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COLUMNA

Conciliar

Tiempo atrás estuvo muy de moda aquello del "poder valenciano". Nadie sabía lo que era, pero sonaba bien. Tenía el morbo de que partía de una ilusión y llegó a calar en la opinión pública. También sonaba a meta utópica. En las recámaras decisorias valencianas los estímulos que acaban funcionando tienen una inquietante vocación retórica. Llevamos más de veinte años argumentando acerca del tren de alta velocidad y ya nos han adelantado por todas partes. Los valencianos somos voluntaristas encomiables y con un peculiar sentido del humor.

Estas últimas semanas han sido importantes en el mundo empresarial valenciano. El presidente de la Confederación Empresarial Valenciana (CEV), José Vicente González, ha defendido la importancia de la cooperación, a través de las entidades económico-empresariales. Aún más, supedita el éxito en los retos empresariales del momento a que se comience a remar y se siga haciendo con mayor intensidad en un mismo sentido, sin pausa y cuidando el ritmo que, asimismo, puede resultar muy importante.

Fundamentalmente, la Cámara de Comercio de Valencia y el resto de las cámaras de la Comunidad Valenciana y las confederaciones empresariales, tienen que marcar la pauta. Para conseguirlo necesitan proyectos realistas, recursos y credibilidad, porque sin cualquiera de estos elementos, cualquier empresa, es imposible. La Cámara de Valencia culminará en breve su proceso electoral y la prioridad se sitúa en preservar la continuidad y la estabilidad de la institución. Las cámaras de comercio a lo largo de su historia centenaria han tenido que afrontar situaciones difíciles y ni su éxito ni su fracaso, han afectado a su pervivencia.

Es hora de pensar que los valencianos somos afortunados porque nos movemos entre dos focos de poder vigentes en la España actual. Madrid y Barcelona son dos polos, alejados, pero más complementarios de lo que se imagina. Valencia ha hecho habitualmente y durante muchos años, una política de espaldas. De espaldas al mar, de espaldas a sus territorios vecinos, de espaldas a los intereses de sus ciudadanos, de espaldas a su vertebración y de espaldas a muchas de las corrientes que predominan en el mundo. Se ha de comenzar por las cosas pequeñas. La lengua, la cultura, las tradiciones y las peculiaridades.

Las últimas noticias nos indican que el sector editorial está en crisis. Se publica poco y se lee menos.

George Steiner estaba preocupado porque las librerías, las salas de concierto, las instituciones del saber y los teatros estaban cada vez más vacíos. Los polos de atención están preferentemente en otras actividades, lúdicas o no, y que varían desde la política hasta la prensa rosa. Y si eso ocurre la culpa es nuestra. El propio Steiner decía que no es la censura política lo que mata; sino el despotismo del mercado de masas y las recompensas del estrellato comercializado. Nos hemos olvidado de las cosas pequeñas y cotidianas y hemos abandonado la cultura del ahorro. Dos pilares decisivos a la hora de valorar y potenciar las oportunidades de un país, donde los logros todavía exigen esfuerzo y sacrificio.

Las entidades económico-empresariales han de avanzar en su afirmación por la dura senda de la independencia y de la autonomía en su financiación. Si los empresarios quieren organizaciones libres habrán de afrontar su dotación económica y el porvenir que les espera. Otro acontecimiento importante ha sido protagonizado por el presidente del Instituto de la Empresa Familiar (IEF), Juan Roig, que es uno de los activos valencianos con mayor predicamento en Madrid. Es el ejemplo de que no siempre se hace una política de espaldas al poder que se mueve en Madrid. Pero es imprescindible que estas acciones se emprendan no de espaldas, sino al margen de los designios de la política partidista.

El empresario percibe los mensajes y la seriedad de quien los formula. También hemos vivido estos días la desaparición fulminante de un empresario y financiero con predicamento en Madrid. Álvaro Noguera ha provocado comentarios muy valiosos en torno a su persona. Su muerte supone una inesperada pérdida en el proceso generacional. Álvaro Noguera había sido un espectador excepcional del acontecer económico valenciano y a su vez era un nexo entre la generación que llega pacíficamente a su retiro y las nuevas incorporaciones que desconocen los avatares, no siempre positivos, de un quehacer empresarial que nos ha marcado. Álvaro representaba el rescoldo que quedaba de la herencia liberal, que perfectamente podría resituarse con el nuevo empresario valenciano que ya se percibe. Hay que conciliar instituciones, organizaciones, grandes individualidades y el relevo generacional que avanza con las mejores expectativas para romper los complejos y las diferencias que todavía nos amenazan.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de abril de 2006