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Entrevista:Juan José Millás | Escritor

"Mi búsqueda es la sencillez compleja, la complejidad sencilla"

No le gustan las novelas río, prefiere que su estilo dé lugar a otras metáforas. Ayer, cuando Juan José Millás (Valencia, 1946) presentaba Laura y Julio (Seix Barral), su nueva novela, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, acompañado de la modelo Martina Klein y del profesor José Carlos Mainer, este último tampoco sabía muy bien cómo definir lo que ha hecho Millás. Pero eso es lo bueno, ésa es la madre del cordero de un escritor que juega constantemente con los géneros, los reinventa, los saca brillo y nos los devuelve oliendo a limpio y con aire renovado.

Detrás de eso, además de muchas horas delante del papel, hay una constante búsqueda de ideas que él va apuntando como un comerciante de sueños y pesadillas en su cuaderno de notas. Luego nos las devuelve cristalinas, en una especie de espejo entre terrible y esperanzador, como es este nuevo libro suyo, una fascinante fábula urbana, un viaje iniciático a través de unos reflejos que nunca nos desvelarán qué es más auténtico, si la copia o el original de nosotros mismos.

"Quería que 'Laura y Julio' fuera una novela geométrica, limpia, desprovista de retórica, económica"

"Todo aquello que siembra dudas me gusta mucho, y la historia de la literatura está llena de todo eso"

"Escribo para saber, para aclararme. Se empieza a escribir para entender el mundo"

"La vida es un sucedáneo de la vida. ¿Qué diferencia hay entre un impostor y otro que no lo es?"

Pregunta. Cuatro años sin escribir una novela, se nota que no trabaja por obligación, sino por devoción.

Respuesta. No había sentido la necesidad hasta que surgió, tampoco quería forzar la máquina. Lo que sí he estado es atento a ver cuándo llegaba. Pero, eso sí, cuando tuve la idea, me senté disciplinadamente; sin eso, no hay obra que valga.

P. ¿Cuándo siente que la idea que le ronda es válida?

R. Cuando tira de ti, cuando estás deseando levantarte por la mañana para ponerte a escribir. Cuando eres tú quien tiene que empujarla, malo. Puede pasar al principio, pero cuando llevas 30 o 40 folios y coges el tono comprendes que ya está. Es el momento más dulce.

P. Después, ¿siente prisa por terminar?

R. No, ésta tardé dos años en escribirla. Los momentos que yo llamo dulces son esos en los que sientes que la responsabilidad de que llegue hasta el final es más de la novela misma que tuya, cuando se empiezan a armar las piezas del puzzle, cuando ves el sentido de la historia, cuando ella ordena las cosas.

P. En este rompecabezas de Laura y Julio hay tres piezas que lo sostienen todo. Tres personajes dispares. Tan sencillo como laberíntico.

R. Lo que más me ha costado es romper esa apariencia de sencillez. Quería que fuera una novela geométrica, limpia, desprovista de retórica, económica. Podría haber sido más larga, pero no más corta, eso es lo que más trabajo lleva, ésa es mi búsqueda: la sencillez compleja, la complejidad sencilla. Los mejores coches son aquellos a los que no les suena el motor. Una novela es igual, es un artefacto. Lo que se ha podido contar en 15 páginas puede quedar mejor en una frase, eso es lo que a mí me interesa.

P. ¿Y la clave para conseguirlo puede estar en el lenguaje paradójico que tanto le gusta?

R. Es uno de los caminos. Todo aquello que siembra dudas me gusta mucho y la historia de la literatura está llena de todo eso. Chesterton, por ejemplo, un escritor que si no llega a ser por Borges desconoceríamos. Me interesa mucho esa manera de avanzar, cada día más.

P. No está la cosa como para fiarse de los escritores que no dudan.

R. Dudamos porque no nos fiamos. Todo está lleno de falsos golpes de vista. La duda es creativa y necesaria. Entre un hijo legítimo y uno bastardo hay que fiarse más del bastardo, porque siempre cuestionará la realidad. Desde la seguridad se escriben cosas políticamente correctas. Yo escribo para saber, para aclararme. Se empieza a escribir por la misma razón que se empieza a leer, para comprender, para entender el mundo.

