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COLUMNA

Los pasados políticos de Grass / Ridruejo

Carlos Castilla del Pino, en su artículo El drama de Günter Grass comentando el de Vargas Llosa Günter Grass en la picota, asimilaba, de manera sorprendente, la tardía confesión del Nobel alemán sobre su pertenencia a las Waffen SS con comportamientos de Dionisio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo y Luis Rosales, que no se precisaban. Comportamientos que constituirían, según él, el trauma español, al modo del trauma alemán, que la conciencia colectiva de culpa había generado en Alemania, como consecuencia de la colaboración con el régimen hitleriano de personalidades tan eminentes como Heidegger, Waldheim, Pío XII, Genoud, Riefensthal y un largo etcétera. Castilla del Pino disiente de las exculpaciones de Vargas Llosa a la conducta de Grass, reprochándole, a mi juicio con razón, dos hechos de desigual calibre moral pero igualmente reprobables: haber mentido y haber ejercido, montado en esa mentira, durante 40 años, no sin narcisismo y arrogancia, la función de conciencia ética y ciudadana de Alemania.

No creo, en cambio, como sugiere Carlos Castilla, que haya sido el miedo a que alguien descubriera la superchería, lo que le ha llevado, después de una tan prolongada ocultación, a revelarla. Pienso más bien en que no ha querido que se cerrase la historia de su vida sin dar su versión sobre una ruptura tan traumática de su trayectoria, no con la esperanza de cancelarla, sino de suturar en parte el desgarro y de recuperar así la parcela pérdida de su autoestima. Para mí lo más grave de esta autoinculpación, tan tardía como poco circunstanciada, es que el apaciguamiento de la borrasca interior que haya podido suponer para su autor, se ha hecho al precio de echar por la borda uno de los pocos modelos de ejemplaridad cívica de que disponía Alemania, cuando, al igual que sucede en otros países, tan necesitada está de ellos. Sobre todo, porque hoy las intervenciones de los intelectuales, no dependen de su compromiso ideológico, sino de las exigencias comerciales y publicitarias del grupo en el que están integrados, que es quien decide los propósitos y modalidad de sus comparecencias. Por lo demás en nuestras sociedades mediáticas la influencia pública del pensador, escritor, artista, no deriva de la excelencia de su obra sino de su notoriedad, que es la que le lleva a opinar de todo con tanta incompetencia como impunidad.

Viniendo a los españoles citados y centrándonos en Ridruejo, hay que decir que la autodenuncia de su enrolamiento en la falange / franquismo fue muy temprana y que además hizo de esa denuncia-ruptura un banderín de enganche para la lucha por las libertades. No cabe mentira alguna en alguien de la integridad pública de Dionisio Ridruejo. Primero en y desde la Falange, que le lleva a enfrentarse en 1937 cuando apenas tiene 25 años, con Franco y a pagar el precio de ese enfrentamiento: cese en todos sus cargos y confinamiento en Ronda y Llavaneras durante seis años. Después, a partir de 1955, en su militancia democrática, con la fundación del Partido Social de Acción Democrática en 1957 y la Unión Social-Demócrata Española en 1974, y su incesante acción contra la dictadura que le cuesta detenciones, cárcel y exilio. El papel de Ridruejo fue fundamental para la incorporación a la oposición democrática de la derecha civilizada en los aledaños del franquismo que resultó decisiva en el paso a la democracia. Pero sobre todo Ridruejo y sus libros Escrito en España (Losada, Buenos Aires, 1962) y Casi unas memorias (Planeta, 1976) fueron con Pedro Laín y su Descargo de conciencia testimonios pioneros del proceso de conversión a la democracia de dos líderes muy significativos del totalitarismo español. Desgraciadamente no han cundido los émulos y los numerosos relatos autobiográficos que nos han inundado en estos años no dan nunca ni cuenta ni razón del por qué del cambio político de sus protagonistas. Ni de aquellos que proceden del Movimiento Nacional ni de los que han abrazado las libertades después de haberlas vilipendiado desde el comunismo estalinista o maoísta. El ejemplo de Ridruejo debería ser un revulsivo cívico, una llamada a la conciencia política y moral de tantos españoles que después de haber acomodado su vida al franquismo viven ahora en el plácido conformismo de una democracia átona y desmoralizada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de septiembre de 2006