JAVIER SARDÁ

Sobrevivir a la fama

Vuelve a la televisión, pero sin pisar el plató. Su experiencia de 'Crónicas marcianas', que le convirtió en líder de audiencia varias temporadas, le ha dejado exhausto y dolido con quienes le adscriben a la telebasura. Habla por primera vez, después de su año sabático, de su vida y sus miedos

Vuelve a la televisión, pero sin pisar el plató. Su experiencia de 'Crónicas marcianas', que le convirtió en líder de audiencia varias temporadas, le ha dejado exhausto y dolido con quienes le adscriben a la telebasura. Habla por primera vez, después de su año sabático, de su vida y sus miedos.

Lo que sorprende de inmediato es el aspecto espartano, casi monacal, del sitio donde está, junto a un ventanal que da al cielo de Barcelona, que hoy es gris. Sobre la mesa grande, cuadrada, de madera, tiene tan sólo un cuaderno en blanco, en el que dibuja, y en las paredes no hay nada. Es un despacho insonorizado en el que sólo destaca un televisor enorme que permanece apagado. Y en medio de aquel silencio, Javier Sardá (Barcelona, 1958), el hombre que revolucionó la radio de entretenimiento (en Radio Nacional y en la Ser), que inventó al Señor Casamajor y se convirtió en absoluto líder de audiencia al frente de Crónicas marcianas (Telecinco), un programa que recibió elogios y denuestos, algunos de los cuales (como el que incluye el término basura para definirlo) le siguen hiriendo. Nos recibe sentado, con chaqueta, camisa abierta, dispuesto a dar la primera entrevista desde que dejó el plató e inició un año sabático que le ha servido para reconciliarse con la naturaleza y con su propio tiempo biológico. Ahora hace lo que éste le manda: se acuesta a las doce de la noche (una hora antes del que fue comienzo de su famoso programa) y se levanta a las siete de la mañana; dice que es capaz de sentarse durante horas ante la naturaleza, en su casa. Pero su cabeza no debe de parar. No le gusta perder el tiempo, va derecho a los asuntos, tiene una rapidez de rayo salvaje; dedica a las cosas casuales (comer, por ejemplo) el tiempo justo; conversa, pero siempre parece tener la mente en un sitio al que ha llegado años antes que su interlocutor… De él puede decirse lo que un presidente argentino decía de sí mismo: "Yo, hasta cuando vengo, voy".

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Una metáfora de su manera de ser viene de su juventud: Sardá al mando de su motocicleta, en medio del viento o de los temporales, soñando que en realidad iba al frente de un avión… Luego se hizo piloto de avión, en efecto, y siempre desprende esa sensación de que, aunque esté a bordo de una moto o de un coche, o caminando, cree de veras que puede desarrollar la velocidad de los aviones… Ahora que ha terminado su año sabático ha anunciado, precisamente, un programa de viajes, cuyo título aún es incierto y que comenzará en enero, en Telecinco, producido por Gestmusic, su casa de siempre, en uno de cuyos silenciosos despachos se desarrolla esta conversación. Ha inventado este programa para volver a la televisión sin pisar los platós; le va a llevar por todo el mundo, y lo va a llenar de gente. Se ha traído a la entrevista un avión de juguete, que describe para la fotógrafa con la paciencia de un coleccionista. Y nos invita a comer en el propio restaurante de la productora; en las mesas, con él, algunos de los colaboradores que tuvo en Crónicas marcianas y que ahora trabajan en otros proyectos de Gestmusic; él come arroz negro con calamares y lomo, y toma agua sin gas. Se le ve feliz: con la familia, con la vida, y especialmente con la hija de 13 años que le enseña inglés. Es un hombre muy privado. Y se le ve tan feliz contando su infancia, su adolescencia, su vida, su manera de mantener las primeras amistades como amistades duraderas, que cuesta entender cómo dice que su adolescencia fue un tiempo peor.

Ahí, en ese tiempo, inventó a una de sus grandes criaturas, el Señor Casamajor, de quien se disfrazó también en Crónicas marcianas, y vivió muchas de las cosas que le marcaron. Apasionado de Fellini y de Henry Miller, pinta, toca el saxo siempre ("extraordinario, un señor que se llamaba Sax e inventa un instrumento tan sensible; imagínate un sardafón…"), y sólo se está quieto cuando duerme. Tiene pavor a la muerte ("cuando sabes que algo se muere es que ya te estás muriendo tú, y eso es una putada").

