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Tribuna:

El regreso de King Kong

A Pedro Almodóvar

El cuento La Bella y la Bestia está incluido de El almacén de los niños, uno de los libros que Madame de Beaumont escribió en el siglo XVIII para educar y deleitar a los pequeños. Su fuente literaria hay que buscarla en las páginas de El asno de Oro de Apuleyo, que a su vez no hace sino recrear el mito griego de Eros y Psique. Eros y Psique se encuentran en una cueva, donde tienen lugar sus raptos de amor. Hay una condición: ninguno de los dos debe tratar de saber quién es el otro. Pero Psique esconde una lamparita en sus vestidos para poder ver a su amante mientras duerme. Eros la descubre y la castiga alejándose de ella para siempre. Y los dioses compadecidos de su desgracia la transforman en una mariposa. Es un cuento que habla de la sutil diferencia entre el reino del deseo y el reino del amor. De hecho, Psique, al encender su lámpara, representa el deseo de conocimiento de todos los amantes del mundo. "¿Quién eres?", es la pregunta fundacional del amor. Jean Cocteau hizo en los años treinta una hermosa película sobre este cuento, y nadie que la haya visto podrá olvidar el deambular de la Bestia frente al dormitorio de Bella, y su doloroso asombro porque se hubiera abierto paso en él esa pregunta acerca del otro que todo lo cambiará. Pero la Bestia finalmente tenía su recompensa pues no era sino un príncipe encantado al que el amor lograba devolver su verdadera faz.

Nada de eso sucede en King Kong, para el que no hay redención posible ya que su única faz es la faz monstruosa de la naturaleza. Siempre he pensado que las escenas de la cueva, en que King Kong se detiene a contemplar a la diminuta Fay Wray, que patalea asustada en su mano, guardan una de las imágenes más hermosas concebidas por el hombre para expresar la imposibilidad última del amor. La película de Cooper y Schoedsack se abría con un proverbio árabe: "La Bestia miró la cara de la Bella, y detuvo su mano. Y desde ese día estaba muerta". Y éste, en efecto, es el significado último de King Kong, que el que ama tiene que morir. Peter Jackson ha aprendido esa dulce y terrible lección y ha hecho una película que prolonga y enriquece la original. Pero su aportación esencial no está en los deslumbrantes efectos especiales, ni en la perfección de las distintas escenas de acción, sino en su recreación del personaje femenino de la historia. De hecho, Fay Wray, la encantadora rubita de la película de los años treinta, no tiene comparación posible con Naomi Watts. Fay Wray se pasaba la película dando gritos y desmayándose, de acuerdo con una visión de la mujer no excesivamente estimulante que hacía de ésta poco más que un mero juguete sexual. Y es aquí donde el personaje interpretado por Naomi Watts supera a su modelo por mantenerse más fiel al cuento, donde Bella se vuelve hacia la Bestia y llega a amarla, según el dictamen de Chesterton, antes de que se vuelva amable. Peter Jackson no hace sino darle a King Kong alguien a la altura de su amor. Pues el amor, sólo se puede dar entre iguales. Mejor dicho, es el esfuerzo de igualdad entre los que son diferentes.

Este protagonismo del personaje femenino impregna la nueva versión del mito. Incluso las escenas de las feroces peleas, los momentos en que King Kong pelea con sucesivos enemigos con una sola mano, pues lleva a su delicada amiga en la otra, ilustran perfectamente de lo que acabo de decir. La pelea ya no es una lucha por la primacía o la supervivencia, sino una forma de proteger algo infinitamente valioso. Como si Peter Jackson quisiera decirnos que lo que debemos mirar no es la pelea en sí, sino el milagro de ese cuerpecito que gracias a King Kong sigue vivo como una llama azotada por la tormenta.

Porque lo que le pasa a King Kong es que ha abandonado el reino del deseo para ingresar en el del amor. Las diferencias entre uno y otro son sutiles pero decisivas. El reino del deseo pone el énfasis en el sujeto que desea; el del amor en el objeto deseado. El mundo del deseo se confunde con el apetito, y en él la pulsión preexiste al objeto. Tenemos hambre y buscamos algo que comer. Es verdad que hay cosas más apetitosas que otras, pero eso no oculta que es nuestra hambre la protagonista de lo que sucede. Vemos una hermosa manzana y tendemos la mano para cogerla. En el reino del deseo el protagonista es nuestro apetito; en el del amor, y esto es lo verdaderamente extraño, la manzana.

