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Entrevista:Emilio Pérez Touriño | Presidente electo de Galicia | NUEVA ETAPA POLÍTICA EN GALICIA

"Nos han dejado el presupuesto exprimido hasta la última gota"

Santiago de Compostela
Emilio Pérez Touriño asegura que no caerá en el revanchismo, pero teme que cuando tome posesión de su cargo, el próximo martes, se encuentre con un presupuesto "exprimido hasta la última gota" por el Gobierno de Fraga

Emilio Pérez Touriño (A Coruña, 1948) dedicó la mañana de ayer a cerrar la composición de su Gobierno en un despacho que a partir de ahora frecuentará muy poco, el de secretario general del PSdeG. Todavía no se la ha borrado la sonrisa de felicidad que le quedó grabada en el momento en que la presidenta del Parlamento gallego, Dolores Villarino, lo proclamó presidente de la Xunta, el pasado viernes. "Lo peor ya ha pasado", le decían algunos compañeros de partido. "Sí, sólo nos falta gobernar", replicaba Touriño con sorna.

Pregunta. En el momento en que se leyó el resultado de la votación parlamentaria y fue proclamado presidente, ¿se acordó de algo en especial?

Respuesta. Se me agolpó la imagen de toda una trayectoria política de lucha y esfuerzo colectivo por la democracia y la autonomía. Tuve la sensación de que estaba culminando un periodo, media vida de toda una generación. Fue como una especie de flas en que se condensó todo eso. También pensé un momento en que mi padre, que falleció hace poco, no podía estar aquí para verlo.

"No tengo ningún interés en levantar las alfombras del Gobierno de la Xunta"

"Nadie en Galicia puede defender una sistema de financiación como el que propone Cataluña"

"No quiero convertirme en el negativo de la foto de Fraga"

"El cambio tampoco puede llevarnos a la confrontación permanente con el Partido Popular"

"La cultura del favor, de la subvención, ha penetrado como un cáncer en la sociedad gallega"

P. Usted y muchos de sus compañeros empezaron en la política en las revueltas estudiantiles contra el general Franco. ¿Están viviendo esto como un triunfo generacional con muchos años de retraso?

R. Sí, porque en Galicia nunca habíamos derrotado a la derecha en las urnas y había una acumulación generacional. Los que hicimos la oposición al franquismo y luego nos desarrollamos en la oposición democrática nunca habíamos tenido nuestra oportunidad. Pero tampoco es cosa de una sola generación, porque la gente joven fue decisiva en el cambio.

P. En su toma de posesión ya no estarán los cientos de gaiteiros de los que se rodeaba Fraga. ¿Es una manera de marcar el nuevo estilo?

R. El cambio alcanza a todo, empezando por las formas. La relación del poder con la ciudadanía tiene que ser más próxima y más acorde con la modernidad. El aire epopéyico y populista que implantó Fraga no se corresponde con los tiempos. Por eso quiero hacer una toma de posesión menos ampulosa y que refleje los matices de la sociedad gallega. Será un acto mínimo y muy austero, en el que se fundan la cultura popular y la de vanguardia y que simbolice el reencuentro con la sociedad.

P. Diferencias políticas al margen, en algunos rasgos de su personalidad apunta a una antítesis de Fraga.

R. Habrá un contraste, pero tampoco quiero convertirme en el negativo de su foto. Yo reconozco que Fraga ha tenido valores positivos: ha contribuido a la estabilización del país, a darle peso en su representación exterior... Con modos distintos a los suyos, en esos aspectos me gustaría darle continuidad. Por cierto, quisiera decir con toda la humildad que los partidos gallegos hemos mostrado una gran madurez. Unos han sabido aceptar la derrota y otros han firmado un pacto de Gobierno sólido en un tiempo relativamente corto y sin estridencias.

