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PRIMERA PARTE

Eva al desnudo

Eva Yerbabuena echa la vista atrás a sus 36 años y lleva a escena los recuerdos que han marcado su vida. Con 'El huso de la memoria', su nuevo espectáculo, la bailaora y coreógrafa desnuda sus sentimientos e inaugura la 150ª temporada del teatro de la Zarzuela de Madrid

Ahí está Eva, sentada en una especie de silla de director de cine. Frente a la luz tamizada por las cortinas blancas de su estudio en Dos Hermanas (Sevilla). Tan menuda. Con un vestido negro, a juego con su piel morena, y el pelo mojado, recogido en un moño. La liviana rebeca sobre los hombros y unas perlitas en las orejas apuntan las únicas concesiones al color blanco. El final de la falda revela los músculos de las piernas en tensión. Gemelos fibrosos. Tendones recios. Y los pies desnudos, apoyados sobre unas chanclas de goma con alza.

Una oportunidad única, insólita. Contemplar estos pies, casi siempre cegados por medias oscuras y zapatos de baile. Pies morenos, pequeños. En proporción a la pequeña estatura de su dueña. Unos pies que no deberían permanecer desnudos a la una de la tarde de un día de agosto como hoy. A tres semanas del estreno absoluto de El huso de la memoria, el último espectáculo de la compañía Eva Yerbabuena Ballet Flamenco, con el que se inaugura este próximo miércoles la temporada del 150º aniversario del madrileño teatro de la Zarzuela. Estreno absoluto de la obra. Pero la bailaora y coreógrafa sufre una lesión de abductores que le obliga a llevar una semana con los zapatos colgados. "Muevo mucho la pelvis y la cadera al bailar, y las piernas se resienten. ¡Ahora estoy atacá! El teatro de la Zarzuela es un lugar muy especial para el flamenco, el público está tan cerca… Ya debería estar zapateando. Creo que sólo he parado de bailar dos veces en mi vida: hace unos años, cuando me cogí un mes de vacaciones, y durante los tres meses después del parto de mi hija".

La música de El huso de la memoria se termina de preparar en el estudio que la compañía tiene en Dos Hermanas desde hace seis años. Su marido, el guitarrista Paco Jarana (Sevilla, 1966), encargado de la dirección musical del espectáculo, arranca con el compás de unos tanguillos. Al paso le sigue el percusionista Manuel José Muñoz, El Pájaro, acariciando con las manos un tambor de agua. El segundo guitarrista, Manuel de la Luz, toma posiciones. Y los cuatro cantaores se baten en palmas, mientras el saxo-flautista Ignacio Vidaechea espera su turno. Todos rodeando a Eva. Y ella, que permanecía inmóvil en su silla de director de cine, empieza a crecer. Como en el escenario, donde se convierte en un gigante con su danza. Sentada, gira en redondo las muñecas con delicadeza. Levanta despacio los brazos y acompaña con su minúscula mano derecha, dedo índice hacia arriba, los remates de los músicos. Enrique Soto, de la ilustre saga del cante flamenco de los Sordera, se faja con Pepe de Pura, Rafael de Utrera y Jeromo Segura en las letras. Los pies desnudos de Eva empiezan a zapatear el suelo de mármol blanco. Van de un lado a otro de la silla, dando saltitos a la velocidad del rayo. Pero la goma de sus chanclas está completamente muda. La música sube de velocidad mientras los cuatro cantaores jalean el estribillo para terminar el tango. Y Eva se derrumba de nuevo en la silla dejando caer sus brazos, vencida por el calor y el silencio de la música.

"Yo no empiezo bailando, empiezo escuchando. Recuerdo que la primera vez que me cantó Enrique el Extremeño me quedé paralizada en el escenario. Con los brazos levantaos, escuchando. Lo que más me gusta es el cante. Es lo que a mí me mueve las tripas. Si yo supiera cantar, no bailaría". En el ensayo musical del espectáculo manda Paco. Pero Eva ha de dar el visto bueno.