¿Cómo va la vida ahora?

Cualquier tiempo pasado fue peor. La adolescencia fue mucho peor. Soy huérfano de madre desde los siete años, y de padre desde que tenía 19, y cuando acabé la mili y tenía la carrera por terminar me encontré que no podía volver a Radio Nacional, que tenía un hermano gravemente enfermo… Con esa sinopsis, ya puede entender que cualquier tiempo pasado lo vea peor. En esta última época, ya he dicho que no aspiro a nada. Yo no tengo aspiraciones, lo cual no quiere decir que no tenga temores. No puedo aspirar a nada: tengo una hija con salud, estoy felizmente casado, no tengo problemas inmediatos a nivel económico… Yo no aspiro a nada, sólo aspiro a que pasen muchos días sin que pase nada negativo…

¿Cuáles son los temores?

Los propios de haber nacido, para lo que nadie pide permiso. No hay finales felices, y nadie sabe cuáles son esos finales. Terrible.

Nunca desaparecen esos temores.

Nunca. Siempre crees que algo malo pasará. Yo tengo un teléfono siempre en silencio, y cuando veo que no hay mensajes suspiro de alivio. Siempre pienso que algo malo está a punto de pasar. Y siempre tengo una cierta aspiración de trascendencia, de que haya cosas buenas. Y esa aspiración de trascendencia me ha llevado a pensar esto, por ejemplo: la pura existencia de la Cope es una constatación científica de que Dios no existe; si existiese, no permitiría lo que dice la Cope. ¡Lo que los poderes eclesiásticos permiten en este país es una provocación en toda regla!

Dice usted que no tiene vocación para todo lo que ha hecho.

Que no tenga vocación, no significa que tuviese claro que quería ser periodista, pero tenía claro que un periodista era el que escribía en los periódicos. Yo era un estudiante irregular, muy bueno en letras, pero muy justo en ciencias. ¡Ganaba todos los concursos de redacción de Coca-Cola, y por redactar bien, en la mili me dieron un mes de permiso! A los 14 años tuve claro que quería ser periodista, pero siempre asociando ese oficio a la escritura. Pero me di cuenta de que había que aprovechar las oportunidades a tope, y se me presentó una: ser oficinista en Radio Nacional; cuando abrieron Radio 4, para Cataluña necesitaban gente que hablase o escribiese razonablemente bien en catalán.

¿Y cómo pasó de oficinista a hombre de la radio?

Me hicieron una prueba para guionista de continuidad. Había locutores de continuidad que rellenaban horas entre los programas; yo iba a la discoteca, sacaba discos y hacía un pequeño guión entre canción y canción. Y así estuve bastante tiempo. Luego me pidieron un programa semanal de resumen de las actividades musicales que había habido en Barcelona. Fue entonces cuando apareció el Señor Casamajor: lo hacía por separado, intervenía en otros programas. Y después vino La bisagra, en Radio Nacional, y en la Ser hice La ventana, y él siguió conmigo.

¿Cómo nació?

Cuando yo era muy niño. En mi casa nos reíamos bastante, a pesar de las desgracias; cuando estábamos en las literas, yo hacía la voz de un anciano prostático que pedía auxilio a una monja. Era él. Yo no soy un imitador, sólo tengo ese personaje. Era casi un registro de voz. Y mire, cuando la gente lo quiere imitar, lo hace mal. Es así [y lo imita].

¿Se cambia usted mismo cuando hace del Señor Casamajor?

Sí, es un personaje imaginario que en cierto modo actuaba por su cuenta. Me acuerdo de que estábamos entrevistando a un ministro, y le pregunté al Señor Casamajor qué le parecía lo que estábamos diciendo. Y él respondió: "Aburrido". El ministro dijo: "Lo comprendo". Yo me enfadé mucho con el Señor Casamajor, y le eché del locutorio. "Si se aburre, váyase". "¿Me echas?", preguntó él. "¡Sí, le echo!". "¿O sea, que salgo?". Los teléfonos hirvieron: "¡Que no le eche, que no eche al Señor Casamajor". Un día entrevisté al Rey, y el Señor Casamajor le saludó: "Hola, Juan Carlos". Y yo le dije: "El trato al Rey es de señor". "¡Ah!, hola señor Juan Carlos".

Era un catalán de pura cepa.