P. Usted repite que una de sus primeras tareas es recuperar los valores cívicos. ¿No puede resultar un poco exagerado?

R. Si el cambio ha de notarse en algo es en la modernización política. Galicia tiene mucha energía social, pero el poder político se esclerotizó y creó unas relaciones de sumisión que encorsetaron a la sociedad. El cambio tiene que ser como una liberación de energías. Hay que devolver el poder a la sociedad civil, no intentar controlarla. La sociología política ha definido esto como clientelismo, una recreación del viejo caciquismo. Lo que queremos es que los empresarios no vivan pendientes de la subvención, que la sociedad sepa que tiene derechos y que no depende de un favor para adelantarse en una lista de espera.

P. Pero eso puede ser también el resultado de una mentalidad que no se cambia simplemente con decisiones políticas.

R. Es verdad que se ha creado una cultura del favor, de la dependencia, de la subvención, que actúa como un cáncer que penetra en la sociedad. Eso nos obliga a un trabajo de envergadura en el aspecto cultural y educativo. Pero también pueden contribuir decisiones puntuales de Gobierno. Aquí, por ejemplo, había una tradición de que la consellería de poder, la que marcaba el Gobierno, era la de la Política Territorial y Obras Públicas. Desde ahí se dirigía la relación con los empresarios, la distribución de favores... Yo, sin embargo, no se la voy a encargar a un hombre de partido, sino a una mujer que es una gran experta en la materia.

P. ¿Llega a la Xunta con ganas de levantar las alfombras?

R. Por mi forma de ser y de entender la política, no tengo especial interés en eso. La sociedad quiere un cambio profundo, pero no un afán de revanchismo o de escudriñar en el pasado. Tendremos que levantar las alfombras necesarias para constatar cuál es la herencia económica que recibimos. Y me temo que vamos a encontrarnos con condicionantes muy serios, porque el grado de compromiso del presupuesto actual es elevadísimo y se han tomado decisiones significativas que no debió tomar un Gobierno en funciones. Ahí habrá que revisar algunas cosas. Me temo que el margen de maniobra que nos queda en el presupuesto va a ser casi nulo y que nuestra tarea real quedará para el año que viene. Porque lo han dejado exprimido hasta la última gota.

P. ¿Cuándo va a llamar a Zapatero y en qué términos le va a plantear la negociación que usted ha anunciado para corregir lo que llaman déficit estructural de Galicia?

R. Me llamó él nada más acabar la sesión de investidura y quedamos en vernos inmediatamente después de las vacaciones. Como leonés, comparte plenamente la idea de que ha habido una España de dos velocidades y que comunidades como Asturias, Galicia, Castilla y León, Extremadura y una parte de Andalucía tenemos un retraso acumulado. El reequilibrio territorial es un eje fundamental de su Gobierno. Nosotros pedimos que para cambiar eso se haga un esfuerzo de inversión superior al peso poblacional, que se dedique a Galicia el 8% de las inversiones en infraestructuras. Antes de firmar el acuerdo, hablé de esto con el presidente y con el Ministerio de Fomento, y comprobé que compartimos la idea.

P. ¿Han pesado mucho en las negociaciones los recelos y desconfianzas de tantos años entre socialistas y nacionalistas?

R. Hemos tenido que hacer un gran esfuerzo, pero nos unían muchas cosas. Sobre todo, ser conscientes de que teníamos que responder al mandato de ese 53% del electorado que votó cambio. Y hemos hecho un acuerdo de Gobierno que respeta con fidelidad los pesos y las proporciones entre ambos que marcaron los ciudadanos con sus votos. Yo respetaré siempre la ideología nacionalista del BNG y estoy seguro de que ellos harán lo mismo con nuestra posición socialdemócrata y galleguista. A los dos nos une un proyecto para fortalecer Galicia y también el modo y los ritmos para desarrollarlo.

