Reportaje:CINE DE ORO

'Centauros del desierto'

EL PAÍS ofrece mañana, por 8,95 euros, uno de los mejores filmes de John Ford

Si hay una puerta célebre en el cine es la que abre Centauros del desierto (The searchers, 1956). La puerta del rancho Edwards, en un territorio límite y un tiempo convulso, el Tejas de 1868. Esa puerta es un magnífico recurso y la veremos como una potente metáfora cuando el filme culmine con la simetría de otra puerta semejante, la del rancho Jongersen, cuyo movimiento de cierre se enfatiza con un fundido a negro. Si asociamos la puerta con el ojo humano, este filme, medido en intensidad, equivale a un parpadeo decisivo. Esas puertas dan paso a otra forma de ver. Es, desde luego, una vuelta de tuerca para el western, pero que trasciende el género porque su revolución óptica no atañe sólo a aspectos formales, sino también a una cuestión medular: el enfoque del héroe y la visión del otro, del "enemigo". Y así, ocurre con Centauros del desierto lo que con esos parpadeos en la historia de la mirada humana que convenimos en denominar clásicos. Que son de largo efecto. Que contienen tanta belleza como perturbación.

El director eludía toda pedantería: "Me gusta que una historia sea simple y clara"

En ocasión solemne se esperaba una no menos solemne declaración de John Ford. Y la hizo en cuanto se le concedió la palabra: "Me llamo John Ford. Hago películas del Oeste". En números, media verdad. Pero la parca e irónica declaración contiene mucha verdad, quizás toda la verdad. John Ford (nacido en 1894, hijo de emigrantes irlandeses, bautizado como Sean Aloysius O'Fearna; fallecido en 1973, en Palm Desert, California) comenzó muy joven, de la mano de su hermano Francis, a trabajar en la industria del cine en Hollywood. Se especializó en el western y su primer éxito fue dentro del género, The iron horse, con ese protagonista de excepción, el segundo caballo más importante del Oeste: el ferrocarril. Sería otro transporte típico, con un viaje atípico, el que lo conduciría a la mejor historia del cine: La diligencia (Stage coach, 1939), inspirada en el relato Bola de sebo, de Guy de Maupassant. Se le atribuyen 135 filmes en diferente formato. Tuvo periodos realmente prodigiosos, excepcionales, en los que llegó a filmar a un ritmo de dos grandes películas por año. No es de extrañar que Orson Welles, preguntado por los grandes maestros, lo invocara como una santísima trinidad del cine: "John Ford, John Ford, John Ford". Vivió la época del esplendor comercial del cine del Oeste. El año en que se estrenó Centauros del desierto, 1956, se distribuyeron en Estados Unidos 43 westerns, el 31% de la producción de Hollywood. En 1977 ya fueron sólo siete películas. En su contribución al western habría que recordar muchos otros títulos, pero sería delictivo olvidar un tercero que nos permite además formar una excitante trilogía: La diligencia, Centauros del desierto y El hombre que mató a Liberty Valance. Aunque cabe preguntarse si películas como El delator, El hombre tranquilo, Las uvas de la ira o Qué verde era mi valle, no son, a su manera, películas del Oeste. Desde luego existe un universo Ford, con un paisaje Ford y una mitología propia. Existe una urdimbre que une los filmes con hilos más o menos visibles, como si fueran a la vez secuencias de una unidad emotiva. En lo que tiene el viaje creativo de Ford de doble movimiento: la gran panorámica va siempre, de forma cíclica, en búsqueda del detalle, de la profundidad, del matiz. Los ojos del infinito, como dice un verso de Felipe Juaristi, miran a lo pequeño.

John Wayne dijo que Centauros del desierto era la mejor película de Ford. Siguiendo con las simetrías, es probablemente la mejor interpretación de Wayne, en su papel de Ethan Edwards, una especie de Ulises del Oeste. La famosa puerta del rancho Edwards es, en realidad, una frontera. La tierra prometida linda con el miedo. El nuevo hogar bíblico es promisorio. Ethan, un confederado irreductible, vuelve con el misterio de su posterior odisea impreso en la mirada. Él parece inmune al miedo, pero también a la esperanza. La línea central de la trama consiste en la búsqueda de una muchacha, sobrina de Ethan, secuestrada por los comanches, que han matado a sus padres y hermanos. Ulises es para Ítaca una solución y un problema. Ulises es la seguridad y el peligro. Él es quien mejor conoce al enemigo, pero el odio le ciega, hasta el punto de considerar culpable a la víctima por su roce con el otro. Este héroe con una zona de sombra, con un carácter resolutivo pero un pensamiento peligroso, obcecado por el odio, es una presencia que mantiene en vilo el filme, incluso en los momentos más distendidos.

Centauros del desierto ha sido un referente para cineastas como Steven Spielberg, Martin Scorsese o Wim Wenders. Lo que ocurre con John Ford y el western es que, en lugar de ser un espacio de convenciones, es un espacio de libertad. Lo alza como un género mayor, donde el costumbrismo aporta el atrezo, pero donde los estereotipos no pintan nada frente a las pasiones. En sus declaraciones, Ford eludía toda pedantería: "Me gusta que una historia sea simple y clara". La sencillez de la frase puede despistar sobre la complejidad del objetivo. En A minute's wait, que forma parte de su obra irlandesa The rising of the moon, los ocupantes de un tren aprovechaban la breve parada de un minuto para acercarse a la cantina de una estación. El camarero comienza a contar una historia y el tiempo deja de correr. Mejor dicho, es otro tiempo. Ése es el tiempo de Ford. La manera de contar de Ford.

La mirada interior, la de esa cámara que arranca desde el arca, va a llevarnos hacia afuera, por escenarios naturales, como el grandioso Monument Valley, que son también protagonistas activos. Es muy fuerte en el cine de Ford la psicología del paisaje. Esa sensibilidad para hacer hablar al territorio, para localizar emocionalmente, es una razón más para ver en su Oeste no un decorado espectacular, sino algo más. Lo que queda no es el mapa uniforme de la conquista catastral, erigido sobre la destrucción ocultada de los nativos y el medio ambiente, sino que en este filme murmura el conflicto, queda el desasosiego, abre la puerta a futuras miradas sin prejuicios. Vemos en Centauros del desierto la mejor pintura paisajista del poniente, oímos literatura sin clichés, la música y las canciones zurcen secuencias y sentimientos en un tiempo que fluye como el leudar de una leyenda soplando ráfagas de viento más allá de la puerta, más allá de la pantalla.

Este texto se incluye en el libro-DVD de Centauros del desierto que ofrece mañana EL PAÍS.

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