Un tipo que estaba de vuelta de todo, pero también un octogenario que tenía interés en todas las cosas. Yo creo que eso le gustaba a la gente. En España gustaba, a pesar de ser catalán.

Imagínese que el Señor Casamajor está sentado donde está usted y le preguntamos por el Estatut.

Es muy difícil contestar sólo como Casamajor, porque yo soy muy tendencioso y aprovecho para decir lo que me parece a mí. Tienen razón los que dicen que ha sido una cuestión política, que ha ido de arriba abajo, que no estaba en la calle. Pero se ha producido, y ahí está. Los que dramatizan sobre la abstención son los mismos que han querido conseguir votos a costa de… Lo diré así: si yo fuese el padre del señor Rajoy estaría muy enfadado; prefiere ser el presidente del Gobierno con ETA matando, y no serlo, o quizá no serlo, con el fenómeno del terrorismo erradicado de España. Me parece éticamente discutible.

¿Cómo ha ido viendo este país desde que dejó el escenario?

Como en cualquier sitio, creo que tres políticos estratégicamente situados pueden hacer que un país acabe a hostias. Admiro a los políticos que tienen vocación de resolver problemas y detesto a los que tienen vocación de inventarlos. Sobre todo, detesto a los que están dispuestos a cualquier cosa para conseguir el poder. La gente está un poco cansada de la excesiva preponderancia que tiene la política en los informativos. ¡Invéntate cosas, sé creativo, distrae a la gente, pero no rellenes los programas con la política!

Empezó como oficinista y terminó siendo el creador de televisión más importante de este país.

Bueno, yo creo que el programa es irrepetible: en una cadena como Telecinco, con una productora como Gestmusic, con un Sardá con la edad que tenía Sardá en ese momento, con el hecho de que Pepe Navarro se fuera de Telecinco en ese momento… Esa concatenación de elementos, y el conjunto de un equipo que ya había currado conmigo en la radio, hicieron posible un programa que técnicamente era una revista nocturna sensacional. Formalmente éramos buenos.

Le daba usted mucha importancia al ritmo.

Y a los contenidos, que eran muy variados. Hay momentos irrepetibles; hemos dicho cosas que habitualmente no se dicen en la tele, y hemos hecho cosas que no se pueden hacer: en Crónicas hemos convivido con el Partido Popular, con la Iglesia católica, ¡incluso hemos criticado a un sector del accionariado de la propia cadena, utilizando la misma libertad de expresión que usaron contra nosotros periódicos del propio grupo!

¿Qué aprendió durante esos años de 'Crónicas marcianas'?

Aprendí a hacer televisión, hasta el punto de que ya no me interesa hacer televisión. Yo ahora voy a dar la vuelta al mundo, y no quiero ir a un plató a hacer entrevistas porque esto me aburre soberanamente.

Le leo algo que escribió Sergi Pàmies en este periódico: "Cuando era joven, Javier Sardá solía trasnochar viendo programas junto a Juan Ramón Mainat. Despotricaban, se divertían, y, sin saberlo, diseñaban lo que luego sería 'Crónicas marcianas'. Un día, Sardá pasó al otro lado del espejo en calidad de auxiliar de gallifantes, ascendió a oficial de debates maniqueos y se convirtió en el comediante más completo de su generación".

Yo tardé mucho en decir sí a la tele, tardé tres años en aceptar. Cuando trabajaba en la radio y veía un micrófono decía -fíjese qué humilde era-: "Yo serviría para esto". Y eso nunca me pasaba con la televisión. Yo sabía la dificultad que implicaba eso de sonreír a una cámara. Me defiendo con la voz o con las voces, pero me consideraba incapacitado para la televisión. Pero he tenido la suerte de que, en todos los proyectos que he hecho, he estado el tiempo suficiente como para aprender. Al tercer año de Crónicas marcianas, yo seguía diciendo que nos estaban dejando aprender a hacer televisión… Y es difícil que te dejen aprender: al quinto año de un programa diario, si te dejan llegar ahí, ya el espacio será fantástico.

¿Cómo eran esas conversaciones con Mainat [alto ejecutivo de Gestmusic, recientemente fallecido]?

Éramos concuñados; le conocí cuando yo tenía 12 años y él 20. Y para mí hizo de Pigmalión en el periodismo. Empezamos escribiendo en El Correo Catalán, me dejaba hacer algunos artículos, y me siguió en Radio Nacional. Hacíamos un tándem extraordinario: yo era más pasional; él, más racional. Éramos un binomio muy completo, y además éramos grandes amigos. Era el aglutinador de muchos amigos que tengo.

