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El diseño emergente salva Cibeles

El relevo llega con José Miró, Carmen March, Jorge Vázquez, Juana Martín y David Delfín

Mucho ha cambiado la jornada de los creadores emergentes desde el año pasado a hoy. Más serenos, con calidades diferenciadas y estilos divergentes, empiezan a tener seria conciencia de que son el relevo. Colecciones pensadas, unidad en el concepto y realizaciones de primera les avalan. Es el caso de José Miró, Carmen March, Jorge Vázquez y Juanjo Oliva. El debut de Juana Martín provocó división de opiniones; la transgresión tiene nombre: Carlos Díez. Al final, desfilaron Ion Fiz, Antonio Alvarado y David Delfín, éste con un alegato sobre la pena de muerte y el suicidio.

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La cuestión del nombre

Los desfiles dobles del último día de Cibeles han deparado sorpresas, casi todas buenas. José Miró (que se ha vuelto a hacer con el Premio L'Oréal al mejor diseñador), con un estrecho vocabulario y bastante economía de medios, hizo una colección breve, pero llena de buen hacer. Mientras Miró es el talento casi en estado puro, la cordobesa Juana Martín es un conglomerado de tópicos, una ofuscación en lo decorativo: el volante no es más que un recurso al que hay poner sustancia.

Carmen March tiene un sexto sentido para los tejidos, y su esmero se traduce en refinamiento: prendas muy bien hechas a las que se da tratamiento elegante llegando casi a lo clasista: denim esmaltado y tramado en oro, vestidos corte imperio, lacería, grandes vestidos inspirados otra vez por Vionnet y coherencia cromática vertical: champán, arena, crudos, chocolate. El gran detalle fue el bolso baguette abarquillado con la piel drapeada: un accesorio que no pasará de moda. Compartió desfile Jorge Vázquez con unas oportunas camisas, pantalones pirata y gabardina de cuadros vichy; destacó su tul bordado y los vestido de vestal.

Tampoco tuvo una colección redonda la alemana radicada en Madrid Anke Schlöder; muy al contrario, se dispersó en una exagerada variedad de tejidos. Ella no tiene miedo al color ni a los brillos, y puede llegar a ser excesiva en la persecución de volúmenes originales sobre el siluetado. Su acierto más notorio fue la rosa liberty bordada (Missoni la usó también como leitmotiv hace tres temporadas). Después, Juanjo Oliva ratificó su clase en unos terminados de fábula. Su inspiración fue Nueva York y sus potentes trajes largos evocaban la moda de la Quinta Avenida, Halston principalmente. Hubo humor en su camisero militar con faldita de tablas, el tuxedo de verano para mujer y los pañuelos evanescentes que parecen vidrieras de Frank Lloyd Wright.

La transgresión estuvo presente en Carlos Díez, con su inspiración en el sueño de las drags, las faldas para el hombre y la neopsicodelia; también ironizó con el sport-wear dando un uso revulsivo a la malla perforada de las prendas de deporte, y así le llegó el turno a Ion Fiz, que hizo de forma recurrente, y puede decirse que heroica, un desfile retrospectivo con prendas de su trayectoria al no disponer de su nueva colección por una polémica empresarial.

Tras Antonio Alvarado, David Delfín cerró la edición con el tema de la muerte: la condena, el suicidio, otras formas violentas de aniquilación en unos agudos contrastes: brillo-mate, transparente-opaco, blanco-negro. Los iconos son la cuchilla de afeitar, la horca, la pistola. Su factura impecable y su estilo cristalizan en una sobriedad que llega a lo austero, una mezcla de poesía desnuda con rigurosa abstracción.

Uno de los diseños de la colección de Juana Martín, que ayer debutaba en Cibeles.
Uno de los diseños de la colección de Juana Martín, que ayer debutaba en Cibeles.RICARDO GUTIERREZ
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