El último secreto de Bacon

Casi 15 años después de su muerte, Francis Bacon, considerado en su momento como el más grande artista vivo, se resiste a desaparecer. Un libro-obra de arte, editado por Elena Foster en una vieja maleta del pintor, y una exposición en Dusseldorf resucitan una leyenda de arte, dinero, alcohol y amores tormentosos

Desde la otra orilla del Támesis, allí, tras los muros de cristal del buque insignia de lord Foster, se adivinan en el inmenso salón del ático las 25 maletas de Francis Bacon protegidas por delicadas fundas de lino sobre las que rebota la luz del verano londinense. Un abultado equipaje que representa para Elena Foster el final del camino. Seis años de trabajo e investigación. Y un embarazo. Detritus es el quinto libro-obra de arte de su editorial, Ivory Press. Y el primero dedicado a un artista fallecido, después de haber trabajado junto a Eduardo Chillida, Richard Long, Anthony Caro y Anish Kapoor. Un viaje a la vida y obra; las pasiones y obsesiones; al proceso creativo y los recovecos de Francis Bacon, considerado hasta su muerte, en abril de 1992, "el más grande artista vivo".

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También el más caro. Ya en 1989, su terrible Tríptico mayo-junio 1973 se adjudicó en Christie's por seis millones de euros. Pura paradoja. Era un triple retrato de las últimas horas de George Dyer, aquel ratero con el que vivió una tormentosa historia de amor y que se suicidó en octubre de 1971, la noche previa a la inauguración de la retrospectiva de Bacon en el Grand Palais de París. Pinceladas de su leyenda negra. También su anterior pareja, Peter Lacy, murió deshecho por el alcohol en las mismas fechas que Francis Bacon era consagrado como gran artista contemporáneo en la Tate Gallery londinense, en 1962. Al otro lado del teléfono, desde París, a Michael Peppiatt, amigo y biógrafo del artista, aún se le quiebra la voz al describir la peculiar relación que Bacon mantuvo con el amor. "Me quedo con lo que me confesó miss Beston, su secretaria y mujer para todo: 'No se me ocurre nada más terrible que ser amado por Francis".

Bacon ya era un mito antes de morir. Él fue su mejor obra de arte. Una instalación viviente. Hombre de extremos. Genio maldito. Un caballero educado, elegante, borracho, jugador, promiscuo y pendenciero. Un ateo que pintaba papas. Con obra en todos los grandes museos de arte contemporáneo del mundo. Dulce y agrio. Perfecta combinación hombre-mujer. Traje a medida de Savile Row y labios pintados. Un vídeo de los ochenta le perpetúa sin rumbo fijo por Londres con su caminar elástico y ambiguo. "Cambiaba de rol de forma impredecible. Unas veces podía ser el carnicero, el macho; otras, alguien muy afeminado, muy girly", cuenta Brian Clarke, artista, ejecutor del legado de Bacon y alma del proyecto Detritus junto a Elena Foster.

-¿Es cierta su leyenda negra? ¿Era un monstruo sadomasoquista?

-Nunca encontré su conducta grosera ni perversa. Era como era y no intentaba epatar a nadie. Su leyenda se debe a la visión que tenía de él una sociedad puritana. Era incómodo para el establishment del Reino Unido. Donde la homosexualidad fue delito hasta los sesenta. Lady Thatcher le odiaba. Le definió como "ese hombre horrible que pinta cuadros espantosos".

-¿Estaba preocupado por esa mala fama que arrastraba?

-Nunca tuvo problemas de autoestima. Se sabía un grande de la historia del arte.

