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Entrevista:ROSA VIRÓS

La lección de la rectora

La primera rectora de una universidad pública catalana, la Pompeu Fabra, habla de una formación global, humanista y con valores, y de la lucha de la mujer en el mundo educativo.

En su mandato como rectora, a punto de finalizar, Rosa Virós ha apostado por una universidad pública y de calidad. Si se habían producido ciertas desviaciones en lo que era una idea fundacional de la Pompeu Fabra, había que reconducir las cosas. Otro punto esencial para ella era la internacionalización; de hecho, actualmente se hacen muchos proyectos con otras universidades. Luego, insistir en el necesario rigor académico. Y procurar que los estudiantes aprendieran en el tiempo que dura una carrera, no más. Ella define todo esto como ajustar piezas. Pero, además, la rectora, como gerente que es de todo cuanto concierne a la universidad, ha debido ocuparse de los edificios. Decidir, por ejemplo, si hacer obra nueva o rehabilitar viejos edificios; agruparlos en un mismo lugar o diseminarlos. En su mandato, los edificios fundamentales estaban construidos, pero hace unos días inauguraron la sección de investigación biomédica, donde la Pompeu colabora con otras instituciones y que es un ambicioso plan de investigación que afronta la sociedad catalana. Como se sabe, es ahí donde se ha agrupado una serie de investigadores punteros en temas como el estudio de las células madre, por ejemplo, que se espera coloquen a Cataluña en la primera línea del conocimiento científico en esta área. La rectora Virós está orgullosa de haber llegado a este logro, acude a las conferencias que allí se celebran y, como es una mujer que siempre quiere saber más, se ha fascinado como una estudiante por las células madre. Asegura que si tuviera que volver a empezar le gustaría dedicarse a esa rama del conocimiento. Pero enfrentada a algunos de sus proyectos y los objetivos conseguidos, a las contradicciones descubiertas en estos años, dice no ser buena juez de sí misma. Sí piensa haber acertado al elegir la descentralización de la universidad, y decidirse por rescatar los edificios viejos en vez de destruirlos. El lugar donde nos encontramos, por ejemplo, es un viejo cuartel. Le digo cómo ha ido su proyecto de ampliar el conocimiento global de los estudiantes, tal como pretendía hace cuatro años, teniendo en cuenta que los ingenieros cada vez tienen que estudiar más, o los que hacen medicina, y no es fácil que les sobre tiempo para apuntarse a un curso de arqueología. Reconoce que la idea era buena, que lo difícil era ponerla en práctica. "El problema es que no puedes rebajar el nivel de exigencia en los estudios muy concretos, porque, si no, no cumplirían lo que debe hacer la universidad, que es formar profesionales". Finalmente reflexiona en voz alta: "El tiempo siempre es limitado, desde luego que sí".

La rectora, de 69 años, asegura ser una mujer tímida, que no acaba de acostumbrarse a las entrevistas. "Me da no sé qué cada vez que me dicen que tengo una cita con un periodista. Claro que, un rato después de empezar a hablar, aquello se convierte en un acto de comunicación, y ya no pienso en la grabadora ni en el periódico donde se publicará. Y entonces ya me siento mejor".

Cuando dice en un momento: "Yo soy una mujer con mucha paciencia", te das cuenta de que eso era lo que asomaba bajo cada frase y le daba a su conversación un ritmo cálido y sosegado, una mirada muy larga. Su compañía es como un fuego que arde lento en una chimenea en un día frío de invierno.

En 2001 fue elegida rectora de la Universidad Pompeu Fabra, uno de los centros catalanes más jóvenes, el de mayor renombre y más exquisito. Una mujer, y de 65 años, para dirigir por primera vez una universidad en esa autonomía. ¿Un síntoma de modernidad o una casualidad?, ¿una contradicción en un momento en que tanto se valora la juventud? Ahora se jubilará, se acabó su tiempo. No sé si le sabe a poco ni cuántos de sus proyectos ha podido realizar en un tiempo tan corto.

Sabía que solamente tendría cuatro años. Pero incluso en ese caso me pareció que valía la pena. Algunos amigos míos me convencieron para que me presentara a las elecciones del rectorado. Yo diría que a mí ni se me había ocurrido el tema, pero, claro, es verdad que me convertí en la primera mujer rectora de una universidad catalana.

Y en un referente.

Pues sí. Ahora hay otra rectora mucho más joven en otra universidad de Barcelona, la Ramón Llull. Y sí, a la comunidad de una universidad pública joven no les paró el tema mujer, ni mi edad. Yo soy muy paciente, y lo que proponía en mi programa era simplemente liderar una transición ambiciosa, en el sentido de que no se limitara a gobernar el día a día hasta el próximo mandato. Tenía claro que cuatro años eran un plazo muy breve para hacer cosas, pero suficiente para romper esquemas. Estos tiempos puente pueden ser momentos privilegiados para marcar líneas estratégicas. La sociedad cambia rápido, y tras quince años de existencia, una universidad necesita una adaptación. Como tengo formación política, hice ver cómo la transición política del país había sido muy importante, y cómo habíamos visto que ese tiempo había marcado nuestra historia. Tenía que ver también con el paso del entorno familiar del comienzo a una universidad consolidada con casi 10.000 estudiantes y 20 titulaciones.

