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Reportaje:[33] MALOS DE LA HISTORIA

Asesinos de miedo

El sacamantecas, o el Hombre del Saco, o Camuñas. La rumorología popular ha bautizado con estos nombres a los asesinos crueles. Sacar las asaduras, chupar la sangre eran expresiones que aterrorizaban con sólo mentarlas. El auténtico Sacamantecas fue un labrador alavés, un descuartizador de mujeres sanguinario.

"Duerme tesoro

que viene el Coco

y se come a los niños

que duermen poco".

Esta siniestra amenaza no procede de ninguna leyenda de la España negra ni de una mente literaria distorsionada por drogas o enfermedades degenerativas. Es simplemente una canción de cuna. Los niños españoles, y yo entre ellos, fuimos acunados, en general por nuestra madre que nos cantaba con dulzura historias horripilantes. Con esto conseguían dos objetivos muy dispares. El primero era crear en nuestra mente una sensación de inseguridad, de peligro, con lo cual se suponía que el niño sería prudente y sumiso, obedecería a sus mayores para alejar el quimérico peligro de hallarse solo, abandonado por los suyos ante El Coco o cualquiera de sus prosélitos. Por otra parte, era bueno mantener el principio de autoridad en manos de los mayores pensando que así se alejaba a los pequeños de los auténticos peligros de la noche, y en general de la vida. Estas intenciones, más o menos sanas, se veían en realidad frustradas porque los pequeños, en general más impresionables que los adultos, se veían afectados por el terrible síndrome del miedo. Miedo, miedo a todo lo insólito, miedo a la noche. Era un paraguas protector para los pequeños y una tranquilidad para los mayores, que suponían que así sus criaturas no se alejarían de ellos, no se aproximarían a carreteras o caminos frecuentados por desconocidos y huirían como alma que lleva el diablo ante lo desconocido, fuese un vagabundo, un buhonero o un mendigo. Ahí los uniformes empezaron a adquirir un prestigio inmerecido. Por influencia materna, un guardia o un militar se veían exentos de cualquier sospecha de peligrosidad.

Esto por definición sabemos de sobra que es ridículo, pero respondía a una especie de consigna tácita, entre los mayores, de crear en el niño una sensación de seguridad ante la autoridad en contraste con los extraños, sobre todo, que parecían de condición modesta o iban pobremente trajeados. Los niños, generalmente, están menos preparados a afrontar situaciones insólitas: Un hombre que aborda a un niño en una calle oscura, quizá con la única intención de preguntarle por la tienda de la esquina o la ubicación de una iglesia, debía producir terror al chico y hacerle huir sin llegar siquiera a comprender lo que le han preguntado. A esto contribuían, por supuesto, la proverbial mala y escasa iluminación de nuestros pueblos y facilitaban las reuniones alrededor del fuego del hogar, las charlas bajo soportales o atrios, pero teniendo siempre a los pequeños más o menos a la vista. En nuestro país se tuvo muy poco en cuenta la opinión de los pequeños y se acallaba con una bofetada o un azote cualquier intento de escapar a esa obediencia rutinaria. Lo terrible para los mayores es que, como los pequeños nunca fueron especialmente estúpidos, muchos empezaron a darse cuenta de que las cosas no eran exactamente como se las contaban y que las amenazas de ser devorados si cruzaban la calle, aunque fuera sólo para comprar un tebeo, no se cumplían nunca. Si eran obedientes se quedaban sin tebeo, eso es todo. Había, pues, una rebelión soterrada entre los más audaces. Claro que había algunos malvados que de verdad abusaban de los niños, pero eran un número tan mínimo que los mayores para asustar a sus hijos tenían o que inventarse seres quiméricos como El Coco o buscar referencias foráneas -que por supuesto ellos no situaban en el mapa-, para que los pequeños no supieran si estas amenazas de perder las mantecas, la sangre o incluso la vida venían de tierras remotas -remoto era todo lo que no se situaba a menos de veinte kilómetros- o del vecino de al lado.

