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Economía basada en pruebas

Existe un movimiento en el mundo de la medicina que pide que las solicitudes de licencia para vender un nuevo medicamento estén "basadas en pruebas". Por contra, los economistas cualificados ven su disciplina como algo que ya cumple este criterio científico. Al fin y al cabo, expresan sus ideas con las matemáticas y llegan a cálculos cuantitativos de relaciones implícitas a partir de datos empíricos. Pero la economía no se basa en pruebas a la hora de seleccionar sus paradigmas teóricos. Las iniciativas en política económica a menudo se emprenden sin todas las pruebas empíricas previas que podrían haberse realizado.

Un conocido ejemplo es la política macroeconómica de posguerra bajo el dominio de los radicales keynesianos. Los radicales confiaron en la teoría no probada de Keynes de que el desempleo dependía de la "demanda efectiva" en relación con el "salario monetario", pero su política ignoraba la parte relativa a los salarios y pretendía estabilizar la demanda a un nivel lo bastante elevado como para garantizar el "pleno" empleo. Cecil Pigou y Franco Modigliani objetaban que si se conseguía incrementar la demanda, el nivel de los salarios aumentaría, se pondría al nivel de la demanda, y, por tanto, volvería a situar el empleo en su nivel anterior. El empleo no puede mantenerse por encima de su equilibrio inflando la demanda efectiva.

No obstante, los radicales prevalecieron en lo que el economista Harry Johnson denominó "desprecio y escarnio". Las políticas macroeconómicas de posguerra estaban dedicadas al "pleno" empleo, sin ninguna prueba de que los salarios monetarios no se interpondrían.

A finales de los años cincuenta, los neokeynesianos por fin reconocieron el razonamiento planteado por Pigou y Modigliani. El trabajo de Will Phillips con los salarios no les dejaba alternativa. Pero aun así, insistían en que unos aumentos continuos en la demanda a un ritmo lo bastante rápido mantendrían la demanda un paso por delante del nivel del salario monetario, de modo que el empleo pudiera mantenerse en los niveles deseados, aunque a costa de una inflación permanente.

En diferentes sentidos, Milton Friedman y yo pusimos objeciones, aduciendo que semejante política exigiría un índice de inflación en constante aumento. Los salarios monetarios sólo quedarán rezagados con respecto a la demanda, afirmaba yo, si la empresa en cuestión se veía disuadida de aumentar los sueldos por la percepción errónea de que los salarios en otras empresas ya son más bajos que los suyos, un desequilibrio que no puede durar.

Al igual que los radicales, los neokeynesianos no atrajeron a quienes les cuestionaban mediante pruebas empíricas. La eficacia de una demanda elevada era una cuestión de fe. Sin embargo, los acontecimientos de los años setenta sometieron esa fe a una prueba cruel. Cuando la crisis de la oferta golpeó a la economía de EE UU, la respuesta de los neokeynesianos consistió en verter más demanda, con la creencia de que reavivaría el empleo. La recuperación fue pequeña, sólo hubo una inflación más rápida.

La época actual ofrece un paralelismo. Aunque desde entonces la política ha cambiado y refleja una economía de la oferta y una teoría real del ciclo empresarial, los creadores y promotores del paradigma reinante muestran la misma antipatía por comprobar los datos en busca de errores graves.

Una lección de clase anterior tenía un buen fundamento: este año, unos tipos impositivos sobre el trabajo situados temporalmente por debajo de lo normal, sumadas a la perspectiva de un retorno a los tipos normales el próximo año, animarán a las familias a trabajar más este año y menos en los años futuros. Recientemente, esta proposición fue puesta a prueba de nuevo con datos islandeses y obtuvo buenos resultados.

Pero los defensores de una economía basada en la oferta llegaron a la atrevida conclusión de que una rebaja permanente de los tipos impositivos sobre el trabajo fomentaría permanentemente un aumento del trabajo, sin ninguna disminución de la efectividad. Tanto Larry Summers como yo dudamos de que esto fuese cierto en la mayoría de los casos. Nuestro razonamiento era que si todos los aumentos de las tasas salariales diesen un impulso permanente a la oferta de trabajo, el aumento drástico de los salarios después del impuesto desde mediados del siglo XIX habría llevado a un aumento extraordinario de la duración de la semana laboral y de la edad de jubilación. Pero ambos han disminuido, y en el continente europeo el desempleo ha aumentado.

En mi opinión, este principio central de la economía del lado de la oferta se basa en una sencilla equivocación. Lo que influye en la oferta de mano de obra es el salario después del impuesto en función de los ingresos derivados de la riqueza. A pesar de que los salarios después del impuesto se dispararon durante más de un siglo, la riqueza y los ingresos que se derivan de ella crecieron a la misma velocidad.

No cabe duda de que si el tipo impositivo descendiese permanentemente este año, inicialmente esto tendría un efecto positivo sobre la oferta de trabajo. Pero también tendría un efecto positivo sobre el ahorro y, por lo tanto, sobre la riqueza el año que viene y los siguientes. A la larga, la riqueza tendería a crecer al mismo ritmo que los salarios después del impuesto. El efecto sobre el trabajo se esfumaría.

Sin embargo, debemos tener cuidado. En los análisis normales, una bajada de los impuestos conlleva una reducción del gasto del gobierno en bienes y servicios, como la defensa. Pero una bajada de impuestos podría contraer en cambio el Estado de bienestar: la asistencia social y el seguro social, que constituyen la riqueza social. En ese caso, la reducción de los impuestos, aunque haría aumentar gradualmente la riqueza privada, disminuiría la riqueza social. Es una cuestión empírica.

Los estudios que realicé con Gylfi Zoega hace una década confirmaron que una reducción de los impuestos sobre el trabajo tiene como efecto a corto plazo un aumento del empleo. ¿Pero qué ocurre a largo plazo? ¿Tienen alguna influencia los tipos impositivos a largo plazo sobre las diferencias en el empleo a escala internacional? En 1998 buscamos en los datos de la OCDE una correlación entre las tasas nacionales de desempleo a mediados de los años noventa y los impuestos actuales sobre el trabajo. No encontramos ninguna. En 2004 estudiamos las tasas de participación de la mano de obra, y otra vez el desempleo. Seguimos sin encontrar una correlación. Entre los países con una tasa de desempleo elevada se encontraban Alemania, Francia e Italia, todos con una carga fiscal alta, pero también Japón y España, que tienen impuestos bajos. Entre las naciones con poco desempleo había países con una carga fiscal baja, como Reino Unido y Estados Unidos, pero también países con impuestos muy elevados, como Dinamarca y Suecia.

Los neoliberales están diciendo ahora al continente europeo que una reducción de los impuestos sobre el trabajo acabaría con el desempleo. Pero la efectividad de esta reducción sería en gran medida, si no enteramente, transitoria, especialmente si se prescindía del Estado de bienestar. En dos décadas volvería a aparecer el desempleo elevado. Las falsas esperanzas creadas por la bajada de los impuestos habrían alejado a los políticos de las reformas fundamentales que son necesarias para que Europa alcance el dinamismo del que dependen un alto nivel de innovación, una abundante creación de empleo y una productividad de primera categoría.

Edmund S. Phelps, galardonado con el Premio Nobel de Economía de 2006, es catedrático de Economía de la Universidad de Columbia y director del Center on Capitalism and Society de dicha universidad. Traducción de News Clips. © Project Syndicate, 2006.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0009, 09 de octubre de 2006.