P. Laura, Julio y Manuel tienen identidades frágiles, no parecen comprender lo que les pasa, lo que les rodea. ¿Qué les salva?

R. Andan a la búsqueda de una identidad, es gente que quiere saber cómo se llama más allá de cómo les llaman. Son comos los hombres sin atributos de Robert Musil. Están empeñados en establecer la barrera entre lo verdadero y lo falso en sus vidas, no lo distinguen. Se encuentran en medio de un juego de espejos, entre lo real y la copia.

P. ¿Cuál es hoy la diferencia entre eso, entre lo real y su copia? En algunos casos, una cosa vale más que la otra.

R. Pues como la identidad literaria y la metáfora. El ejemplo es la escultura de Richard Serra que desapareció del Reina Sofía y que volvieron a encargar al autor. En algún momento dijeron que si al ser entregada la copia volvía a aparecer el original la que sería válida es la copia. ¿Hay forma de comprender eso?

P. Es la suplantación más sofisticada que se me puede ocurrir.

R. Hay que imaginarse esas dos esculturas frente a frente, ésa es la hora de la verdad. A ver cuál de las dos gana.

P. ¿No nos volverán locos?

R. Probablemente. Como le ocurre a Julio en la novela, él quiere pasar al otro lado del espejo y convertirse en Manuel, porque cree que es mejor.

P. Tiene algo de viaje iniciático, de Flauta mágica, también todo esa aventura.

R. Sí, él sabe cómo es, pero quiere mirarse a sí mismo desde el otro lado. Nos ha pasado alguna vez a todos.

P. Lo malo es obsesionarse. Laura es más fría, ¿o no?

R. Yo creo que es el personaje más enigmático de la novela. No llego a entenderla bien. Le pasa lo que a todos, que quiere tener al otro, que lo desea, pero es más reservada, más opaca, más misteriosa. No sé qué le pasa por la cabeza, no he conseguido saberlo.

P. Hasta el trabajo es todo un enigma. Fisioterapeuta.

R. Sí, y para intentar tocar no sólo el cuerpo de las personas que trata, sino también su alma. Los masajea y los moldea como figuras de barro, se mueve entre la carne buscando el espíritu.

P. ¿Y dónde está lo auténtico para ella, en la carne o en el espíritu?

R. Para ella no sé. Para mí, ellos, como todos nosotros, se mueven en un mundo de sucedáneos. La vida es un sucedáneo de la vida. Ocurre en la política. ¿Qué diferencia hay entre que hubiera armas de destrucción masiva o que no las hubiera? Pues por eso han muerto 600.000 personas con argumentos falaces. ¿Qué diferencia hay entre un impostor y otro que no lo es, entre unos pantalones vaqueros de marca y otros que no lo son, entre un disco pirata y otro que no lo es?

P. El precio.

R. A veces no puedes distinguir cuál es la copia del original. Hay copias que tienen incluso más valor que los originales. ¿O no tiene más mérito un reloj de lujo fabricado en un taller inmundo de China que uno auténtico hecho con todas las tecnologías al alcance?

P. ¿Cuándo nos entró esa manía de falsificarnos a nosotros mismos?

R. Yo creo que empezó cuando España se hizo rica, allá por los años ochenta, cuando el Gobierno socialista decía que éste era el país en el que te podías hacer rico en menos tiempo de toda Europa. Esa obsesión es digna de un país de nuevos ricos.

P. ¿Y no cree que eso es algo muy típico de las grandes ciudades y no de lugares de escala más humana, como los pueblos?

R. No, está en todas partes. Mira las casas rurales, no son sino copias a su vez de casas rurales, no hay lugar donde escapar de esto.

P. En el desierto.

R. En el desierto... seguramente allí todos llevan vidas más reales que las nuestras. Nosotros llevamos vidas imaginarias, fantásticas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 17 de octubre de 2006