P. Usted incluso le ha agradecido al Bloque que no renunciase a sus planteamientos nacionalistas. ¿Por qué?

R. Porque responde a nuestra realidad social. Yo no soy nacionalista, pero los ciudadanos tampoco han encargado el cambio a un solo partido. En Galicia hay una componente nacionalista, y lo mejor es que se exprese según lo que marcaron las urnas. Eso hay que entenderlo, como también que un 45% de ciudadanos apoyó al PP y que, por lo tanto, no podemos pisar el acelerador y tirar para adelante por nuestra cuenta, porque estaríamos fracturando la sociedad. El cambio tampoco puede llevarnos a una confrontación permanente con el Partido Popular.

P. ¿Y la gente del PP que cree que usted ha pactado con unos radicales y que está alimentando un nuevo Carod-Rovira [presidente de ERC]?

R. Es un error grave ver lo que sucede aquí con los clichés de otras partes. Galicia tiene su propia realidad social y su propio sistema de fuerzas políticas. Mi desafío es que por primera vez en España logremos que coincidan en la reforma de un Estatuto de una nacionalidad histórica los nacionalistas, los conservadores y los socialistas. Si lo conseguimos, será una aportación extraordinaria, lo que yo llamo la vía gallega. Compartimos con Cataluña o el País Vasco la condición de nacionalidad histórica, pero somos diferentes. Por desarrollo y bienestar, estamos más cerca de Extremadura o de Castilla y León. De ahí que para nosotros la cohesión y la igualdad de derechos sean tan importantes como el respeto a la diversidad de España.

P. ¿Y no es un poco quimérico pensar en poner de acuerdo al PP y a los nacionalistas sobre el nuevo Estatuto?

R. Los gallegos no nos perdonarían que nos quedásemos atrás en este proceso porque unos y otros tirasen demasiado en su propia dirección. Esa es una responsabilidad extraordinaria. Si fue posible hacer ese esfuerzo hace 25 años para el actual Estatuto, tenemos que ser capaces hacerlo también ahora.

P. Usted ha dicho que la reforma del Estatuto tiene como límite el marco constitucional, pero el BNG no lo comparte.

R. Tenemos diferencias en eso, es cierto. Pero el texto del acuerdo establece que el proceso de reforma se inscribe en el marco constitucional y que el Gobierno no hará una propuesta propia. Se discutirá en la ponencia parlamentaria, y a mi eso me tranquiliza, al margen de que yo entienda que el nacionalismo tenga como horizonte la reforma de la Constitución. Es su posición, pero no forma parte del acuerdo.

P. Ustedes parecen haber tenido muy en cuenta los problemas del tripartito catalán para no convertir el Estatuto en el gran banderín de enganche del Gobierno.

R. Sin duda. El Estatuto no es la única prioridad, porque no podemos ser ajenos a las preocupaciones de la gente. Y lo que tiene el ciudadano a flor de piel es el paro y la baja calidad del empleo. Abordar eso es la principal tarea del Gobierno.

P. Ustedes tampoco aceptarían un sistema de financiación como el que se está proponiendo en Cataluña.

R. No en el método ni en la forma. En un Estado autonómico el acuerdo de financiación tiene que ser necesariamente multilateral, porque lo que decida uno afecta a todos los demás. Precisamente si de algo adolece este Estado es de un exceso de bilateralidad y de agravios comparativos. Nosotros también queremos más autonomía y corresponsabilidad fiscal, pero sin introducir elementos de asimetría que generen desigualdades en el acceso a los servicios básicos. Yo puedo entender lo que defiende Pasqual Maragall como presidente de Cataluña, pero tendremos que dialogar mucho, porque el esquema compartido no se puede alterar, forma parte de la esencia misma del Estado.

P. ¿Y los nacionalistas aceptarían un sistema como el catalán?

R. Quiero creer que no. Galicia es un país con grandes posibilidades, pero a día de hoy hay un flujo de solidaridad hacia comunidades como la nuestra. Si fuéramos a un sistema de concierto, saldríamos muy perjudicados. Desde una posición inteligente, veo muy difícil que nadie pueda defender en Galicia una postura como la de Cataluña.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 31 de julio de 2005