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COLUMNA

El techo

Me refiero a esa barrera invisible que frena el acceso de las mujeres a niveles de alta dirección en sus trabajos y que se ha dado en llamar "el techo de cristal". Ocurre en todas las profesiones y, como es previsible que acabe rompiéndose, que se vaya difuminando poco a poco, es igualmente lógico que produzca más de un quebradero de cabeza en las cúspides del sistema; y como no se debe dejar el porvenir a merced de la improvisación, es un asunto a tener en cuenta. Ya sea por motivos políticos, económicos o intelectuales, la Fundación de Estudios Financieros, por ejemplo, lo estudia con el fin de conocer la influencia que ejercería la presencia de la mujer en los consejos de administración de las grandes sociedades y piensan que es positivo.

Conociendo ligeramente el tema y para saber por dónde iban ahora los tiros, he leído tres opiniones largas y serias, entre ellas una ponencia que Joaquina Lafarga presentó en Sevilla en un congreso sobre la mujer en la ciencia y la tecnología y que ella lo trata desde la toma de decisiones empresariales. Me interesó y me asombró porque, tras obtener datos de 1850 empresas con más de 250 trabajadores, resulta que, según los que están encima del techo, las mujeres no quieren o no pueden llegar a ser directivas por cinco motivos: el primero es la falta de formación, que parece ironía porque son mayoría en Administración y dirección de empresas, en Derecho y en Investigación y técnica del trabajo; a la par en CC Actuariales; un 46,57 % en Economía, y muy minoría en carreras técnicas y CC del deporte que no parece lo más adecuado para la administración de sociedades. El segundo se refiere a las preferencias personales por otras profesiones con su propio techo de cristal, claro. El tercero es la falta de capacidad de liderazgo, resolución de conflictos y otras técnicas propias de directivos que, por lo visto, no enseñan a las mujeres. El cuarto y más conocido, la dificultad de conciliar la vida profesional y la familiar, debe ser porque ellos las concilian de maravilla. Y el quinto y último, que es la cuestión cultural, quizá se refiera a lo de tener menos ambición y competitividad que los hombres, a lo que no tengo nada que añadir.

Digo yo que de todo ha de haber en todas partes para vivir mejor y más contentos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 20 de diciembre de 2005