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COLUMNISTAS COLUMNA i

Usuarios y contraseña

Una de mis más redundantes pesadillas es aquella en la que me veo, solitaria y desamparada, ante el cajero automático de un banco. La ranura acaba de tragarse mi tarjeta de crédito, y en la pantalla se me pide que escriba mi número de acceso, poniendo cuidado en que nadie más lo vea. Qué más desearía yo: que alguien más lo supiera y me lo chivara. Estoy en blanco. Sigo en blanco. Entonces me despierto, jadeante. Me vuelvo a dormir, aunque me cuesta. Como ya les he dicho, se trata de una pesadilla que regresa, por eso ella redunda en cuanto consigo sumergirme en el sueño. Y así hasta comprobar que he olvidado los números de todas las tarjetas que manejo, que son cuatro o cinco.

Vuelvo en mí, por fin, envuelta en un sudor caliente pero no menos aterrador que el frío. Ha amanecido, y la ciudad es mi enemiga. Está llena de gente que recuerda sus contraseñas. ¿Las recordaré yo, la próxima vez que me ponga ante el cajero? Y ante la pantalla del ordenador.

Empiezo a sufrir de verdad. Pongamos que un día olvido todas las contraseñas. No es un asunto baladí. Veamos. Conectar el ordenador, abrir el correo, conectar el teléfono móvil. ¿Cuál es el pin, maldita sea? Cada artilugio o servicio tiene su clave diferente. Una para acceder a mi cuenta bancaria a través de Internet. Otra para comprar en Amazon.com, otra para hacer lo propio en la tienda electrónica de El Corte Inglés, otra para ídem de ídem en buyLibanese.com, otra para Fnac con el mismo punto y el mismo com. Y luego están las suscripciones online. The New York Times, The Nation, Courrier International, Le Monde, The Time, The Independent, La Vanguardia, The Daily Mail, The Onion, el propio El País… Más las contraseñas para acceder a los programas de puntos de Movistar e Iberia.

¡Aaaaaaaaaaaug! ¿Puede ocurrir que el principio del fin, eso que todos y todas tememos, llegue precisamente el día que, enfrentados a un cajero automático, se nos haga un vacío en la memoria? ¿Será, para la doliente pero moderna humanidad, ése y no otro nuestro destino de viejos chochos? ¿Olvidarnos de los números que durante años fueron los relativos cancerberos de nuestra intimidad comercial? Por ahora no me ha ocurrido. Me planto delante de American Express, de Visa o de Master Card y la mano se me va sola. Puedo recitarles de carrerilla las otras claves que utilizo. De momento.

Dirán ustedes que por qué no he elegido la misma contraseña para todo. Demasiado fácil. Además, ¿por qué perder una ocasión de jugar? Y me chiflan esas preguntas secretas entre cuyo abanico te hacen elegir, para el caso de que olvides la contraseña: ¿Cuál era el nombre de soltera de tu madre? ¿Cómo se llama tu mascota favorita? ¿Cuál es tu película predilecta? ¿Quién duerme a tus pies? Yo las contesto, como es natural, sólo que a mi aire, según el día, y desde luego cambiando las respuestas. Con lo cual, cuando me toca responder, se encontrarán con que a mis pies duerme Alemania, año cero, el nombre de soltera de mi madre era Marnie, la ladrona y mi película preferida es Remigia. Me gusta mucho enredar. Habría sido una pésima suministradora de contraseñas para espías, lo reconozco. Si yo hubiera tenido que proporcionarles las palabras llave, Carod-Rovira y Josu Ternera nunca hubieran llegado a conocerse. No digo ya Pimpinela y Escarlata.

Mi amigo José Luis Ágreda, el ilustrador de este artículo, me cuenta que ha leído en alguna parte que los hombres tienden a usar la misma clave para todo, mientras que las mujeres somos más variadas. Resulta revelador, ¿no les parece? ¿Quién querría pasar el resto de su vida junto a alguien que repite constantemente una sola consigna? Visto de otra manera, ¿quién desearía convivir para siempre con una persona capaz de memorizar tantas señales?

Es la pesadilla, sin embargo, lo que me preocupa. Ya sé que puedo anotarlo todo en un cuadernito, y lo he hecho. Sin embargo, en mi mal sueño nunca recuerdo semejante detalle, lo cual me remite a otro temor: cuando olvidas lo uno, olvidas también lo otro. Si empiezas no recordando qué hacer con esa rajita que alimentaste con tus plásticos durante tantos años, ¿cómo vas a saber para qué sirve la libreta?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de agosto de 2005