Adicto al lado oscuro. A la penumbra de los puertos, el humo de los tugurios y los vapores del matadero. El pintor chileno Claudio Bravo le recordaba perdido en los antros más peligrosos de la noche tangerina en los cincuenta. "Lugares de navajazo". Y regresar a la mañana siguiente destrozado. Siempre al límite. Hasta el final. Un hombre sin fecha de caducidad, "del que no pensabas '¡qué bien se conserva a los 80!', porque no tenías ante ti a un anciano, sino a una persona sin edad", explica Maricruz Bilbao, directora en los años noventa de la galería Marlborough de Madrid. La última noche que Michael Peppiatt estuvo a su lado, en Londres, seis meses antes de su muerte, "tras cenar juntos, y beber abundantemente, pasadas las doce, me fui a casa; él siguió. Le vi alejarse. Tenía 82 años. Francis no paraba nunca".

Seductor, provocador, asmático, altivo, brillante. Tan agresivo, desgarrado y subversivo como su pintura. Disciplinado y perfeccionista en el trabajo. Coctelera humana en la que se mezclaban el champaña Krug, carísimos Premier Grand Cru de Burdeos y el whisky de garrafón. Cliente de los mejores hoteles y restaurantes del mundo y, sin embargo, inquilino de un sórdido apartamento sin baño ni calefacción. "Era como la celda de un preso o de un soldado", rememora Brian Clarke. Sólo allí podía pintar. Muy de mañana. Con resaca. Bajo una suave luz cenital que recuerda a la del Prado: un museo que adoraba. Rechazó convertirse en caballero del Imperio Británico. Al contrario que su compañero de correrías, el pintor Lucien Freud. Jamás le interesó el dinero. Aunque ingresó más de 20 millones de euros a lo largo de su carrera. "Daba las mayores propinas que he visto en mi vida", recuerda la galerista Elvira Bignone, que expuso su obra en Madrid junto a la de Picasso en 1977. Era legendaria su generosidad. Imágenes de 1985 le muestran repartiendo champaña francés a los parroquianos del Colony Room, su bar favorito, mientras entona entre carcajadas temas de My fair lady. Un personaje. Un artista.

Del que se conoce casi todo y casi nada. Es público dónde vivía, en el número 7 de Reece Mews, una vieja cuadra en South Kensington. Sus gustos y aficiones. Su pasado. Amigos. Bares y restaurantes. Mesas de juego. Fue inmortalizado por los más grandes fotógrafos. Entrevistado y filmado. Biografiado. Se han realizado documentales sobre su vida. Incluso una película (El amor es el demonio). Se conoce el nombre de sus amantes, a los que retrató invariablemente. Incluso al que cerró la lista, José, un español que le inspiró el Tríptico 1991, la última obra que concluyó, y que fue adquirida por el MOMA de Nueva York. Bacon era un hombre transparente. Al menos, eso pensaban las bandas y facciones que se disputaban el monopolio del artista.

Se equivocaban. "Todo era una pantalla", explica uno de sus viejos amigos, el anticuario Giulio Canterini, en cuya casa de la discretísima isla de Panarea pasó su penúltimo verano con su amigo español. "Me dijo que era su secretario. Francis era un hombre muy, muy privado. Tenía una vida secreta. Y ahí nadie entraba. Un día le pregunté por qué le gustaba tanto España".

-¿Y qué contestó?

-Que había buenos toros.

Es cierto, ante lo que consideraba una intromisión en su intimidad, Bacon echaba las cortinillas. Nunca permitió que nadie le viera pintar (excepto su amigo John Edwards, al que retrató en 30 ocasiones y que heredaría su patrimonio). Muy rara vez dejaba entrar a alguien en su estudio. Y cuando era fotografiado en su interior, daba la vuelta a los cuadros en que estaba trabajando. Nunca explicó sus procesos creativos. Más bien jugó al despiste con los historiadores del arte. Nunca se relacionó con galeristas ni coleccionistas. Maricruz Bilbao, que dirigió la galería Marlborough en Madrid (la firma que comercializó su obra durante 40 años), tiene una imagen grabada: "Verle medio escondido detrás de una puerta durante una inauguración de su obra en Nueva York, y allí iban en fila a saludarle los coleccionistas". No tuvo discípulos. No contestaba el correo. Nadie sabe cuántos cuadros hizo. Y cuántos destruyó. Cuántos regaló a amigos y amantes. Vivía en un mundo hermético. Cuando cumplió 80 años, sus admiradores le enviaron decenas de ramos de flores. Él las rechazó: "No soy el tipo de persona que tiene jarrones".