La compañía lleva todo el verano encerrada en este amplio local, una antigua tienda de muebles donde reposan pedazos de anteriores escenografías, algunos vestidos de bata de cola olvidados en un sofá, dos pequeños pares de zapatos de baile y un boogie rojo aparcado al fondo de la estancia. Un gran tablao de madera picada por los zapateaos preside el centro de la sala, junto a una hilera de espejos pegados a la pared que refleja al corro flamenco que continúa ensayando. Todos beben agua de una máquina dispensadora junto a la que reposa una docena de garrafas vacías. A partir de ahora, los 20 integrantes de la compañía se trasladan al teatro municipal del vecino pueblo de Los Palacios (Sevilla) para poner en común, hasta el día del estreno en Madrid, todo lo que músicos y bailarines han estado preparando por separado. "Pero hasta que no llega ese momento no me doy cuenta de las cosas que hay que cambiar. Las luces fuera de tono, los vestidos incómodos… Es entonces cuando empiezo, como yo digo, a tratar la obra".

Eva Garrido, 'Yerbabuena', ha decidido a sus 36 años que ha llegado el momento de "hilar los recuerdos" de su vida para ponerlos al desnudo en El huso de la memoria. "La primera imagen que se me vino a la cabeza al concebir el espectáculo fue la de una persona sacando tierra. Parece alguien que cava su propia tumba, que está llegando al fin… Y a partir de ahí nace todo".

Premio -entre muchos- Nacional de Danza 2001 y premio Max de las Artes Escénicas 2006 a la mejor intérprete femenina de danza, Eva nació en Francfort (Alemania) en 1970. Hija de la emigración de unos padres andaluces, viajó enseguida al pueblo de Ogíjares, en la provincia de Granada, para criarse con sus abuelos. "Me costó muchísimo tener que irme a vivir con mis padres cuando volvieron de Alemania. Yo debía de tener 10 años y casi no conocía a aquellas personas".

Una infancia con la que Eva explica su devoción por el color negro que domina sus escenografías, su vestuario, su forma de interpretar el flamenco. "Hay una imagen de mi abuela en aquellos años que lo resume todo: ella vestida de negro, caminando sobre el campo nevado. Blanco y negro. Cuando yo no iba todavía al colegio, me levantaba a las cinco de la mañana para acompañarla a recoger las hojas de tabaco con las que liaba cigarros. Ése era su oficio. Siempre llevó luto desde la muerte de mi tía, la culpable de que yo esté bailando. Mi tía veía algo especial en mí, y eso que en mi familia no había ningún artista. Murió cuando yo tenía 11 años. Y mi abuela y mi madre decidieron llevarme a una academia. Fue allí donde pegué mi primer zapateao".

Una infancia entre personas mayores. Y, sobre todo, entre mujeres. Las amigas de su abuela le abrieron sus grandes ojos negros con historias alucinantes. "Contaban que a una mujer que llevaba la comida a su marido a un cerro de Ogíjares le atacó un lagarto que se le metió en las entrañas. La llevaron corriendo al pueblo para tumbarla y colocarle un pan caliente sobre el vientre. En pocos minutos, el bicho salió disparado. Imagínate, yo con cuatro años y escuchando esas cosas… Aquéllas eran unas mujeres a las que nadie felicitaba por su trabajo, por sacar adelante a sus familias. Yo las acompañaba a la recogida de la aceituna, durante sus tertulias en el pueblo. Y con estos ojitos [señala con los dedos índices sus grandes ojos, abiertos de par en par] observaba, aprendía".

Aunque el color negro ha dominado la mayor parte de sus obras desde que fundó la compañía en 1998 y se convirtió en coreógrafa -"Eva [1998] ya tenía una clara tendencia al negro; 5 mujeres 5 [2000] era en blanco y negro, y A cuatro voces [2004] tiene mucho negro, gris y un puntito de rojo", explica la bailaora-, El huso de la memoria da un giro a la escala cromática de su vestuario en escena. "Mucha gente me ha encasillado: 'Uf, qué seria es, siempre de negro'. Yo quería que este espectáculo fuera totalmente distinto, para recuperar otras tonalidades de mi vida. Todo se llenará de color, pero… ¿Cómo crees que acaba la función? La verdad es que tengo obsesión por el negro. Si pudiera, lo contaría todo con él. Creo que es el reflejo del tiempo que vivimos".