¿Se siente orgulloso de 'Crónicas'?

Y afortunado.

¿Le molestan las críticas que ha recibido?

Cuando te dicen que haces telebasura, ¿qué dices? Es un insulto, es despectivo. Decir que todo un programa, desde que empieza hasta que acaba, es telebasura, es injusto, y contesto: "¡Telebasura, tu puta madre!". Pero, ¡ya está, que cada uno diga lo que quiera sobre el programa! Pero llamarlo telebasura es insuficiente explicación; es de un facilismo mortecino, y además se insulta con ello a una cantidad de público inmensa. Y yo pregunto por qué esa obsesión por Crónicas. Y era porque gustaba a sectores distintos, a públicos distintos; todo el mundo lo hacía un poco suyo, y a todos les molestaba que hiciéramos la sección siguiente. A un señor del PP le gustaba un sketch y una entrevista, pero cuando yo hacía un monólogo sobre política salía corriendo; a los progres no les gustaba cuando hacíamos algo rosa… ¡Pero dejarme en paz, meteros con Ana Rosa o con la Campos! Crónicas era el catalizador de tantas cosas… Me siento no orgulloso, sino afortunado. Si al principio de Crónicas me dicen que haría 1.300 programas y lo dejaría cuando quisiera y porque quisiera, no me lo hubiera creído.

¿Cómo describiría la evolución del programa?

Evolucionó a mejor. Puede que no sea objetivo, porque es mi producto… Y creo que el último programa fue mejor que cualquier anterior. Reto a cualquiera a que vea una cinta del primero, del segundo o del tercer programa…, siempre fue mejor. Se equivocan los que decían: "¡Huy!, Crónicas ya no es lo que era". Era mejor formalmente. Y cada año subíamos la audiencia del año anterior. Era sorprendente: se acumulaba la audiencia.

Lo que se decía mucho era que los contenidos no eran propios de Sardá.

Decían: "Sardá, un tipo tan serio en la radio, cómo hace esto". ¡Que era ventrílocuo, que hacía la voz de un viejito! ¡Que nunca he sido Gabilondo! Y también puedo hacer de periodista, pero no todos los periodistas pueden dirigir el circo. Cuando se produjo el asesinato de Ernest Lluch, claro que levanté el programa, me quité la casaca del maestro del show.

¿Y por qué se cansó?

Había varias cuestiones. Para hacer un programa como Crónicas, en ese horario, alejado de mi biorritmo, había que tener mucha resistencia física. Anoche me acosté a las doce y me he levantado a las siete de la mañana. Hubo agotamiento físico. Y también psicológico: cuando leía un libro, lo hacía para ver qué utilidad tendría para mi programa, y lo mismo pasaba cuando veía una película. Si ahora estuviese hablando con usted pensando que por la noche tenía que hacer un programa, tendría la sensación de que estoy perdiendo un tiempo precioso que requiere mi trabajo. Y eso forma parte de la vida ajetreada a la que te lleva lo que llamamos éxito. En ese momento es cuando dices que el éxito es un tirano y te bajas del caballo.

¿Cómo lleva la popularidad?

Hago poca vida social, casi no me entero. Piense, además, que yo empiezo a salir en la tele a los 32 años; he tenido la suerte de no ser muy popular tan joven como lo son estos de las teleseries o los futbolistas.

Había mucha adrenalina en ese programa: gente que se tiraba por las mesas o se quedaba en calzoncillos… ¿Había alguien dentro de usted que le incitaba a poner orden?

Lo bueno de Crónicas es que era un producto en el que cada noche podías ceder algo. Sucedieron muchas veces cosas que no me gustaban, y había otras de las que me sentía orgulloso -hallazgos de Boris, de Juan Carlos Ortega…, ahí había mucha calidad-. Pero la grandeza de todo eso era que sucedía en directo. Y el clima que había, dentro y fuera del plató. Un programa es un clima. Una tertulia es un clima. Un ambiente. El ambiente es lo que hace que el público sienta que asiste a la locura de una gente que, de repente, la noche del atentado del 11-M hace otro programa, y se fija en nosotros, en lo que pasa en nuestro plató vacío, y Telecinco sabe entonces que puede confiar en lo que diga nuestro programa en torno a esa horrible catástrofe. Cuando uno empieza un programa entra con la timidez del que va a una casa ajena; cuando ya llevas seis, siete u ocho programas es la gente la que entra en tu casa porque se lo pasa bien y le interesa lo que le vayas a contar. Eso ocurrió.