De ahí el interés de Detritus. Una experiencia artístico-literaria que supone compartir la intimidad de Francis Bacon. Para Elena Foster, "no es sólo un viaje al interior del artista; es también una inmersión en su arte y su forma de trabajar; de mover y distorsionar las imágenes; sus fuentes de inspiración, amores y referencias". Son 75 objetos de Bacon. Seleccionados durante meses entre las más de 7.500 piezas que se encontraban esparcidas en su estudio y que hoy descansan en el Museo Hugh Lane de Dublín. Setenta y cinco facsímiles perfectos. Realizados por impresores, grabadores, guarnicioneros y perfumistas de Reino Unido, Austria, Italia, Irlanda y España. Con las huellas de los dedos de Bacon manchados de pintura impresos en muchos de ellos. Fotos. Cartas. Ideas. Bosquejos. Un calendario de pared sembrado de anotaciones. Y una completa inmersión en sus fuentes y proceso creativo. Desde los libros que le inspiraron y fotografías dobladas, arrugadas, manipuladas, en busca de una tercera dimensión que plasmar en sus cuadros, hasta un trozo de pantalón de pana con el que ideaba nuevas texturas.

El alma de Bacon encerrada en su vieja maleta de cuero, que ha sido clonada por Ivory Press. Meses hasta conseguir ese aspecto usado, sudado, polvoriento; el tacto, el aroma, la memoria. Los tornillos, herrajes y puntadas originales. Hoy es imposible diferenciar el original de la copia. Hoy existen 25 maletas de Bacon.

En realidad, el libro sobre Bacon de Ivory Press iba a ser un libro. Más tarde, una caja. "Buscamos por medio mundo esa piel roja de cerdo que tanto le gustaba a Francis; al final, la encontré en Mallorca. Nos hicieron una caja magnífica, diseñada por Brian Clarke. Pero había algo que no encajaba. No era Francis", explica lady Foster. Continúa Clarke: "Me pasé semanas en el estudio de Bacon revisando sus papeles. Un día encontré su vieja maleta en el piso de abajo. Tenía una etiqueta con su nombre y dirección. La llené de material y me la llevé a casa para estudiarlo. Teníamos en mente un libro convencional. Pero empecé a pensar que un libro así nunca tendría el aroma del estudio, la sensación táctil. Se habría perdido la magia. Y evaporado el mensaje. Me decidí por la maleta por puro instinto. Detritus es un absoluto y fidedigno facsímil. Un proceso largo y doloroso en el que se han replicado gotas de pintura, pliegues y rasgones. La mejor manera de ser fieles al artista era diseñar algo que no fuera ajeno a él". Concluye lady Foster: "Cuando hice los libros de Long, Kapoor, Caro, estaban a mi lado. Pero Bacon no. Y la cuestión era hacer un libro sin modificar su alma".

-¿Cuánto cuesta Detritus?

-Setenta y cinco mil euros. Es baratísimo. Dentro de nada valdrá el doble.

Puede parecer una 'boutade' de lady Foster, pero en términos mercantiles no exagera. Bacon es más caro que nunca. Para el galerista neoyorquino Tony Shafrazi, que tiene la exclusiva en EE UU de su obra, "Bacon tiene una cotización que no deja de aumentar. Sólo hizo unos 600 cuadros, frente a los 20.000 de Picasso. Y su precio está hoy entre los 2 y los 35 millones de euros". Una afirmación que corrobora otro galerista: "Por sus hábitos de vida y su particular forma de pintar, Bacon tuvo una producción escasa. Además, destruyó mucha obra. Sólo en su estudio se encontraron un centenar de cuadros destrozados. ¿Cuántos rompió? Más de los que se han conservado. Y al estar menos presente en el mercado, al haber menos obra disponible, su cotización es más alta".

