Crónica:LA CRÓNICA
Crónica
Texto informativo con interpretación

Más allá del Bulli

Siempre he pensado que los buenos restaurantes deberían tener un servicio de hamacas, o, mejor, de habitaciones; algo simple, funcional, para dar una cabezada y digerir tranquilamente. O para lo que le venga en gana a uno en esos momentos de ofuscación -o lucidez- etílica, que invitan a todo menos a coger el coche o a buscar un taxi. ¿Cómo sortear la "tolerancia cero" con un cava de aperitivo, un albariño para los entrantes, un potente priorat y una malvasía de Sitges? Difícil. Ignoro si los Mossos son dados a las estrellas Michelin, pero se conocen bastante bien dónde están situadas y de vez en cuando, cuando uno sale del restaurante envuelto en una nube, feliz y contento, pensando que ya lo han plumado lo suficiente, aparecen ellos y te devuelven a la realidad.

El mítico Bulli se halla en un paraje de acantilados desgarrados y chalets de veraneo donde recalan jubilados franceses

El año pasado, Ferran Adrià tuvo a bien incluirme entre los que degustarían sus excelencias culinarias. Mientras sorteábamos las curvas de Roses a cala Montjoi, me preguntaba cómo se las apañaban los clientes del Bulli para salir ilesos del trance. ¿Habría alguien que respetaría los consejos de la consejera Tura? ¿Era posible comer todas aquellas exquisiteces con agua mineral? Nunca sabré la verdad del resto de los clientes, porque a muchos ni los veía, pero debo decir que el regreso a Roses, y después a Cadaqués, donde me hospedaba, fue realmente duro. Para paliar tan desastroso final de la noche, este año, en que Adrià también tuvo a bien incluirme entre los 8.000 comensales de la temporada (sepan que las demandas ascienden a 400.000), me informé de las posibilidades que tenía cala Montjoi para poder pasar la noche sin los sobresaltos de las curvas y otros sustos mayores.

El Bulli está situado en una cala preciosa que forma parte del espacio protegido del Cap de Creus, aunque, en realidad, esta cala está ocupada por una ciudad de vacaciones que lleva el nombre de dicha cala. Yo no sabía qué era una ciudad de vacaciones hasta que lo vi en un anuncio de televisión: se trataba de muchas piscinas, muchas cascadas y muchas palmeras. Nunca creí que algún día llegara a visitar algo semejante, pero cuando reservé un bungalow en cala Montjoi no sabía de qué se trataba. Y era la única opción que tenía, a no ser que tuviera el yate esperándome.

Ir a cenar al Bulli es un espectáculo que ya comienza cuando uno deja Roses para subir la serpenteante costa del cabo de Creus. A la hora del crepúsculo, el cielo y el mar cogen un color dorado que borra la raya del infinito. La montaña es pelada, con agaves, chumberas y matas de romero. Parece el fin del mundo, pero de repente aparece una masía con una torre imponente y tres o cuatro cipreses, que es, precisamente, el árbol que no da sombra. Cuando la pendiente desciende, empieza un bosque de pinos. Abajo se ve cala Montjoi; en la cima, una fortificación en ruinas. El Bulli es lo primero que uno encuentra en la cala. De lejos parece un chalet de los años sesenta, estucado de blanco y rodeado de pinos, eucaliptos y agaves. De cerca tiene las pinceladas pertinentes de modernidad: un precioso jardín que juega con la pizarra del cabo de Creus. Pasamos de largo y nos vamos directamente a la ciudad de vacaciones. Nada que ver con cascadas y piscinas: aquí te prometen la felicidad a base de karaoke, squash, aeróbic, tiro al arco, minigolf, bingo, canoas, sardinadas y el espectáculo nocturno de flamenco. Aturdida por tanto movimiento, me voy directamente al bungalow, que son unas casitas encaladas y con ventanas verdes que recuerdan las casas menorquinas. Dentro hay dos camas juntas y un aseo completo. Fuera, un tendedor para las toallas o lo que sea. Aquí pasan el verano 600 personas: familias enteras y sobre todo parejas de jubilados, muchas de ellas francesas. Me cuentan que hay clientes de toda la vida, que la gente se conoce y que muchos llevan viniendo casi tantos años como tiene el complejo: 30. Hay un inmenso self-service y la gente llena los platos como si pasara hambre.

Si a uno le gusta caminar, lo mejor que puede hacer es llegarse al cabo de Norfeu, la punta más extrema de este paraje. No encontrará ni un árbol y lo que antes eran campos de pasto y viñedos ahora son matas de tomillo, romero e hinojo, algún cardo, olivos silvestres, lentisco... Vemos cala Joncols llena de bañistas; los yates, veleros y canoas que llenan toda la costa. Pasamos por una cueva de eremitas de la Alta Edad Media. Las piedras de la entrada recuerdan las paredes de pizarra del Bulli. El camino hasta la punta es largo, pero se avanza con más ánimo si uno sabe que le espera la cena en la que ha estado soñando todo el año. Ya en el cabo de Norfeu, divisamos la ciudad de vacaciones; al lado, rodeado de pinos, el blanco inmaculado del restaurante de Adrià. El crepúsculo se avecina: los entrantes y salientes del cabo de Creus parecen animales prehistóricos tumbados en el agua, con su piel gris y rugosa. Cuando llegamos al complejo la gente ya llena el self-service con sus platos en la mano. Da un no sé qué pasar de largo. Cruzamos la playa y en dos minutos entramos en el Bulli. Lo que allí se vive, si consideras la cocina un arte, es sublime, pero de esto ya se ha escrito mucho. Al cabo de cuatro horas, regresamos por el mismo camino. Todo es silencio. Nos sentamos en la terraza desierta, junto al mar. Las luces aún brillan en el Bulli.

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