A pesar del natural y casi institucional miedo creado por los mayores, nuestros niños empezaron a tomarse esos peligros a beneficio de inventario. Durante siglos ha sido una lucha desigual, una lucha sobre todo intelectual, a pesar de que casi nadie intuía siquiera las consecuencias para la formación de los jóvenes de esa investigación al acojonamiento como prevención de males mayores. Así, con el miedo por delante, con la amenaza de la llegada inminente del Hombre del Saco para llevarse a los niños a unas cuevas sórdidas donde serían devorados lentamente, donde les sacarían la sangre y las grasas, pensaban conjurar los peligros reales -que el niño tirara una piedra al ventanuco del vecino, o se comiera las manzanas del huerto cercano-. Pero llegó un momento en que estos monstruos imaginarios empezaron a perder prestigio. Esto sucedió cuando las cabecitas pequeñas pero pensantes fueron conscientes de la poca veracidad de esas amenazas. No había ninguna referencia seria de que un niño real como nosotros fuera devorado por el simple hecho de comerse las manzanas del vecino, romper un cristal o dormir poco.

Y sin embargo esta amenaza, y otras muchas que han sido espada de Damocles para la tranquilidad del pobre infante hispano, existen desde tiempo inmemorial. El Coco no es otro que el Hombre del Saco, el Tío Camuñas, El Bute (hombre del saco andaluz, de gran prestigio entre los niños de la provincia de Granada, sobre todo), el Tío Saín y el Tío Garrampón (creaciones levantinas), y otros muchos de mayor o menor importancia, pero que en general no son sino una repetición ligeramente adaptada a la región o a la ciudad en que se situaba a esos malvados. Todos ellos, menos quizá El Cortasebos, carecen del menor encanto literario. Son en general gente tosca, brutal, incapaz de originar una leyenda e inspirar a un Hoffmann, Poe o hasta nuestro modesto pero no menos aterrador Gustavo Adolfo Bécquer. Todos ellos proceden del acervo popular más tosco, empecinado en la creación de asustadores folclóricamente posibles. Forman parte de nuestra terrible leyenda negra, tan dada a la carnicería, a la casquería casi, como siniestro precedente del gran Guiñol francés o el más retrogrado cine gore. El Cortasebos, un Sacamantecas extremeño, es posiblemente la única de las variantes del monstruo devorador de criaturas que fue inventado por una imaginación algo más sutil. Es un fantasma, el fantasma de un agricultor que robaba a los niños porque él nunca los tuvo, era estéril y esto le producía los mayores traumas. Salía a las doce de la noche, la hora de los espíritus, en busca de niños que se hubieran portado mal y les sacaba la sangre y las mantecas. Puede que estuviera inspirado en una leyenda ligeramente más plausible, "la del coche de la sangre". En ésta, unos seres diabólicos recorrían páramos y bosques en una sanguinaria búsqueda de niños perdidos o simplemente durmientes y les chupaban la sangre, se la extraían para dársela al hijo tuberculoso de algún rey o de una familia muy rica, con el pensamiento de que la mezcla de la sangre corrompida de los nobles y la sana de los vasallos curaría o al menos aliviaría las enfermedades de los poderosos. De paso, convenía crear el terror entre los pobres niños para que éstos se quedaran en casita y no se atrevieran a la menor travesura. Esto originó las bandas de adolescentes conjurados en la defensa del grupo contra la perfidia de los mayores. Incluso las mujeres participaron de esta reacción. Las más fuertes y con sentido corporativo fueron las monjas, que se encerraban a cal y canto en sus conventos, prestas a defenderse de todo Hombre del Saco, de todo Camuñas o Sacamantecas que se acercara por allí.