Capítulo aparte es cuánta obra desconocida (incluyendo los cuadros inacabados que se encontraron en su estudio) existe de Bacon y el total de cuadros que formaban parte de su legado, hoy agrupados en la John Edwards Charitable Foundation. Shafrazi afirma que no está autorizado a dar esa información, "por motivos mercantiles". Brian Clarke, ejecutor del legado, afirma que posee "más de 30 y menos de 100 que no han sido nunca expuestos y son desconocidos. Además, el legado cuenta con la mayor colección privada de Bacon. Pero no le digo cuántos cuadros".

¿Cuándo y cómo empezó Detritus?

Elena Foster sabe la fecha exacta. Nunca olvidará aquella tarde de 1998 que John Edwards y Brian Clarke les invitaron a ella y su marido, el arquitecto Norman Foster (viejo amigo del círculo Bacon y Freud), a visitar el apartamento del artista. Había fallecido seis años antes, pero sus pertenencias estaban como las dejó aquella mañana de abril de 1992 en que abandonó por última vez Reece Mews. Incluso con un retrato inacabado en el caballete. "Aún guardo la impresión que sentí al subir aquellas escaleras estrechas, empinadas, en las que tenías que agarrarte de una cuerda para no perder el equilibrio", describe lady Foster. "El silencio, la densidad del aire, el caos en el estudio -repleto de basura-, las bombillas desnudas y, por el contrario, el orden meticuloso de sus objetos personales. Tenía la sensación de que Francis estaba allí. Olía a él. No abrimos la boca. Se hizo de noche y Norman sugirió irnos a cenar. Esa noche surgió la idea de editar un libro con el que Francis se habría sentido a gusto".

En su testamento de tres páginas redactado un año antes de su muerte (y que, al parecer, modificaba uno inmediatamente anterior), Francis Bacon había dejado como único heredero de su obra y fortuna a John Edwards. Un camarero analfabeto y homosexual al que conoció en 1974 en el Colony Room. Francis tenía 63 años; Edwards, 25. Se iniciaba una relación que Edwards siempre negó fuera de índole sexual. Prefería definirla como paterno-filial. Michael Peppiatt aclara: "Edwards siempre tuvo pareja oficial, hasta su muerte en 2003; Philip Mordue, un delincuente al que apodaban Phil the Till (Caja registradora Phil), junto al que vivía en una casa que pagaba Bacon". Brian Clarke, el ejecutor del legado, prefiere definir la relación entre Bacon y Edwards como "sexualmente paterno-filial".

No es sencillo encontrar el Colony Room, el bar londinense que fue centro de operaciones de Bacon desde 1948. Donde compartió copas con Bowie, la princesa Margarita y una clientela de artistas, delincuentes y aristócratas con predominio gay. Él era la reina. En el 41 de Dean Street sólo hay una cafetería de mala muerte. Hay que descubrir y adentrarse por una pringosa escalera hasta dar con una puerta destartalada que introduce en un minúsculo tugurio pintado de verde. Hay fotos y reproducciones de Bacon, Freud y Auerbach. Clientes distinguidos. Al otro lado de la barra, el propietario, Michael Wojas, recibe con malos modos. "¿No han visto que es para socios? Ya se están marchando". Wojas está borracho. Hay que aclararle que se trata de un artículo sobre Bacon. Se relaja. Y recuerda los buenos tiempos. "Francis era grande". Su discurso es ininteligible. Prefiere poner blues en un antediluviano lector de compactos. "¿Que quién toca? No se lo voy a decir. Lo que importa es el sonido, no quién lo produce".

