que aceptar a obispos gays o hay que prohibirlos… ¿Qué importancia tiene la sexualidad en todo eso? Ninguna. Mucho más importante es el tráfico de niños, la violencia o los desmanes ecológicos. ¡Eso sí que es importante! Pero, claro, es mucho más fácil atizar la sexualidad, lo primario".

Como el resto de las pastoras entrevistadas, Susana Buell subraya que la presencia de la mujer en la Iglesia no es tanto una cuestión de género como de educación, experiencia vital, cultura o talante. Licenciada en literatura francesa e hispánica, formada en teología en Austin (Tejas) y con un posgrado en la Universidad Católica de París, donde quedó inoculada por las reglas benedictinas -las reconoce como inspiración esencial de su magisterio-, demuestra disponer de sobradas razones para su cargo. La pronunciación de esta palabra, sin embargo, le hace dar un respingo: ni ella, ni el resto de las pastoras que aparecen en el reportaje ven su misión pastoral como un cargo. Todas utilizan el término servicio. Cargo implica poder, y el poder se estructura en jerarquías. Pero los evangélicos recelan de las estructuras de mando porque, dicen, son ajenas a su propia constitución como comunidades.

"Trabajo, un trabajo sin descanso por mejorar el mundo que te ha tocado vivir". Así define su labor la catalana Carmen Sánchez Pérez, de 57 años, pastora de la Iglesia evangélica española y ONG andante por la obra social que ampara -"no por heroicidad alguna, sino por creer en un Cristo encarnado en las calles"-. A su empeño se deben un centro de reinserción para toxicómanos salidos de prisión, El Faro; el Centro Moisés para niños maltratados, donde conviven 21 críos de 3 a 12 años, o un centro de ocio alternativo para adolescentes. Santa Coloma de Gramenet, primero, y ahora La Llagosta, un pequeño municipio de Barcelona, son los escenarios de sus desvelos.

Carmen, que reconoce haber renunciado a formar una familia "para evitar destrozarla", rechaza etiquetas y críticas -numerosas en el campo católico, apunta- por el hecho de ser pastora, algo que considera, más que una opción personal, la responsabilidad inherente a una vocación y un servicio. De hecho, su camino parecía estar trazado en otra dirección: "Renuncié a un trabajo de secretaria en una multinacional cuando la congregación me propuso formar parte activa de ella". Antes de la propuesta, Carmen Sánchez ya estudiaba en el Seminario Teológico de Castelldefells. "Me matriculé para conocer la Biblia, no con idea de hacerme pastora", añade. De eso hace ya más de dos décadas, y durante este tiempo, Carmen ha creado escuela -tres discípulos suyos, todos varones, se han consagrado- o predicado alguna que otra vez en una iglesia católica, en un ejemplo de ecumenismo que la enorgullece. "Sí, igual que el párroco ha venido a hacerlo en nuestra iglesia".

Asun Quintana, tinerfeña, de 48 años, licenciada en filología hispánica, casada, con tres hijos y un nieto, es firme en la reivindicación del papel femenino en la Iglesia. Asun es la primera pastora de la Asamblea Cristiana, otra de las familias o denominaciones que componen el protestantismo español. "Otras iglesias respetan mi papel, pero no me dejarían predicar", señala. "El veto a la ordenación de mujeres es un asunto cultural, no doctrinal".

Asun asegura que su condición de mujer le resulta de gran ayuda "a la hora de entender a las abuelas, a las madres o a las adolescentes que se quedan embarazadas". Suya fue la idea de instalar una guardería en su reluciente iglesia madrileña, en el barrio de Vallecas. La guardería se comunica, a través de una mampara y un interfono, con el oratorio, para que los padres a cargo de los bebés puedan seguir el oficio sin descuidar a los niños. "Fue idea mía; también incluirme en los turnos de atención a los peques los jueves, cuando tenemos estudio bíblico. Quiero estar cerca; no lejos, instalada en el púlpito. La figura del pastor profesional, con horario, no es lo mío". Pese a todo, Asun recibe un magro sueldo -inferior al salario mínimo interprofesional- de su comunidad, que, como el resto, se autofinancia mediante contribuciones, diezmos o la movilización de activos (en caso de tenerlos, claro). Podría cotizar en el Régimen General de la Seguridad Social -es uno de los acuerdos suscritos por la Ferede con el Estado español en 1992-, pero prefiere ahorrarle ese gasto a su Iglesia y seguir en la cartilla de su marido, médico (también ministro de culto). Esther Ruiz, por ejemplo, sí cotiza.