La verdad es que ninguno de estos seres tenía el menor soporte real, ni siquiera el perfume de lo legendario. Eran malvados para andar por casa; crueles asesinos, eso sí, pero sin el menor valor literario. Es curioso que en un país tan imaginativo artísticamente -pensemos en la pintura negra de Goya, en Solana- los asesinos hayan sido siempre tan torpes, tan poco creativos. Los crímenes españoles tienen casi un argumento único: hombre embrutecido que descuartiza a su parienta por celos o en un momento de cólera insuperable -debido, eso sí, a razones fútiles-. Al cabo de unas horas, este salvaje se suicidará despeñándose o colgándose de un árbol. Con lo cual, no se precisa de la menor indagación, no tiene misterio. Y ese es el drama del crimen español. No tiene misterio, es un hecho violento y no responde en general a ninguna creación maligna ni siquiera a la menor sutileza intelectual. Así pues, nuestros Sacamantecas fueron, casi seguro, producto de la invención popular para asustar a los pequeños de la casa. No era el Sacamantecas, sino los diversos Sacamantecas, con nombre gallego, vasco, catalán, bable o castellano, quienes con las pequeñas variantes localistas eran los encargados de alimentar y distribuir los terrores populares. Creo que el último de ellos, cronológicamente, fue el Sereno, un personaje ya desaparecido de nuestras calles, pero que supo como pocos congeniar la ley y el terror. En principio era un hombre de autoridad muy limitada, un peripatético de la noche en ciudades y pueblos, un solitario y misterioso individuo que, armado solamente de un chuzo (una especie de estaca coronada por un agudo pincho), era encargado por las autoridades municipales de mantener la ley y el orden en la noche, aunque también era empleado muchas veces para otros menesteres más simples, como dar la hora a grito pelado, rompiendo el silencio y despertando a más de un ciudadano; de anunciar (por cierto, mucho mejor que el hombre del tiempo actual) la temperatura aproximada y cualquier inclemencia climatológica; de avisar al médico cuando alguien se ponía a parir (en sentido figurado y también en el más realista), y de velar, en fin, por la seguridad y la calma. La verdad es que esto último no lo cumplía estrictamente. La mayoría de ellos apestaban a vino, mistela o cazalla, según la región, y aunque su misión era también la de abrir la puerta a los vecinos de su sector, no siempre encontraban la cerradura. Este hombre, este auténtico guardaespaldas, modesto y casi siempre servil, vivía de una ridícula remuneración mensual y de las propinas y regalos de los vecinos. Ni que decir tiene que la presencia del sereno producía inquietud y hasta miedo a los niños, con su guardapolvos grisáceo o azul, según la región, y su gorra, amén de su lanza de andar por casa. A menudo era espectacular, teatral, cuando daba un golpe en el empedrado con su chuzo y anunciaba: "Las tres y media y sereno", su voz resonaba en las calles vacías y seguro que muchos niños perdían el sueño después de su deambulante pasada. Este sereno era un Sacamantecas en ciernes para los críos de la vecindad, que creían que su misión principal era la de acogotar, lancear y asesinar a los niños desobedientes o díscolos con la anuencia de sus progenitores. No sé por qué tradición secular los serenos eran asturianos o gallegos y hablaban con un fuerte acento. No estaban preparados en gimnasios o academias, pero tenían una mala leche que compensaba estas carencias. A golpe de chuzo podían dejar fuera de combate a todo tipo de delincuentes por peligrosos que éstos parecieran. Pero un solo individuo, por bruto que fuera, no podía resistir largo tiempo, apenas armado, y mal alimentado. El mal, los terrores, fueron acrecentando sus poderes y los hombres del saco se adueñaron de la situación.