Aquí se conocieron. Y se convirtieron en inseparables. Edwards, un disléxico crónico que apenas aprendió a escribir su nombre, nacido en las calles más duras del East End londinense, se sumergió en los elitistas círculos que rodeaban al pintor. Era respetado porque era su hijo. La única persona a la que Bacon trataba como a su igual. La que le hacía el desayuno. Sólo a él le estaba permitido permanecer en el estudio mientras el maestro trabajaba. Una experiencia a la que Edwards se refirió en 1998: "Cuando Francis pintaba era un drama. Me parecía como si estuviera luchando con el lienzo. Cuando no estaba contento con un cuadro, él o yo lo destruíamos acuchillándolo de arriba abajo y luego de un lado a otro hasta dejarlo hecho trizas. Otras veces los pisoteábamos".

¿Qué le conquistó a Bacon de Edwards? ¿Cómo se convirtió en su musa y confidente? ¿Y más tarde en único heredero? Para empezar, Edwards era moreno, guapo y varonil. Como le gustaban los hombres a Bacon. Como fueron Peter Lacy, George Dyer o José. "Nunca aguantó a los afeminados". Además, se escapaba del perfil de psicópata autodestructivo que había caracterizado a sus anteriores parejas. Y no tenía pretensiones sociales ni artísticas. Su presencia le relajaba. Y había algo más. Que el pintor resumió en estas palabras: "John tiene algo especial… es inocente". Un vídeo de 1985 muestra a un hombre alto, inquieto, de pelo rizado y atuendo anticuado; con una expresión que recuerda a Harpo Marx. Justo lo contrario que el corrosivo y engolado Francis Bacon, con sus trajes a la última y su mirada inquisitorial.

Los que conocieron a Edwards le definen como "un buen tipo". "Alguien honesto". "Nunca presumía". "Siempre sonriente y de buen humor. Incluso cuando estaba ya muy enfermo de cáncer", recuerda Elena Foster. Tony Shafrazi, el galerista del legado de Bacon en Nueva York, le describe como "un ser humano único. Era analfabeto, pero tenía un discurso brillante y poético. Ya sabe, hablaba en cockney, esa jerga de los bajos fondos de Londres. Un lenguaje en el que las frases riman. Hipnotizaba".

"Francis y John se querían mucho. Habrían dado su vida el uno por el otro", explica Brian Clarke. A su vez, Clarke y Edwards, en cuyas manos quedaría todo el patrimonio artístico de Bacon tras la muerte de éste, se conocieron en Londres en 1978. Ambos frecuentaban a Robert Fraser, elegante enfant terrible del arte de la época; creador de tendencias; guapo y sofisticado; místico y yonki. Gay. En su galería exponían Warhol, Gilbert and George, David Bailey, Richard Hamilton. Y en sus fiestas se mezclaban Paul McCartney con Mike Jagger, Marlon Brando y el dramaturgo y hoy Nobel de Literatura Harold Pinter. Todo rodeado de una corte de jovencísimos artistas. Como Clarke, que ya trabajaba sus vidrieras y tenía 26 años.

"John Edwards y yo teníamos tres cosas en común: éramos jóvenes, homosexuales y bebedores profesionales. Nos hicimos muy amigos en casa de Fraser. Y a través de John conocí a Francis. Me aceptó porque iba con John. Pasó el tiempo. Cinco años después de que Francis Bacon muriese y John heredase todo, me llamó para que le ayudase. Estaba sobrepasado. Los ejecutores del legado, la galería Marlborough, le pasaban dinero regularmente. Pero no le daban ninguna información sobre la composición de la herencia de Francis. Del número de cuadros que había. De las transacciones que se habían realizado en los últimos años. Nada. Le busqué un contable y un abogado. En diciembre de 1998 fui nombrado por un juez ejecutor del legado de Bacon. Iniciamos un pleito contra la Marlborough. Fueron cinco años horribles. En que tuve que abandonar el arte. Nuestro abogado era mi amigo John Eastman, hermano de Linda McCartney, que ya había defendido los legados de Rothko o Tennessee Williams. Íbamos por el buen camino. Pero John enfermó de cáncer. El pleito le estaba matando. En febrero de 2002 llegamos a un acuerdo con la Marlborough".