Dice que hay cosas buenas y cosas malas, y cosas de las que se arrepiente…

Bueno, siempre estarían en el terreno más delicado del dominio de la prensa rosa, de los temas del corazón. Bajo mi responsabilidad había momentos de crueldad con relación a ciertas personas, y yo intervenía para decir: "No digamos más barbaridades"… Había partes del programa que me gustaban mucho, otras menos y otras nada, pero de todas soy responsable. Y ahora pienso que lo básico era el sentido del humor.

Este país. ¿Qué es lo que le preocupa ahora de lo que pasa?

Me preocupa que los impuestos que pago tengan una contraprestación. Y me preocupan algunas palabras, son como jaulas. Cuando empezaron a usar la palabra nación para el Estatut, me dije: Dios, qué pereza; unos dirán esto, unos dirán lo otro. Las palabras son un lío. De acuerdo, Cataluña es una nación, dirá la gente, pero ¿qué pasa con las mafias rusas, qué pasa con tantas cuestiones que encuentran a los políticos ocupados en sus mundos? A la gente le importa llegar a final de mes, las escuelas, la sanidad, la seguridad. Es lógico. Ojalá vengan generaciones de políticos mediocres que se dediquen a solucionar los problemas de la comunidad que les designa para esto. Y me cabrea que la gente juegue con una irresponsabilidad manifiesta y utilice a las pobres víctimas del terrorismo con una mala fe incuestionable. Como ciudadano me apasiona la política, no me puede resbalar. Porque es una entidad mucho más peligrosa de lo que parece. Y puede hacer mucho daño.

¿Cómo andan los sueños de su generación?

Yo no me siento de ninguna generación, porque no viví una infancia típica. Tengo la misma edad de Ruiz-Gallardón, nacimos el mismo año, casi el mismo mes, pero yo no me siento de ninguna generación. Los 48 años son una edad macarrónica. Le diré una cosa: hay sucesos importantes en la vida de la gente, que marcan su futuro. Un día comí pies de cerdo, y para mí fue como cuando en una tribu te ponen plumas. Siempre pensé que era horroroso comer pies de cerdo; cuando veía a mi padre hacerlo, qué asco, Dios, ¡y luego yo estaba comiendo pies de cerdo! Ese día me hice mayor, ése fue el primer indicio. El segundo indicio: el día en que el presidente del Gobierno de mi país era más joven que yo. Esto ya es el acabose. Estoy muy preocupado.

Pues se le ve feliz, saludable, dispuesto a hacer un largo viaje. ¿Cómo se decidió a eso?

Porque el ser humano, de natural es complejo. Dije que no a hacer un programa semanal en un estudio al lado de mi casa. Me había despedido de mis amigos de la dirección de Telecinco, con los que la relación es inmejorable, y no quería volver después del año sabático. Pero surgió la posibilidad de este programa, y me dije: ¡capullo, esto vale la pena! Ir a grabar por el mundo, poderlo editar, ofrecer un producto elaborado. Dije sí, y he repetido el sí hasta que ahora ya tengo que hacerlo.

Lo explicaba en la rueda de prensa de presentación del programa: quería conocer mundo.

Cuando éramos jóvenes no nos podíamos comprar nada, pero podíamos viajar. Desde los 15 años viajé: a Londres, a París, a Estados Unidos, a toda Europa. Ahora sé que a nuestra edad ya no hace falta viajar para conocer a gente de todo el mundo y que la mirada de un crío es la misma en todo el mundo. Me interesa el proyecto televisivo, y me da mucha pereza viajar.

¿Y por qué le interesa?

Porque ya no había nada que me interesase. Decía: qué lástima, cuánta gente querría tener estas posibilidades profesionales, y tú le dices que no a todo. Y cuando me ofrecieron algo que me llevaba a un plató acepté.

¿Y Freud no diría que usted en realidad quiere dejar este país un rato?

No, no me considero ni ambicioso, ni vocacional. Puedo dejar de trabajar y de hacer tele, lo tengo clarísimo; pero es casi un renacer, una última oportunidad. Éste sería el sueño de mucha gente: que te den la posibilidad de crear un equipo, de hacer 13 capítulos, de viajar por todo el mundo.

