Reportaje:

Amigos de calle y cigarro

La prohibición de fumar en el trabajo genera nuevas relaciones y otros puntos de reunión

Una tupida alfombra naranja y blanca de colillas adorna la acera, a la entrada de una empresa cualquiera, por ejemplo, en el polígono industrial Julián Camarillo del distrito madrileño de San Blas. Esta imagen, o la de ceniceros repletos, si los hay, a la puerta de los edificios de oficinas y, en medio de la foto, pequeños grupos de fumadores o fumadores solitarios, se repiten desde el pasado 1 de enero, día en que entró en vigor la ley antitabaco, que prohíbe fumar en los centros de trabajo cerrados.

Los trabajadores fumadores tienen que salir a la calle a encenderse el cigarrillo, lo que les ha obligado a adaptarse a la nueva situación con cambios que, pequeños o grandes, trastocan la vida laboral cotidiana. El momento del tabaco en la calle se convierte así en ocasiones en un punto de encuentro, en el que se vuelve a conversar y saber de la vida de aquel compañero de otra planta al que hacía tiempo que no se veía, o se conversa con gente por primera vez. "Te juntas, comentas lo mal que te parece tener que salir fuera a fumar", explica Daniel García, teleoperador de 29 años, que ha conocido a varias personas de otras plantas en las últimas semanas.

Una empresa bilbaína prohíbe salir a fumar tras calcular que pierde un mes de trabajo

Aunque ese momento del cigarro también puede ser un punto de desencuentro. Sandra Mariño (28 años) solía compartir su tiempo de descanso con un grupo de cinco personas que ahora se ha roto. Los tres fumadores, incluida ella, desayunan fuera del edificio de la compañía de seguros del Paseo de la Castellana donde trabajan, pero los otros dos no fumadores se quedan dentro.

También se adaptan los quehaceres laborales. "Tenemos que hablar del proyecto y repartirnos el trabajo. Vamos a echar un cigarro". Alejandro Juárez (38 años), a los pies de una empresa en el Campo de las Naciones, cuenta como muchas veces el trabajo se traslada a la calle. Juárez ha notado, además, que "hay quien fuma en el baño" o incluso en el "aparcamiento" del edificio.

En numerosas empresas ya estaba prohibido fumar desde hace tiempo en el puesto de trabajo. Los adictos al tabaco usaban las salas para fumadores, una escalera, un pasillo... "Me encuentro con los mismos que en la escalera", asegura Isabel Pérez (45 años). Pero algo sí ha cambiado. "Antes no salía a desayunar y ahora sí", dice antes de volver al tajo en su empresa, en el Paseo de la Castellana. Isabel fuma tranquilamente, pero repara en el tipo de fumador huidizo, que busca las esquinas y en seguida vuelve a entrar. "Parece que les diera vergüenza", señala. Se trata del fumador solitario, que en ocasiones se agarra al móvil (hace una llamada o manda un mensaje) para evitar esa soledad.

También se encuentra el fumador a la carrera, que aprovecha cualquier desplazamiento al que le obliga su trabajo para encenderse un cigarrillo. Es el caso de María Jesús García (32 años), empleada de un centro comercial cercano a la céntrica zona de oficinas de Azca que ha de moverse varias veces al día de uno a otro edificio. "Tengo un sentimiento constante de angustia. Como me lo han prohibido, lo tengo siempre en la cabeza", dice mientras tira la colilla al suelo.

Muy cerca de ella está la persona que la recogerá. Es el limpiador de la zona, René Coraje, que asegura que, desde que entró en vigor la ley el 1 de enero, recoge muchas más colillas. En el "doble" las cuantifica David Ordóñez, barrendero del Ayuntamiento de Madrid.

En Bilbao, la estampa de las calles es similar a la de hace un mes, salvo por esa mayor presencia de colillas. Esto ha llevado al Ayuntamiento a anunciar, a partir de la próxima semana, el reparto gratuito de 20.000 ceniceros portátiles. De plástico y forma redondeada, se asemejan a una pequeña caja de caramelos y tienen un clip para llevarlos enganchados del cinturón o el bolsillo.

En la Diputación de Vizcaya, con 2.900 empleados, los adictos al tabaco aprovechan antes de entrar a trabajar o, en el caso de los que tienen horario intensivo, el descanso de 20 minutos estipulado en el convenio laboral. Es el momento de fumar y el lugar preferido, el bar, acompañado muchas veces de un aperitivo.

En algunos casos, la ley no parece fomentar las relaciones entre fumadores. "Es que nos vamos de forma disimulada, porque se pueden mosquear los jefes. Cada uno sale casi a hurtadillas", afirma Carmen, trabajadora de una oficina. "Se ha convertido en algo incómodo. Tienes que salir a un sitio que hace frío, fumar a toda prisa y volver. Se ha acabado el placer de fumar", agrega. Aranzazu, otra bilbaína empleada de un edificio de oficinas, debe bajar siete plantas dos veces cada mañana, a las 10.00 y a las 12.00. "Y te encuentras con que los compañeros que no fuman se quejan de que tengas ese tiempo libre".

Una empresa pública, radicada en Bilbao, elaboró una tabla con los minutos de trabajo perdidos que supondría que los trabajadores se ausentasen para fumar y ha decidido prohibir la salida para consumir un cigarro, porque los resultados indicaban que se perdía casi un mes de trabajo. En la Gran Vía de Bilbao, la principal calle, se ve a más gente de pequeños comercios fumando en la vía pública que a los empleados de El Corte Inglés o Iberdrola. En la Universidad pública vasca, ubicada a 15 kilómetros de Bilbao, el cambio ha sido brusco al desaparecer la estampa de alumnos fumando en pasillos y la cafetería. "Ha servido para que no tengas que hacer cola en la cafetería para pedir un refresco o un pincho", afirma un universitario.

Una limpiadora recoge colillas mientras otra mujer fuma en la vía pública en Madrid.
Una limpiadora recoge colillas mientras otra mujer fuma en la vía pública en Madrid.LUIS MAGÁN
Fumadores en la calle en la zona de oficinas de Azca, en Madrid.
Fumadores en la calle en la zona de oficinas de Azca, en Madrid.GORKA LEJARCEGI

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 21 de enero de 2006.

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