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Reportaje:

La mirada de los abuelos

Les dieron unas cámaras y clases de fotografía durante un año para que documentasen lo que quisieran. Dieciséis ancianos catalanes explican así su mundo, la mirada de la vida cuando parece que ya está visto casi todo. Ahora muestran sus trabajos en una exposición.

Con la mirada ya medio gris por los más de setenta y pico años como media, acostumbrados a figurar y contar poco, y a no fijar la vista -quizá porque dicen haberlo visto todo-, 16 mayores del Casal de Gent Gran de Gracia, Barcelona, se vieron de repente con una cámara de fotos entre sus manos convertidos en reporteros. El reto: contar lo que ellos quisieran. No eran cámaras profesionales; eran restos recogidos por la Fundación Photographic Social Vision para un proyecto que en principio pretendía que esos nuevos fotógrafos, que en vez de en Vespa iban en silla de ruedas o se movían con dificultad y tenían problemas de visión, documentasen su realidad.

No había más órdenes por parte del equipo organizador que terminar semanalmente un carrete de 32 fotos que ellos facilitaban. La cita: todos los viernes, durante nueve meses, de cuatro a seis de la tarde en una de las habitaciones de la residencia catalana. Allí, el corazón del equipo instructor, Caro García, la inspiradora y alma de la idea; Mara Lethem, Mireia Plans, Antoine Passerat y Óscar Castillo, cinco fotógrafos profesionales y una redactora, Mar Abella, que documentaba todo el proceso. Todos voluntarios, primero veían y comentaban los trabajos; luego, según cuenta Caro García, iban descubriéndoles nuevos asuntos y realidades sobre los que posar la mirada. En el curso, abierto a cualquier mayor y totalmente gratis, no había ningún requisito previo y en él se juntaron ancianos que jamás habían disparado un clic con otros con una trayectoria fotográfica.

Para Cervera, fotografiar el miedo fue pedirle a la enfermera que lo retratara a él sentado en el sillón del dentista

"Hay que tener paciencia para hacer fotos, como cuando se va de pesca, que se trata de esperar hasta que pican"

"Lo único que pretendíamos con esta experiencia era enseñar que la fotografía no es la cámara, sino el ojo"

A Agustí Chivas, uno de los alumnos, hay que arrancarle las palabras. Le da vergüenza contar, pero no importa: por él hablan sus tomas. Uno de los trabajos que ha desarrollado durante el curso ha sido la chaqueta de su nieta, un proyecto que empezó a fotografiar cuando su mujer desmadejó el ovillo de lana verde y cogió el primer punto sobre las agujas. La última instantánea es la pequeña chaqueta perfectamente colocada y encuadrada sobre las baldosas del suelo con los botones a punto de hilvanar. Hay magia en la colocación de la prenda, en el cuidado de la luz, en el mimo de ir poniendo botón a botón sobre el tejido hasta tener la imagen a inmortalizar.

Hablan también sus pies sobre unas zapatillas viejas en primer plano que fotografió cuando el encargo de la semana fue retratar lo primero que vieran cuando se despertaran. Chivas, todavía con sueño, se sentó y fotografió eso que antes que nada le saludaba.

Cuando a Josep Cervera le tocó fotografiar el miedo, lo resolvió pidiéndole a la enfermera que le sacara sentado en la silla del dentista: serio, muy serio, de chaleco, corbata y cara circunspecta. La imagen grita miedo, el suyo, y desconcierto, el de las otras enfermeras que le acompañan testigos del trance odontológico. El amor lo retrató Nieves en la playa. "Salí a hacer mis deberes con la cámara y encontré la foto. Había una pareja gay con una niña: nada más; en ese instante estaba todo. Sólo tuve que acercarme, pedir permiso y agacharme a su altura", explica orgullosa y profesional al recordar cómo les contó que estaba en un curso de fotografía y que "buscaba momentos". La soledad fue resuelta con la imagen de un cementerio al atardecer, "con el sol yéndose y con una chica de espaldas. Había también hojas en el suelo", rememora Nieves de Abajo, su autora.