A pesar de la aparición del color en el vestuario, diseñado por Esther Vaquero, la escena sigue dominada por los negros, blancos y grises. Poco después de que este nuevo espectáculo empezara a rodar, el artista gráfico Óscar Mariné (Madrid, 1951) se subió al carro de la compañía para diseñar la escenografía y el cartel de presentación. El autor de los trazos de la famosa imagen de la chica Almodóvar que aparecía cruzada de brazos en el cartel de la película Todo sobre mi madre recuerda que trabajar con Eva ha sido lo más parecido a una improvisación musical. "Ha sido como una jam-session de jazz que ha durado dos meses. Me inspiraba con la música de Paco en directo y el baile de Eva. Me alegro de que hayan apostado por introducir elementos de diseño en el flamenco, no son compartimentos estancos. Recuerdo que, cuando terminé de pintar los dos lienzos del escenario, ella me contó que estuvo un tiempo sin poder bailar ante las imágenes; que le sobrecogía el parecido con dos personas muy especiales en su vida".Para Eva "ha sido un lujo dejar el espectáculo en manos de Mariné". Una decisión en la que su marido ha tenido mucho que ver. "Congeniaron tan bien, que Óscar dijo que quería venir a pintar los lienzos a mano con nosotros. El primer boceto que trajo no se parece en nada al resultado final, que remató después de conocer a Paco".

El local de ensayo de la compañía está al lado de la casa en la que Paco y Eva viven con su única hija, Manuela, quien a los 11 años ha empezado a probarse las batas de cola de su madre. Pero Eva recuerda que cuando era más pequeña, Manuela no sentía ningún apego por sus instrumentos de trabajo; que sufría mucho cuando sus padres tenían que marcharse de gira y ella se quedaba al cuidado de sus abuelos. "Ella me pedía que dejara mi trabajo y yo le explicaba que nunca podría hacer otra cosa con el mismo amor con el que bailo. La única forma que tengo de sentirme libre es subiéndome a un escenario. Ni siquiera soy libre cuando sueño; hay muchas cosas que no querría soñar".

Los músicos abandonan el local de ensayo y se trasladan a comer a un restaurante del pueblo sevillano de Los Palacios, a escasos metros del teatro donde probarán por la tarde los juegos de luces de El huso de la memoria. Subimos con Eva a su monovolumen azul, pilotado por una compañera de la producción. El tango de Astor Piazzolla Vuelvo al Sur, versionado por Estrella Morente en su último disco, Mujeres (EMI), suena en el equipo de música. "Yo tuve la suerte de bailar al cante de su padre, el gran Enrique. Y con el otro Enrique, El Extremeño, que antes cantaba para Manuela Carrasco. Parecerme a ella y a Carmen Amaya fue mi gran obsesión desde pequeñita".

Eva pide ajoblanco y un arroz cortijero con pedazos de carne que apenas prueba, mientras sigue hilvanando recuerdos de su vida. Habla despacio, bajito. Tras remover con la cuchara, descubre una hoja de hierbabuena escondida en el primer plato. "¿Lo ves? Está presente en todo lo bueno. El apodo de Yerbabuena me lo puso el constructor de guitarras y tocaor granaíno Francisco Manuel Díaz, tras barajar otros que no me gustaban nada, como Eva la Mora. El mote nació para homenajear al cantaor de principios del siglo XX, también granaíno, Francisco Gálvez, Frasquito". El autor del apodo recuerda que "a Frasquito le decían que su cante era más bueno que la yerbabuena".

Con 12 años, Eva empezó a subirse a los escenarios con artistas como Enrique el Canastero, Angustillas la Mona o Mario Maya. Pero poco después se llevó su primera decepción con el mundo del espectáculo. "Me metí siendo demasiado pequeña en un mundo en el que la gente tiene que ganar dinero y le importa, con perdón, un carajo todo lo demás. Estaba de gira en Benidorm y me dijeron que me iban a pagar menos de lo que le habían prometido a mi padre. Y yo me volví a mi casa. Luego vinieron las demás decepciones, las que te roban la inocencia. Hoy, mi mejor amiga soy yo misma".

