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COLUMNA

La 'bomba' chií

En la larga disputa entre Irán y las potencias occidentales sobre qué hacer con el átomo, no faltan algunas certezas, quizá contradictorias. Una es que Teherán tiene todo el derecho del mundo a desarrollar su industria nuclear, según los artículos 1 y 4 del Tratado de No Proliferación, que permiten la producción de uranio para usos pacíficos; pero otra es que si sigue por ese camino, acabará violando el tratado del que es signataria, porque a partir de determinado punto el enriquecimiento de uranio sólo tiene sentido si es para fabricar bombas atómicas. Una tercera cuasi certeza es que Irán quiere la bomba. ¿Por qué? El Irán contemporáneo, incluso en tiempos del segundo y último emperador Pahlevi en los años cincuenta del pasado siglo, ya había contemplado la posibilidad de dotarse de armamento nuclear, porque ya se veía como potencia hegemónica regional, al menos en paridad con Israel, que hace décadas que tiene el arma. Pero desde que Pakistán se convirtió en potencia nuclear a fin del siglo XX, que era el primer país islámico, de confesión suní, en dotarse de esa dentadura atómica, el Irán de los ayatolás tenía un motivo suplementario para querer ser el primero en procurarse la bomba chií. Lo decisivo, sin embargo, es que Irán quiere dejar claro a todo el mundo que si Estados Unidos piensa repetir un día la operación iraquí contra Teherán, las consecuencias serían de esas que los periodistas nunca deberíamos calificar de indescriptibles. Pero ¿por qué la bomba ahora y de forma que lleve a Estados Unidos, Alemania, Reino Unido y Francia, a pedir al Consejo de Seguridad sanciones contra el país? Hay razones de coyuntura exterior y de necesidad interior.

Esa misma guerra iraquí que acelera la voluntad de Teherán de nuclearizarse, hace también de paraguas protector; mientras haya guerra en casa del vecino difícilmente Estados Unidos podrá distraer capacidad militar para una segunda aventura; y si en vez de guerra hablamos de raid punitivo, el presidente iraní Ahmadineyad podría hasta utilizarlo en su favor para cerrar filas nacionalistas. Evidentemente, Estados Unidos, Alemania, Francia y Gran Bretaña no piensan hoy en invadir sino en promover sanciones contra Teherán por vía del Consejo de Seguridad, pero aquí también el régimen chií se siente amparado por el veto de Rusia, que le está construyendo una planta nuclear en Bushire por valor de 800 millones de dólares, o de China, que necesita menos a Occidente de lo que Occidente pretende apaciguarla. Y, al mismo tiempo, parece que Irán ha aprendido de Corea del Norte -que también desarrolló la bomba para disuadir a Washington- haciendo como que si tiene que renunciar al arma, lo mejor es conseguir que se le compense por ello. Ahmadineyad seguramente quiere hacerse con la bomba, pero podría no necesitarla si obtuviera garantías de que no había peligro de invasión.

Pero todo parece indicar que, además, el asunto de la bomba es una baza del presidente iraní en la lucha por el poder. Ahmadineyad, líder del movimiento neoconservador Abadgaran (Promotores de un Irán Islámico) muy crítico con la generación de ayatolás que hizo la revolución, a la que tacha de corrupta, es el primer civil que alcanza la jefatura del Estado y cabe poca duda de que trata de ampliar su base de poder contra el establecimiento clerical. En ese sentido, sus truculentas declaraciones sobre la destrucción de Israel y la negación del holocausto -no por ello probablemente menos sinceras- parecen dirigirse a la opinión nacional desbordando criminalmente -por la derecha o por la izquierda- al más radical de los ayatolás. Y que hay pugna por el poder es obvio, cuando vemos que el ex presidente y ayatolá Hashemi Rafsanyani, que dirige un poderoso Consejo de Control, ha despojado al presidente de cualquier poder de decisión sobre política exterior, a la vez que el Guía de la Revolución, el siempre ayatolá Alí Jamenei, hacía saber, por su parte, que Teherán no tenía la más mínima intención de atacar a Israel.

Una solución del problema sería, como argumenta Egipto, desnuclearizar Oriente Medio, pero eso no es posible porque Israel considera que una garantía de que no se produzcan cambios no deseados en el mapa, es poseer la bomba y negarla a cualquiera de sus adversarios.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 25 de enero de 2006