Corrían cada vez más historias espeluznantes, de sacamantecas, chupasangres y otras lindezas. Seria muy difícil dar una entidad humana a estos personajes de pesadilla si no fuera porque uno de ellos se humanizó, se concretizó en un hombre de carne y hueso. Por una vez la leyenda precedió a su fundamento real. Se tenía noticia de sujetos que asesinaron a personas para extraer manteca, cosa que ocurrió muy frecuentemente en tiempos de la Inquisición y hasta bien entrado el siglo XX, y si se asustaba a los niños con ellos era para evitar que se acercasen a los desconocidos. Eran hombres que encargaban a otros matar a niños lustrosos y hasta alguna mujer y luego les extraían la sangre y la manteca para venderlas. (La última versión conocida de esta figura tan genérica como siniestra es El Sereno).

Ha habido en España candidatos al Oscar de los horrores en todos los rincones de nuestra tierra, pero ninguno como un verdadero creador del crimen artesanal: el alavés Juan Díaz de Garayo y Argandoña, que se hizo un puesto de honor en la crónica negra, no sólo del País Vasco sino de España entera. No se trataba de ningún gañán abotargado, de ningún cerebro minus desarrollado. Había nacido en Eguilaz en el año 1821, y su carrera de crímenes, en cierta manera muy similar a la de Jack el Destripador, fue, sin embargo, mucho más larga y generosa en cuanto a su cantidad y también a su ensañamiento. Él se convirtió, con toda justicia, en el auténtico Sacamantecas, un ser mitificado en coplas de ciego y otras leyendas populares. Era labrador y fue el asesino en serie más importante del país, con la excepción del Hombre Lobo de Allariz, Manuel Blanco. Durante casi diez años, Juan Díaz cometió por lo menos 10 crímenes probados, aunque se supone que debieron ser muchos más. Nunca salió de su región. Y en ella asesinaba, siempre a mujeres. A diferencia de otros criminales más selectivos o de gustos más refinados, Juan Díaz de Garayo responde perfectamente al esquema del asesino impulsivo que mata indiscriminadamente a viejas y jóvenes, ricas y pobres… bastaba que fueran mujeres. Era un hombre de complexión fuerte que elegía sus victimas obedeciendo casi siempre a un estado de excitación criminal que le convertía en un verdadero depredador.

Su primera víctima conocida fue una prostituta de muy modesta condición, una ramera callejera. Fue abordada por el asesino y ambos discutieron durante un momento sobre el precio. Garayo ya era un hombre mayor de cincuenta años y no precisamente un tipo desenvuelto u ocurrente. Al no llegar a un acuerdo con la mujer, él, que se había ido excitando durante la discusión, se lanzó sobre ella y la estranguló. Después se llevó el cuerpo hasta un lugar apartado y allí lo violó y sodomizó. Durante el proceso, años después, los jueces no encontrarían ningún atenuante en los actos de Garayo. Se dictaminó que no se había apoderado de él ningún impulso invencible, ninguna locura transitoria que nublara su mente llevándole al crimen. Estaba excitado, sí, pero habría podido vencer sus impulsos si así lo hubiera querido. Parece ser que, como colofón a su crimen, abrió el vientre del cadáver y eyaculó una segunda vez sobre el mismo. Así fue la primera vez y así fueron las siguientes. Su sistema, si es que se puede hablar de sistema, era siempre el mismo. Abordaba a las mujeres en cualquier sitio solitario, las forzaba y las asesinaba sin la menor piedad. Con el transcurso del tiempo sus crímenes se fueron haciendo más monstruosos, incluyendo el desgarramiento de las entrañas de la victima, la mutilación -para la que usaba un cuchillo de monte para cazar osos-. Cuando había terminado con ellas, abandonaba los cuerpos en el bosque y no había en él el menor rastro de piedad, de arrepentimiento. Parecía alguien ignorante del daño irreparable que producía a cada vez que se dejaba llevar por el impulso de sus deseos. Era como una bestia humana.