Pero, a pesar de las decepciones, conserva grandes amistades en el mundo del flamenco. Como la de la bailaora y maestra Matilde Coral (Sevilla, 1967), en cuya academia ha impartido magisterio ocasional e insólito la Yerbabuena. Matilde comenta que lo que a Eva le ocurre es "que le gusta estar fuera del artisteo", algo con lo que la aludida se muestra de acuerdo. "A mí me gusta ser diva arriba, en el escenario, no ir de diva por la vida". Paco, su marido, que cambió su apellido Franco por el nombre de su barrio de Dos Hermanas, Jarana, asegura que lo que más le gusta hacer a Eva cuando termina de bailar es "ponerse el delantal en casa para cocinar unas papas con choco".

Dicen los que trabajan con ellos que la guitarra de Paco y el baile de Eva se vuelven uno en el escenario, que saltan las chispas, que la Yerbabuena es fifty-fifty. Y Eva cuenta que fue Cupido. "Yo tenía 19 años y Paco se bajó de un Opel Kadett rojo. Me dio un vuelco el corazón al verle y supe que sería el hombre de mi vida". Su amor se fraguó en Cuba: Paco se declaró en un banquito junto a la catedral de La Habana. Aunque para el casamiento eligieron Ogíjares, el pueblo de los abuelos de Eva.

La pareja coincidió en La Habana trabajando en la representación de A tomar café, un espectáculo de la compañía de Paco Moyano, quien acogió a Eva en su casa cuando se trasladó a vivir a Sevilla siendo una adolescente. Eva recuerda que él y su mujer, Lola, la acercaron a Miguel Hernández y Federico García Lorca. Dos autores cuya obra, junto a la de Vicente Aleixandre y Blas de Otero, ha servido de inspiración para el anterior espectáculo de Yerbabuena, A cuatro voces, estrenado en la Bienal de Flamenco de Sevilla hace un par de años y todavía en cartel. Por aquellos años de adolescencia, a Eva le encantaban las películas de dibujos animados de Walt Disney. "Dumbo, Bambi, Pinocho… Todavía hoy vuelvo a verlas. Al cine me encanta ir a ver las de llorar. Me gusta llorar; lo necesito para poder contar algo. Luego intento que el sentimiento quede reflejado en un baile".

El viaje de novios de Eva Yerbabuena y Paco Jarana transcurrió en Tokio, adonde fueron a trabajar para pagar la hipoteca de su primera casa. Pero la bailaora tuvo que regresar a los seis meses, cuando murió su abuelo. "Hay tres momentos de mi vida que han marcado mi forma de interpretar el baile: la muerte de mi abuelo, la de mi abuela y el nacimiento de mi hija. Muerte y nacimiento son la misma cosa. Igual de dolorosa. Cuando murió mi abuelo, no podía bailar; sentía que pisoteaba su cadáver cada vez que pegaba un zapateao. Pero luego supe volcar esas ausencias en el escenario. Ellas me han convertido en lo que soy".

La bailaora a la que le trae sin cuidado no ser gitana para interpretar el flamenco; que aparece en las páginas de crítica de cultura y espectáculos de los periódicos más importantes del mundo; que ha compartido cartel con la leyenda viva de la danza Mijaíl Barishnikov, invitado por la prestigiosa coreógrafa alemana Pina Bausch; que participó en el documental Flamenco women, del cineasta Mike Figgis -director de Leaving Las Vegas (1995)-; que ha actuado en escenarios tan evocadores como las ruinas romanas del anfiteatro de Baalbeck, en Líbano, al cante de Carmen Linares; que tiene un hermano que fue ciclista y ahora es peluquero; la mujer que, como apunta el prestigioso crítico flamenco Ángel Álvarez Caballero, "levanta los brazos y toca la gloria", Eva Yerbabuena, se sube a las tablas del teatro de Los Palacios para indicar a los cuatro bailarines masculinos de su compañía cómo marcar el paso. Con sus pies desnudos, sobre las chanclas de goma con alza, parece querer volar de nuevo con su baile. Pero debe esperar. Y no dar un paso en falso. Quedan pocos días para el estreno.

'El huso de la memoria' se estrena el próximo miércoles, 13 de septiembre, en el madrileño teatro de la Zarzuela.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de septiembre de 2006