Cuestiones prácticas al margen, que se estipulan en los acuerdos de cooperación firmados por la Ferede y el Estado (el derecho a recibir educación religiosa evangélica en la escuela, el régimen económico y fiscal, el libre acceso de los pastores a las prisiones…), no es en absoluto lo material lo que más pesa. "La implicación emocional en los problemas del prójimo, la disponibilidad constante, sin horario, pueden acabar quemándote", confía Asun Quintana. "Pero entonces voy a la fuente, Dios, y me renuevo". Aún recuerda esta mujer los nervios del primer sermón, el debú en el púlpito; como si tuviera lagartijas en el estómago, algo que hoy sigue sintiendo ante cada prédica. Pero quien mejor se acuerda es Esther Ruiz, que tuvo que ensayar ante el espejo un sermón en francés, el broche a sus estudios de teología en Lausana: "Si no había predicado jamás en castellano…, ¡imagínate tener que hacerlo en francés! Pero no me licenciaban si no hacía estas prácticas, y me puse a ello, frente al espejo, una y otra vez".

Tal vez para paliar el miedo escénico, quién sabe, la coreana Young-Ae Kim, de 49 años, se rodea en los cultos de siete u ocho jóvenes provistos de distintos instrumentos musicales. Kim, que pertenece a la Iglesia Evangélica de La Roca (pentecostal), llegó a Valladolid en 1988 "con el encargo de abrir una obra"; a cuestas, una somera experiencia como ayudante en la obra pastoral. Pero, como en los otros casos del reportaje, las circunstancias -tanto como su vocación- fueron tomando las decisiones por ella. Hoy pastorea alrededor de 80 personas y su obra ha fructificado: la iglesia ha dado el salto del barrio de Los Pajarillos a la localidad de Santovenia de Pisuerga, donde acaba de inaugurar un salón de culto. Si a su condición de extranjera suma su ministerio, se entiende que haya dejado sin habla a más de uno. "No ando todos los días por ahí diciendo qué soy, pero cuando tengo que presentarme como pastora, la gente se queda bastante sorprendida. 'Vaya, qué iglesia tan progresista', comentan a veces. Pero nunca me ha rechazado nadie; al revés, todo ha sido positivo", afirma. La pastora Kim, soltera y sin hijos, suena al otro lado del teléfono vivaz y divertida, sobre todo al recordar el apuro que pasó cuando, al renovar su tarjeta de residencia, tuvo que explicar de qué tipo de ganado se ocupaba. "Pastora, ¿de qué? ¿De ovejas?", le preguntaron. Está convencida de que la mujer desempeña un papel primordial "en todas las religiones". "Muchas congregaciones están formadas mayoritariamente por mujeres; por eso, ¿a qué viene sorprenderse por ir más allá?".

Dentro de la respetuosa diversidad que caracteriza a las distintas familias o denominaciones evangélicas, el silencio con que vienen ejerciendo sus responsabilidades pastorales, y el compromiso de servir que muestran, caracterizan a estas pastoras del siglo XXI.

Sirva como colofón Francisca Capa, que, sin desempeñar una labor pastoral estricta, sí constituye una voz autorizada dentro del protestantismo español: es la presidenta de Diaconía [la Cáritas protestante] y miembro de la junta directiva de Ferede. "Si cada vez hay más mujeres profesionales en distintos ámbitos, ¿por qué no va a haberlas en la Iglesia?", afirma esta médica de atención primaria en la provincia de Valladolid -"médica rural", subraya con orgullo-. "Recién licenciada, en 1981 me ofrecieron formar parte del comité ejecutivo de los Grupos Bíblicos Unidos. Luego entré en la junta directiva de la Asociación Evangélica Española, como responsable de acción social. Lo último ha sido la presidencia de Diaconía", relata. Pero, como el resto de las mujeres consultadas, Francisca tiene muy claro que su dedicación "no es un cargo ni el resultado de una ambición". "No es un asunto de poder, eso no existe. Se trata de servir dentro de la comunidad, nada más".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de noviembre de 2006