Durante la instrucción del caso, el legado de Bacon (Brian Clarke y John Edwards) había acusado a la galería Marlborough de haber influido indebidamente en el pintor; de haberse aprovechado de él; haberle estafado y chantajeado durante 40 años. Acusaciones muy graves. Había 150 millones de euros en juego. Por eso, en medios artísticos se interpretó el acuerdo con la Marlborough como una derrota del heredero de Bacon. "Ganamos", dice la Marlborough. Clarke rechaza ese triunfalismo: "El deseo de John era llegar hasta el final, aunque le costara toda su fortuna. Tuvimos que vender algún cuadro para seguir adelante [sólo las costas legales se elevaban a ocho millones de euros por cada parte]. Pero decidí firmar la paz para acabar con una situación que estaba envenenando su vida. A cambio, recibimos toda la documentación sobre Bacon que tenía la Marlborough y 19 pinturas que no estaban documentadas. La galería decía que estaban perdidas. Y probamos que no era cierto".

Un año más tarde fallecía John Edwards en Tailandia. Tenía 53 años. Dejó dispuesto en sus últimas voluntades que, tras el servicio fúnebre en Saint Augustine of Canterbury, se destinaran 75.000 euros a una fiesta para sus amigos en el Harrington Club, propiedad del Rolling Stone Ron Wood. Como única bebida, champaña Krug Vintage, el favorito de Francis. El resto de su testamento no se ha hecho público. Esquemáticamente, una parte, incluido el estudio de Reece Mews (que había sido lujosamente rehabilitado por el famoso arquitecto David Chipperfield), fue para su amante, Philip Mordue. Otra parte, para su familia, a la que Bacon ya había regalado propiedades rurales en vida. La parte principal de la herencia engrosó el patrimonio de la John Edwards Charitable Foundation, creada un año antes para promover el legado y la figura de Bacon y cuyo administrador único es Brian Clarke. "¿Para qué sirve la fundación? Hemos donado el estudio de Reece Mews y todo su contenido al Museo Hugh Lane de Dublín. Hemos producido dos documentales, dos libros, y ahora nos encontramos trabajando en el catálogo razonado de Bacon: cinco volúmenes en los que se hará la luz sobre lo que pintó durante su carrera".

Edwards había sobrevivido una década a Francis Bacon. Su padre. Como él, hacía tiempo que sabía que se moría. No se arrugó. Como Bacon.

A mediados de abril de 1992, Francis Bacon abandonó Londres por última vez con destino a Madrid en contra de la oposición de su médico, Paul Brass. Tenía asma y le habían extirpado un riñón canceroso. Había cumplido 82 años. Pero estaba dispuesto a terminar bajo sus propias reglas. Meses antes, el fotógrafo Francis Giacobetti le preguntó cómo le gustaría morir. "¡Rápidamente!", fue su respuesta.

A finales de los ochenta, Bacon había conocido en Londres a José, un ingeniero español treintañero, guapo, moreno y varonil. Su tipo de hombre. Por si fuera poco, según su biógrafo, Michael Peppiatt, "era mundano, de buena familia, sabía idiomas y se movía en círculos artísticos y financieros". Juntos viajarían a París, Sicilia, Centroeuropa, Cataluña, Andalucía. Y se dejarían ver en el Cock, el bar más elegante de Madrid. Su propietaria, Patricia Ferrer, recuerda a Bacon "en la barra o en la mesa nueve, tomándose tres martinis antes de cenar. Un auténtico caballero con un cutis sonrosado de niño, de haber sido un buen bebedor de ginebra. Solían estar solos". "Francis, que siempre fue un vanidoso, estaba encantado de tener alguien así a su lado. El único problema es que José quería mantener su homosexualidad en secreto. Y eso irritaba profundamente a Francis. Y ahí llegaron los problemas".

Se llevaban casi 50 años. Pero una persona que compartió intimidad con ellos confirma que fue "una historia de amor. Había pasión. José no tenía ningún interés económico. Era un rico heredero. Estaba siempre pendiente de él. Era muy protector. Yo diría que controlaba la situación. Era muy educado. Pero tenía un lado reservado, contenido. Incluso misterioso".