El tiempo que transcurría entre sus crímenes parece que la vida de Garayo era normal y aburrida. Se casó en cuatro ocasiones y sus matrimonios fueron cada vez más frustrantes para él. El primero, con una viuda del lugar apodada la Zurrumbona, fue el más duradero y él vivió un periodo de paz, dedicado a las labores del campo y a la caza. Pero al cabo de 13 años, tras la muerte, en circunstancias extrañas, de la Zurrumbona, Garayo inició su carrera sangrienta. El espacio entre sus crímenes se fue acortando lentamente. No hay ninguna prueba de que él asesinara a sus siguientes esposas, aunque al menos dos de ellas murieran en circunstancias extrañas. Pero eso no levantó sospechas razonables entre los habitantes de la zona y mucho menos entre la escasa representación de la justicia -una pareja itinerante de la Guardia Civil-.

Sin duda, envalentonado por su siniestra impunidad, Garayo continuó su terrible carrera dejando rastros y pistas que apenas se preocupaba en ocultar. Sus víctimas seguían siendo siempre las mismas: mujeres pobres, solitarias, viejas o jóvenes. Asesinó y se ensañó también con algunas jovencitas, pero era realmente una fiera, cuyo placer era la satisfacción de sus instintos menos sexuales que fruto de una profunda crueldad. Varias veces estuvo a punto de caer en manos de la justicia, atacando en pleno día a sus victimas. Algunas lograron escapar, pero daban unas descripciones tan horribles y exageradas que no conducían a esclarecer la personalidad del delincuente. Fueron nueve años de terror en la región del llano alavés. Por supuesto que desde el primer asesinato el pueblo comenzó a darle el sobrenombre del Sacamantecas, concretizando los miedos atávicos del acervo popular. Y un día, sin una razón aparente, sin una pista seguida con cierta inteligencia, o al menos oficio, por aquellos pobres servidores de la ley, Garayo fue descubierto por una niña a quien no había visto en su vida. Sin duda, en la cabeza de la criatura era la representación perfecta de sus pesadillas. La chica le señaló gritando: "¡Ese es! ¡Es él, el Sacamantecas!". Eso originó una reacción de las gentes del pueblo y que Garayo fuera interrogado y que la policía descubriera, al hacerle algunas preguntas más o menos acusatorias, que él se derrumbara y confesara sus feroces crímenes. Fue juzgado con bastante rapidez y ejecutado por garrote vil, esa versión ibérica de la horca o la guillotina, pero diez veces más cruel y espantosa.

Juan Díaz de Garayo es un caso claro del asesino cruel, sin freno de ningún tipo, que hiere, descuartiza y mata por puro placer. Sus rasgos, que ayudaron sin duda a que la niña denunciante reconociera en él la plasmación de sus miedos, responde perfectamente a lo que Lombrosso define en su libro L'uomo delinquente (El hombre delincuente) como la tipificación física del criminal. Sus teorías -se le considera el padre de la antropología criminal-, así como las de sus seguidores y discípulos, Ferri y Garofalo sobre todo, pretenden que el criminal en estado puro tiene una morfología especial, que la causa de su maldad está en parte determinada por la estructura de su cráneo: frente breve y huidiza, cerebro pequeño, casi como un hombre de Neandertal, en quien la evolución no se ha completado. Esos individuos no serían, pues, seres libres, ni dueños al cien por cien de sus actos. No serian, entonces, culpables. Habría, eso sí, que encerrarlos por su peligrosidad, pero nunca ejecutarlos por sus actos exentos de libertad.

Estas teorías, cuya vigencia duró mucho más tiempo del presumiblemente lógico, sí ayudaron en casos muy concretos a completar el retrato de los asesinos en primer grado. Las teorías de Lombrosso son hoy inadmisibles, Sobre todo en sociedades evolucionadas; sin embargo, en nuestro país y en el medio rural del siglo XIX sirvieron para que inconscientemente una niña, que posiblemente no se había liberado aún de su memoria cósmica, ayudara a cazar a uno de los más siniestros y repugnantes asesinos de nuestra historia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de noviembre de 2005