Cuando le tocó el turno a la lujuria hubo sobre todo risas. Ese día José Saboya tuvo que correr para salvar su pellejo, cuentan los abuelos. Se acercó a una de las zonas de prostitución de la Ciudad Condal con la intención de quedárselas, aunque fuese en la cámara, pero no tuvo éxito. "El pescador", como lo denominaban los profesores, fue otro de los ejercicios que más expectación causó. "Nos explicaban que hay que tener paciencia para hacer fotos, como cuando se va de pesca, que se trata de esperar hasta que pican; en este caso, hasta que llega el instante", explica Agustín, aficionado a la pesca y que tras el curso reconoce su tendencia a retratar agua, fuentes y agua. "Estuve una hora en una plaza, sentado en un banco, con la cámara apoyada en las rodillas, o caminando con la cámara en las manos, sin mirar al objetivo, como los paparazzi, soltando el dedo. Así, sin más. Y sí pasan cosas. Tú sólo disparas y salen cosas, salen caras. Muchas son malas, pero siempre una queda bien", comenta Cervera.

Los autorretratos causaron un gran debate. El interrogante que surgió cuando vieron sus trabajos fue claro: ¿sigue siendo autor aquel artista que se inmortaliza y no aprieta el botón? Para muchos, quienes habían optado por pedirle a alguien ayuda para hacer el clic no eran válidos; para otros, sin embargo, contaban porque ellos habían dispuesto el set, la idea, luz… Bajo esa mirada, ¿valía la propuesta de Jordi Cucurull, que optó en este ejercicio por una serie compuesta por la cabeza de una escultura en un plato, unas manos sobre una lámpara y su cabeza saliendo por un círculo azul? Antonio Tomás se retrató en su silla sin él, pero con todas sus colecciones de sellos. Y en un segundo intento sobre el mismo tema, Tomás se hizo fotografiar con un gran interrogante de papel sobre su cabeza.

Tras muchas risas, críticas y horas compartidas viendo sus obras en la Casa de Abuelos, pasaron la primera parte del curso, la de soltarse y perderle miedo a la cámara. Pero ya una vez con menos miedo, el ojo más acostumbrado y con "práctica para que el dedo no se oxide" (según Áurea Riera, una de las participantes), el proyecto entró en el más difícil todavía, cada fotógrafo debía escoger un tema y desarrollarlo durante cuatro meses.

Valía todo… pero con intención. Se aceptaba retratar a las nietas, pero siempre que el tema fuese la relación que existía entre ellas y el fotógrafo, o entre ellas y su madre, o… Y de nuevo, como las cámaras, como los fotógrafos, los resultados fueron diversos. No todos asumieron el reto de la misma forma. El equipo de monitores dedicó muchas horas a sonsacarles qué les interesaba, qué veían diferente, dónde podían poner su punto de vista.

Áurea Riera fue de las que más tiempo y conversaciones mantuvo con el grupo de Photographic Social Vision hasta que dio con su tema: la vida de las mujeres jubiladas y activas. "Pensé que la mujer siempre trabaja; incluso cuando se jubila. Por eso no quise hacerlas en el mercado, ni cuidando nietos. No, la mujer no para. Y una de las cosas que descubrí es que a todas las gustaba que les hiciera fotos", advierte. Su visión desde el suelo, tumbada y captando todas las piernas hacia arriba, en forma de V, de las mujeres está llena de vida y humor, como ellas. La fotógrafa, antes peluquera, sabe que su reportaje vibra y de lo único que se lamenta es que el día de la sesión llevaba pantalones cortos. Así y todo, disparó. Ella es de las que duerme con la cámara, se chivan los otros abuelos.

A Pilar, apasionada por las plantas y flores, los monitores la ayudaron a que no descartara su afición, pero que, a la vez que las retrataba, reflejase el ciclo de la vida a la muerte. Florencio Carretero se perdió cuatro meses en los mercados y en su trabajo se ve su preocupación por la gente, sobre todo por los que vienen de otros lugares. "Al ver sus fotos tengo la sensación de conocerle mejor. Mira, todas son verticales, mira qué colores busca, en todas hay movimiento…", explica su mujer, Nieves, fotógrafa de cielos y nubes. Y preguntada sobre si su mirada ha cambiado con los años, es contundente: "Ahora hay tiempo para ver. Con 40 años tenía cinco hijos que sacar adelante, ¿de dónde iba a sacar el tiempo".

Nieves se dio cuenta de que siempre terminaba retratando cosas sin gente y descubrió que no hacía falta viajar ni una gran cámara para mirar al cielo. "Es como si me hubiera dado por mirar para arriba, por buscar y, además, desde mi balcón. He hecho muchísimas fotos: buscaba nubes, diferentes horas para retratar el cielo, contraluces, tormentas, contrastes, colores", narra orgullosa. Sobre su obra, el fotógrafo Antoine Passerat comenta que les sorprendió su delicadeza, haber llegado en unos meses a una enorme síntesis visual. Agustí Chiva descubrió con las fotos su ojo por la arquitectura, por las líneas, por el orden y por las estructuras.