Tiene modelos.

Monty Python, Micki Motos, Manu Leguineche. Nada nuevo como género, pero sí tendrá sentido del humor. Lo juro.

¿Se imagina el mundo? ¿Cómo?

Vino una niña a verme, con un señor, y muy tímida me dijo: "El mundo es plano y se acaba en Guatemala". Voy a ver si el mundo se acaba en Guatemala.

¿Un sitio favorito?

No he estado en Asia, quizá es lo que más me llame la atención. El problema de hacerte mayor es que todo es muy previsible. Tendrían que inventarse la tele con olor. ¿En Prisa no se podrían inventar la tele con olores?

Por cierto, ¿qué aroma tendría 'Crónicas marcianas'?

El de la colonia de Boris Izaguirre, fresca, casi infantil.

La radio, ¿qué tenía?

Todo. Vino cuando yo era muy joven, me permitió conocer en qué consiste triunfar en una edad en que todavía todo te llamaba la atención.

Cuando iba a aparecer 'Crónicas', usted dijo que el programa siempre rozaría el larguero, pero que nunca buscaría la provocación.

Bueno, quedó bien decirlo. Luego, para suerte del espectador, nos pasamos de vueltas muchas veces. No sólo rozamos el larguero, sino que lo sobrepasamos, y también políticamente.

Decía su amigo Mainat que usted no obedece a los rasgos propios de un personaje público, no responde a los cánones del éxito.

Yo le di esta entrevista a usted por una debilidad personal, yo no concedo entrevistas. No me interesan los actos sociales. Si funciona o no lo que uno hace, lo debe decir la tele…

El éxito genera halagos y críticas.

Su periódico dijo, al principio de una de mis temporadas: "Vuelve la telebasura"… ¡Imagínese lo que dirían otros! Lo que se ha dicho en mi contra sería suficiente para que alguien se colgara de un árbol. Pero yo soy más caradura que los que escriben de mí.

Un caradura.

Y un sinvergüenza. Tengo una gran coraza con respecto a los halagos y con respecto a las críticas.

¿Cómo era aquella familia suya?

Mi padre se quedó viudo con cinco hijos, la suerte es que la mayor era mi hermana Rosa María [Rosa María Sardá, actriz]. Eso crearía una familia distinta. Decidí acabar el bachillerato e ir a la universidad por mi cuenta y riesgo. Lo pasábamos muy bien en casa, le hacíamos bromas a Rosa María cuando volvía del teatro, nos reíamos mucho, y luego he tenido muy buenos amigos, y he sido un buen amigo. En eso he tenido suerte.

A lo mejor en usted habita también el Señor Casamajor.

El serio y el payaso, siempre hay dos. En el programa, yo era el serio, y Boris, el heterodoxo; cuanto más formal era yo, más lucía Boris. Lo mismo hacía Casamajor conmigo. Y yo con él. Hay que crear algo serio para romperlo. El pianista que sabe hacer el loco con el piano tiene que saber tocar a Mozart. Tú tienes que hacer radio convencional y romperla; tienes que crear tu propia oposición, tu dialéctica. Eso crea situaciones espectaculares, la gente no sabe si son verdad o son mentira.

Eso sirve para la vida.

La vida no es la ficción. La vida es muy cruel.

Pero también hay cosas hermosas.

Un árbol, las mujeres…, me imagino que los hombres también. No creo ni en Dios, ni en la reencarnación, ni en la Virgen, pero sí creo que los padres enseñamos a mirar el mundo a los hijos. Y cuando nos hayamos muerto, habremos enseñado a mirar a alguien. Mi padre sigue, a través de mis ojos, los árboles de mi casa. Me enseñó a valorar un geranio en un tiesto que había en nuestro piso de Barcelona. Hay quien se pierde con su pasión; en ocasiones he sido desmesurado, me pillaba unos pedales del cuatro, pero he pasado buenos momentos. La vida me gusta, por eso me disgusta la muerte.

¿Se imagina a la edad del Señor Casamajor?

No. Tengo malos hábitos. Dejé de fumar, y he vuelto. Si tengo que beber, bebo. No he tenido una educación alimenticia mínimamente seria. No, yo no me imagino a los 80 años. Creo que hay que vivir, por si acaso.

¿Y qué diría el Señor Casamajor después de esta conversación?

[Con la voz de Casamajor]. Qué palique tienes, hijo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 09 de julio de 2006.

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