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Reportaje:70º aniversario del estallido de la Guerra Civil

El revisionismo ataca

La literatura que hoy ha puesto el pasado al servicio de una causa ha ganado espacios y puede irrumpir en el terreno de la política

La literatura revisionista sobre la Guerra Civil española, al igual que la escrita en otros países sobre el colonialismo, el holocausto o la colaboración, no pretende ampliar el conocimiento del pasado, sino ponerlo al servicio de una causa. Las interpretaciones que defiende, por lo general coincidentes con las de escritores que, como Pemán o Arrarás, asumieron la tarea de legitimar la sublevación del 18 de julio, son resultado de invertir el método que los historiadores observan en su trabajo: en lugar de extraer las hipótesis de los datos disponibles, ajustan los datos disponibles a las hipótesis. Ocultar, magnificar o inferir hechos, cuando no inventarlos, confundiendo la verdad con la verosimilitud, son los procedimientos que sustituyen, en esta literatura, la búsqueda de fuentes y testimonios. El relato que surge entonces dice poco del pasado y mucho de la actualidad, hasta el punto de que es fácil reconocer su catálogo de intenciones. Desde poner en entredicho el carácter democrático de la izquierda, entonces y ahora, hasta justificar el golpe de Franco, intentando proteger a la parte de la derecha de la transición que tuvo alguna participación en la dictadura.

La literatura revisionista entra en conflicto, así, con otro fenómeno de alcance internacional y del que también participa España: el culto a la memoria. Al sugerir un relato del pasado que cuestiona la inocencia de los vencidos en la Guerra Civil, el revisionismo responde a quienes reclaman, desde el otro lado, un deber de memoria que estaría pendiente en la sociedad española: aligerando la responsabilidad de los vencedores en el origen del enfrentamiento, cuando no negándola, convierte la rebelión de Franco en una acción necesaria y ejemplar. Partiendo de esta afirmación, y construyendo hacia atrás una historia a medida, el revisionismo se ve forzado entonces a cuestionar la República, a la que considera una fachada democrática tras la que se ocultan los designios autoritarios de los partidos que contribuyeron a su advenimiento. La revolución de Asturias, por su parte, se convierte en la prueba de que la izquierda, toda la izquierda e, incluso, todo el espectro republicano, mantenían una lealtad condicional a la Constitución de 1931, dependiendo de si se encontraban en el Gobierno o en la oposición. En cuanto a la Guerra Civil, la literatura revisionista adelanta su comienzo a octubre de 1934, una tergiversación que permite responsabilizar del conflicto a los partidos que apoyaron la insurrección y, al mismo tiempo, presentar a Franco como defensor de la República. Dentro de esta lógica, el 18 de julio aparece, por último, como una nueva escaramuza de una guerra en marcha, y no como una rebelión militar apoyada de inmediato por los Gobiernos de Italia y Alemania.

Es más que probable que la literatura revisionista no logre imponer nunca su peculiar interpretación de la historia, como tampoco será fácil determinar cuándo los españoles habrán satisfecho ese deber de memoria que ahora se les reclama. El riesgo que corre el país 70 años después de que se iniciase la Guerra Civil es de otra naturaleza, y consiste en que esta confrontación entre revisión y memoria, esta concepción militante de la historia que pone el pasado al servicio de una causa, vaya ganando cada vez más espacios sociales, hasta irrumpir en el terreno de la política. No es verdad que los pueblos que olvidan su historia estén condenados a repetirla, como decían unos, ni que el conocimiento del pasado sea una garantía para el futuro, como dicen otros, expresando con distintas palabras la misma idea. En realidad, la experiencia ha sido siempre la contraria: sólo ebrios de historia militante, los ciudadanos acaban por aceptar lo inaceptable.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 18 de julio de 2006