Peppiatt describe los últimos días de Bacon en Madrid, entre el 18 y el 28 de abril, como "un enigma dentro de una vida enigmática". "Yo creo que la relación estaba rota y Francis vino a España a buscar a José para reconciliarse y se murió". No es fácil ir más allá. El círculo londinense del artista no sabía nada del viaje. Y Edwards detestaba a José. En realidad, toda la guardia pretoriana de Bacon le detestaba. Según Brian Clarke, "Francis amaba Madrid a través de una persona que estaba en Madrid. Y eso no lo compartía con nadie".

Y en Madrid, nadie parece acordarse de Bacon. Ni en el hotel Ritz, donde se alojaba; ni en el Museo del Prado, que solía visitar; ni siquiera su galería en la capital, la Marlborough, tuvo constancia de aquella última visita. Lo explica Maricruz Bilbao: "Bacon venía a España por su amigo. Y no nos llamaba nunca. Iba por su cuenta. En aquella ocasión nos enteramos de que estaba en Madrid cuando nos llamaron desde Londres para que recogiéramos sus maletas. Ya había muerto".

Luis Rodríguez Fuentes, el médico que le atendió durante los seis días que permaneció internado en la clínica Ruber de Madrid, en la que ingresó con insuficiencia renal y respiratoria el miércoles 22 de abril, tampoco aporta ningún dato nuevo: "El señor Bacon me pidió que no hiciera ningún comentario sobre su enfermedad y su vida durante esos días". La monja que se ocupó de él, la hermana Mercedes, sólo añade: "Llegó muy malito; en ambulancia. Pasó inadvertido en el hospital. No iba nadie a verle. No hablaba con nadie porque sabía poco castellano. Sólo con el capellán. No, no tenía visitas. Estaba muy solo. Y se ahogaba. Tuvo una parada cardiorrespiratoria en la mañana del 28 y no salió de ella". Nadie asistió a su velatorio ni a su cremación, el 30 de abril. Para Michael Peppiatt, "en aquella última semana perdió el control de su vida. ¿Qué es eso de morir entre curas y monjas? Francis una vez me dijo que no se imaginaba una muerte peor que rodeado de hermanas. Su final es un misterio".

La única persona que podría hacer un relato exacto de aquellas horas prefiere callar. Con una educación exquisita y en tres conversaciones, José ha rechazado aclarar el último viaje de Bacon: "Lo hablé con Francis muchas veces; no quería que relatara sus últimos días ni esas cosas íntimas. No era de ese tipo de persona. No le habrían gustado nada los reportajes que se han hecho sobre él, están llenos de tópicos".

Casi 15 años después de su desaparición, Francis Bacon se resiste a desaparecer. El próximo día 15, Elena Foster y Brian Clarke presentarán Detritus, la maleta de Bacon, en el Kunstsammlung de Dusseldorf. Al día siguiente se inaugurará una exposición de 60 obras del pintor bajo el título La violencia de la realidad. Entre los invitados, amigos como sir Paul McCartney o Sofía Loren, que tiene una de las mayores colecciones del artista.

Su vida fue un misterio. Pocos llegaron a conocerle. Quizá la mejor descripción del artista la hizo John Edwards. Hijo, amante y amigo. Analfabeto y su heredero. "En el East End de Londres, donde yo nací, decimos que alguien muy especial es un Diamante. Francis era un auténtico diamante. Y un jodido gran pintor".

Sobre la firma

Jesús Rodríguez

Es reportero de El País desde 1988. Licenciado en Ciencias de la Información, se inició en prensa económica. Ha trabajado en zonas de conflicto como Bosnia, Afganistán, Irak, Pakistán, Libia, Líbano o Mali. Profesor de la Escuela de Periodismo de El País, autor de dos libros, ha recibido una decena de premios por su labor informativa.

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