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COLUMNA

'Nosaltres, ex valencians'

Seis buenos escritores, seis, como en los mejores carteles taurinos, acaban de lidiar el gran desafío ontológico que tanto nos priva: quiénes somos, cómo nos va, qué nos pasa, dónde vamos en tanto que colectivo social históricamente decantado en una incierta, o al menos disputada, identidad. El resultado de sus reflexiones ha sido una obra editada por L'Esfera dels Llibres y titulada Nosaltres, ex valencians. Catalunya vista desde baix. Unas páginas pensadas -principalmente- para los catalanes, pero que con tanto o más provecho habrían de ser consumidas por el vecindario indígena a modo de mortificación y penitencia, con intervalos de buen humor, teñido en ocasiones de fatalismo.

Esta columna no es -y lejos está de pretenderlo- una crítica del texto y dudo que pueda juzgarse como una exégesis. Diría que es la mera noticia de una apostasía escrita y publicada por unos tipos agobiados por el país -valenciano- en que viven y desesperanzados después de los trabajos y la pasión que le han dedicado a lo no tan corto de sus vidas. La verdad es que se trata de un libro de amor amargo y lúcido como sólo puede escribirse desde una óptica de izquierdas, esa que es capaz de tragarse los sapos, si falta hace, hasta que se convierten en cuestiones indigestas. Entonces las regurgita a modo de expiación y las expone en negro sobre blanco, a menudo sin piedad. La derecha no tiene necesidad de torturarse con estos ejercicios. Lo tiene todo bien claro y vive feliz en su pasmoso simplismo.

Siendo media docena los autores, aunque con un solo tema en el bastidor, el rendimiento resulta desigual y no de todos se exprimen las mismas conclusiones. Queremos decir que son seis, pero no son clónicos. Sin embargo, y a riesgo de ser desmentido, hay algunas notas transversales que pueden ser compartidas. La primera es la fatiga por la búsqueda de una identidad -¿nacional, nacionalitaria?- que ni ha cuajado ni lleva visos de ser algo diferente a la blavera y tronitronante. Quizá convenga aceptarnos como somos, que apunta uno de los autores, o resignarnos a "l'embolic como una manera de passar per la vida", que receta otro. Al fin y al cabo, no se percibe ningún proyecto político de mayor alzada para integrarnos en el mundo -digamos la Europa emergente- que se está diseñando.

Por demás está anotar que otra nota común es el pesimismo, apenas disimulado por la causticidad. Y no se trata de un desánimo decantado por una atonía económica, que no existe por ahora, sino todo lo contrario si nos atenemos a las constantes vitales alentadas por el expolio del territorio. Se refieren los autores a la lenta pero inexorable desaparición del debate público, a la dimisión -dicen- de los intelectuales, marginados por gusto o por fuerza. De qué intelectuales hablan es una pregunta en el aire, aunque por sí misma propiciaría un debate, ese que nunca se dará en la televisión valenciana mientras sea gobernada por el PP, por lo mismo que este libro tampoco será objeto de su atención.

Y una objeción: ¿por qué convierten al editor Eliseu Climent en el bouc émissaire de tantas desdichas del país? Sabiendo cuán arduo es sacar adelante una empresa cívica en estos páramos, asombra el palo que se le administra a quien ha conseguido mantener vivo el fuego que, entre otras consecuencias, ha fundido los moldes que alumbraron este libro e incluso a sus autores. ¡Qué empeño en matar al padre!

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 27 de octubre de 2005