"Nuestra intención al principio era conseguir un reportaje de cómo nos ven ellos a nosotros; cómo se ve la vida cuando ya casi ha pasado: queríamos algo así como un gran reportaje sobre cómo aislamos y marginamos a la tercera edad", cuenta Caro García. Ella fue la que lanzó la idea de pedir por Internet cámaras viejas y en desuso, máquinas en su mayoría regalo de primeras comuniones, sin zoom, y que como máxima tecnología brindaban flas y la posibilidad de quitar el rojo de los ojos. Los carretes fueron más fáciles de conseguir, una empresa les cedía cada semana carretes a punto de caducar, imposibles de poner en venta. El revelado fue la parte, economicamente, más difícil. A día de hoy deben 4.000 euros. Ese monto económico fue, entre otras cosas, lo que les hizo dar por finalizado el curso.

En cuanto al éxito de la iniciativa, dicen sobre todo haber aprendido. "Enseguida nos dimos cuenta de que cada uno tenía que expresar lo que quería. Y si nuestra idea era darles herramientas para contar, por coherencia tuvimos que dejarles hacer. Si Photographic (la fundación) quería enseñarles a hacer fotos, no podía decirles cuáles", termina. Antoine Passerat explica esa pequeña decepción que se llevaron por el sentido de mirón que tienen los fotógrafos. "Por nuestra profesión somos voyeurs, y nos intrigaba saber qué les interesaba a ellos, cuáles eran sus percepciones", comenta. Pero no, los nueve meses de fotografías de los abuelos huyen casi siempre de su intimidad. "A uno de ellos, cuando le hospitalizaron, le comentamos la posibilidad de que siguiese haciendo fotos desde la cama de su hospital, pero se negó en rotundo", aclara Mara Lethem.

El éxito para estos nuevos fotógrafos ha estado finalmente en conseguir que pensaran, que comprendiesen que no hay una respuesta ante lo que está bien o mal. Para la también fotógrafa Mireia Plans, lo más satisfactorio ha sido vivir la evolución de ellos, pensar que Nieves no volverá a mirar los cielos igual. Al principio, tras la primera salida "de excursión fotográfica" a un mercado, todos volvieron con las mismas fotos. Al final, eran capaces de reconocer al autor por su mirada, por el lenguaje particular de autor. Un cierto tipo de magia que hace que las cosas pasen, como el proyecto, y que invita a los organizadores, empeñados en retratar realidades desde un punto de vista social, a seguir soñando en el próximo, "ojalá sea nacional y ojalá con los abuelos como profesores", suspiran los creadores de la idea. Mientras, se dan pequeños gestos, como el donativo que les llegó en junio. Ese día alguien que había visto el anuncio de la fundación pidiendo cámaras se acercó a la organización con una Leica nueva. La donaba un hombre que quiso mantener su anonimato y sólo dejó su nombre para que le invitaran a la exposición.

"Se trataba de que jugasen, de que rompiesen los códigos de lo que es bonito y lo que no lo es. Nosotros no podíamos enseñar técnica: no teníamos equipos; lo único que pretendíamos era enseñar que la fotografía no es la cámara, sino el ojo. Y a veces lo hemos conseguido y otras no", confiesa Caro García.

El grupo de los 16 abuelos coincide en que antes del curso para ellos lo bonito era hacer la postal, aborrecida para los profesores que les han repetido mil veces que ése es trabajo de profesionales. Y con la lección así de aprendida reconocen también que acabaron sabiendo cuándo sus tomas iban a tener éxito entre los profesores. "Si eran raritas, acertabas", señalan de forma muy unánime. "Fotos no he aprendido a hacer; pero el curso me invitaba a pensar", confiesa Estrella Vázquez, que no entiende las dos fotos suyas que finalmente han sido seleccionadas y que serán expuestas y ampliadas en octubre en el Ayuntamiento de Gracia. "Han escogido dos fotos en las que no se ve nada. No lo entiendo: están totalmente desenfocadas", afirma resignada, aunque también contenta porque ese día allí estará ella, como su perra, inmortalizada y ampliada para siempre.

Estas fotografías pueden verse en el Ayuntamiento del barrio de Gracia, en Barcelona, hasta el 10 de octubre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de octubre de 2005