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COLUMNISTAS

Mercadillos del 'top manta'

Ante el fenómeno del top manta que tanto dramatizan las industrias españolas de la música y el cine hasta el punto de que no hay manera de entrar en una sala, en un DVD o en una tienda de discos sin que te echen la bronca preventiva con el mucho ojo a esos títulos ilegales que venden los extracomunitarios, no me pregunto yo de dónde surgen esas copias piratas que alfombran nuestros rastros y mercadillos, sino en qué consiste esa cultura comercial y marginal de los rastros y mercadillos españoles del casco antiguo que es capaz de acabar con las dos industrias culturales más potentes de la globalización.

El otro domingo, y en la competencia de este dominical (Magazine de La Vanguardia), venía un estupendo artículo de Javier Cuervo en el que con la brillantez de siempre se proclamaba lo que se dice harto de que lo riñeran por un consumo pirata cuando resulta que ya había pasado por taquilla o por caja. Tiene toda la razón del mundo. Actualmente voy muy poco al cine, pero cuando por fin me decido a salir de casa, pido un taxi para ir al estreno en el centro comercial del extrarradio, a muchos kilómetros de distancia, paso por taquilla, asciendo la empinada pendiente de filas que en muchos multiplex también ha acabado la horizontalidad del patio de butacas, me acomodo en medio de la inmensa soledad rodeado de media docena de extraños, aguanto impertérrito los truenos digitales del dolby-surround-nosequé y cuando por fin ya estoy allí dentro, tan lejos de casa, lo peor que me puede pasar es que proyecten las dramáticas publicidades institucionales contra el top manta filmadas en mejor estilo de las pelis serie B del crimen callejero, y en las que me tratan como a un futuro delincuente y los malos siempre son los extracomunitarios del top manta. En ese momento, justo antes de que salga un letrero en el que me advierten que me meterán en la cárcel si desenfundo una cámara digital de bolsillo (o sólo un móvil multimedia) y la enfoco a la pantalla (sic), es cuando me arrepiento profundamente de haber intentado la vieja operación de salir de casa.

¿Pero de qué rayos de piratería audiovisual me están hablando a principios del siglo XXI nuestros cada vez más despistados y decimonónicos empresarios del cine y la música? ¿El enemigo global de los derechos de autor es el top manta de esos cutres mercadillos y rastros de procedencia árabe o mozárabe del casco antiguo? Por Dios.

Miren ustedes, cuando uno quiere pagar por un estreno audiovisual o piratearlo, da lo mismo, se hace exactamente todo lo contrario. Nada de viajar a los lejanos centros comerciales hacia los multiplex, blockbuster y demás franquicias multinacionales o pasear por el top manta del casco antiguo. Se encierra uno en casa, enciende la pantalla del ordenador, se conecta con el ADSL a los múltiples sitios globales que, legal e ilegalmente, cuelgan las pelis y las músicas deseadas, hace doble clic con el ratón y punto final. Incluso por un precio mucho menor que el gasto de gasolina o taxi te pueden entregar a domicilio y al día siguiente ese DVD o CD que te apetece, comprendidas las mayores rarezas, vía Amazon o la compañía nacional o multinacional que sea.

Somos antiguos, de acuerdo, pero no hasta ese punto, y tanto nuestras sociedades de autores, el ministerio del ramo como los industriales discográficos y cinematográficos españoles, un mismo desvarío de siglo, deberían revisar con urgencia sus teorías sobre el top manta de los mercadillos porque ese tipo de piratería callejera sólo existe aquí y, miren ustedes, apenas representa un 10,96% de la piratería española de imágenes y decibelios. Las nuevas generaciones de españolitos, las que consumen compulsivamente novedades audiovisuales, hace ya mucho tiempo que trafican bastante más con bits que con átomos (para citar al padre de la teoría, el gurú Negroponte); con las teledescargas legales o ilegales de Internet por el sistema Visa Clasic que con el sistema de regateo con los extracomunitarios de los mercadillos.

Hasta los estrenos de la tele (pongamos Perdidos) empiezan a ser consumidos al margen del televisor familiar del cuarto de estar, en las televisiones nómadas de las pantallas personales y por el sistema del video-on-demand. No es que lo diga yo, es que desde Hollywood y alrededores lo están diciendo a grito pelado los verdaderos propietarios de los muy globales derechos de autor y cuando les cuentas lo de la piratería castiza del top manta, como insisten esos anuncios que te riñen, se parten de risa. Con la piratería del cine está ocurriendo exactamente lo mismo que con la piratería de la música, y la única solución que ya empieza a funcionar, incluso aquí, es que las teledescargas audiovisuales de Internet sean siempre de pago, como el iTunes que alimenta ese masivo iPod al que están enganchados tan sincronizadamente nuestras jóvenes generaciones.

Hay mucha piratería por tierra, mar y aire. De acuerdo. Pero aquí dentro todavía no hemos sabido identificarla y denunciarla por su verdadero nombre y tecnología. Sólo la identificamos por el viejo sistema de la Guardia Civil, por el color de la piel de los extracomunitarios del top manta de nuestros castizos mercadillos mozárabes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de abril de 2006