Y eso es lo que le pasa a King Kong. Se topa con la muchacha encadenada y en vez de devorarla, como ha hecho otras veces, se queda perplejo mirándola. Es lo que sucede en los cuentos, donde nada es lo que parece y hay que detenerse a escuchar. Como si hubiera algo intocable en los seres que amamos, algo de lo que no cabe apropiarse; y el amor fuera aceptarlo así. Como si el amor se nutriera por igual de la presencia y de la renuncia. Y por eso las escenas finales en Nueva York son como una larga despedida, una despedida semejante a las que hacen a los amantes prolongar en los andenes sus besos y caricias sabiendo que de un momento a otro se tendrán que separar. Creo que estas escenas son uno de los poemas de amor y muerte más hermosos que se han rodado jamás. Me atrevería a decir, que están a la altura de aquella secuencia última de Gertrud, la película de Dreyer, en que se nos dice que no hay felicidad en el amor, que el amor es sufrimiento, es la desgracia. Y nunca ha habido un amante más tierno y desgraciado que King Kong. Y por eso Peter Jackson, en un gesto de justicia poética que sólo los grandes artistas son capaces de realizar, regala a King Kong ese instante de gloria que sin duda merece que es la escena del lago de Central Park helado. Los momentos en que King Kong y la chica juegan por primera vez, constituyen una de las escenas de amor más hermosas de la historia del cine, y bastaría por sí sola para hacer de esta película una película eterna que nunca morirá. ¿Lo hará este tipo de amor? No lo sé, pero si es así, a las generaciones del futuro les bastará con detenerse ante esta película admirable para saber cómo fue el amor en el siglo que acaba de terminar. Y nadie lo representa mejor que Naomi Watts. Por eso no sólo se niega a participar en el degradante espectáculo del teatro, cuando se muestra a un King Kong humillado y vencido, sino que será ella la que vaya a su encuentro cuando se escape, sembrando a su paso el pánico por las calles de Nueva York. La que llegará hasta la cima del Empire State, para encontrarse con él y protegerle. Aquí, es ella la activa. Corre, busca, quiere llegar a King Kong, como la más fervorosa enamorada. Merece figurar en la lista de las más excelsas amantes, junto a Julieta, junto a Eloisa, junto a la hermosa Melibea,junto a Isolda. Aun más grande que ellas, pues su amor está condenado, por su radical desigualdad, a no ser posible. Y ésa es la apuesta suprema de esta película: resolver esa desigualdad. Algo que se hace patente en la última y estremecedora escena, en que la mirada de Naomi Watts se cruza con la de un King Kong a punto de precipitarse al vacío. Y en el que ambos se dan cuenta de su radical semejanza. "A los dos nos pasa lo mismo, aunque no sepamos lo que es". Ése es el descubrimiento de todos los amantes del mundo. Por eso el amor se confunde con la muerte, que es la gran igualadora. En realidad, King Kong no hace sino estar muriéndose desde el comienzo de la película. Nadie era más poderoso que él, hasta que aparece Naomi Watts. Entonces todo cambia y en ese reino de ferocidad suprema que es la isla de la Calavera se abre ese espacio minúsculo de la dulzura. Pero pocas cosas hay más terribles que la dulzura, ya que en ella siempre se oculta la idea de la renuncia. La vida para Naomi Watts es el barco, su carrera de actriz, el éxito, su amor con el escritor; de la misma forma que para King Kong la vida es su vecindad con los indígenas, las muchachas que le entregan en sacrifico cada luna llena, sus luchas jubilosas con los otros seres de la isla. El espacio de lo propio, el culto a la voluntad. Pero entonces sus caminos se cruzan y ambos toman una senda nueva, de extravío y dulzura. Y algo nos hace desear que la recorran hasta el final. Y al hacerlo nos entregan el descubrimiento tal vez más dulce y terrible que nos está reservado a los hombres: que el amor es lo que no podemos tener de la vida.

Y es verdad que el fin de King Kong nos causará una pena infinita, y que al terminar la película estaremos con el alma encogida por su fracaso, pero no lo es menos que muy pronto nos habremos dado cuenta que no ha habido criatura más afortunada que él. Nadie, en efecto, fue más feroz cuando tenía que defender lo que amaba, ni más tierno y gracioso en las escenas de amor. Aún más, tuvo un privilegio que ninguno de nosotros alcanzará jamás. Un poema de José Jiménez Lozano dice: "Pequeño gorrioncillo, has sido dinosaurio. / Te doy las gracias / por ser ahora tan minúsculo". Ése fue el privilegio de King Kong: que la persona amada le cupiera en la palma de la mano. Ninguna de nuestras victorias en el amor se podrá comparar nunca a esa delicada victoria.

Gustavo Martín Garzo es escritor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de enero de 2006