¿Tal vez la transición desde una época bajo los auspicios de CiU, que había fundado la Pompeu Fabra con un espíritu nacionalista?

Bueno, la universidad fue creada por el Gobierno de Convergència en 1990; pero las personas que hemos compartido estas aulas, hemos formado desde el comienzo un grupo muy plural. Creo que el proyecto académico -basado en el rigor docente, en la exigencia del máximo esfuerzo, la investigación puntera y el rendimiento de cuentas a la sociedad- puede ser suscrito por todas las personas y partidos que creen en una enseñanza pública de calidad. La transición que me propuse tenía que ver con un entorno que debía apostar por los parques científicos y los centros de innovación y tecnología.

Lo que se ha dicho siempre es que allí se iban a formar los cuadros del nacionalismo catalán; aunque, claro, la gente de CiU siempre fue demócrata…

En efecto, lo era. Aquí se han formado cuadros de los distintos partidos democráticos y personas que tienen una visión más radical de las cosas. No veo un predominio de nacionalistas. Ésa no es la transición que hay que hacer… Debemos ajustar el modelo a una realidad que ha cambiado. Ya antes veía que había que encantar a las personas, porque todos los seres humanos ponen al principio mucho entusiasmo, y luego uno se va desanimando; porque hay falta de medios, por ejemplo, y los profesores que son muy creativos se desaniman si ven que no pueden llevar a cabo sus proyectos.

Una de las cosas que se propuso al ser elegida fue lograr que los estudios universitarios permitieran una educación más global, una formación más humanista. Pensaba que ésta es demasiado específica, y que los estudiantes se forman como ingenieros, por así decir, pero menos de lo que sería conveniente como hombres y mujeres, y como ciudadanos comprometidos con la sociedad en la que viven.

Exacto. Esta transformación humanista formaba parte del proyecto inicial, y esperábamos que los propios estudiantes completarían su currículo especializado con asignaturas de literatura, historia, arte… Pero nuestro régimen trimestral de estudios entra en contradicción con materias cuya asimilación exige un tiempo más dilatado. En esa línea de complementar los contenidos y las técnicas, nuestro proyecto pasa por establecer sinergias entre comunicación audiovisual, periodismo, lingüística, publicidad y las ingenierías en informática y telecomunicaciones. Y lo vamos a hacer en una antigua fábrica recuperada. El nuevo Parque Barcelona Media será un sitio ideal para que se establezca una relación de calor humano que facilitará la participación en proyectos comunes. Ese calor humano que cada vez falta más en una sociedad que conduce a comunicarse menos con los demás.

También ha mostrado en ocasiones su preocupación por la pérdida de valores. Rescatar un edificio es más fácil que restaurar esos valores.

Seguro. Ésa es una labor muy lenta, aunque las cosas están cambiando. Por ejemplo, una inteligencia que hasta hoy se ha despreciado, la emocional, ahora es valorada por las empresas a la hora de contratar al personal. En muchas instituciones y empresas se habla de código ético y responsabilidad social. Pero, claro, todo esto es tristemente un inicio y muchas veces se queda en palabras. Cuando llegué aquí hablé de esto, pero es difícil de conseguir en la práctica. Algunos departamentos tienen un código de buenas prácticas científicas; habrá que profundizar en esta línea. Yo siempre me digo que me voy con una cierta sensación de que algo hemos conseguido en estos cuatro años. Algo, sólo algo. Por un lado, hay resultados empíricos, y por otro, la sensación de que necesito creérmelo para irme en paz.

Seguramente su experiencia le impidió entrar aquí como un elefante en una cacharrería. Alguien joven habría sido más ambicioso, en el sentido de intentar hacer grandes cambios.

Eso puede pasar. Pero los valores son cosas que se consiguen cambiar a lo largo de siglos, aunque yo sé que eso no debe desanimarnos, porque cada uno en su momento puede poner su pedacito de cambio y de ilusión, porque ésa es una labor que se hace entre mucha gente. Cuando eres joven parece que puedes cambiarlo todo, pero la experiencia te permite acceder a logros más modestos, pero eficaces. Claro que, a la vez, no puedes evitar soñar un poco, si eres un poco soñadora.

¿Quería cambiarlo todo cuando era joven?

Pues sí, si tuviera que pensar en un eje que ha vertebrado mi vida, sería ése. Quería estudiar filosofía, por aquello de soñar con las grandes cuestiones; pero mi padre insistió en que hiciera derecho, y nunca me he arrepentido. "Sólo te pido que hagas un año…". Fue muy importante en aquellos años, los cincuenta, que mi padre decidiera que sus hijas fueran a la universidad. Allí descubrí un mundo nuevo. Entonces, la universidad cumplía el papel de ser un lugar de encuentro, como ahora los clubes. En derecho, las chicas éramos cuatro gatos, e incluso entonces, medio en serio, medio en broma, decían que íbamos allí a encontrar un novio.

Y el derecho acabó gustándole…

El conocimiento siempre me ha entusiasmado. Mi padre tenía un despacho de derecho, y a mí me encantó, me parecía como jugar al ajedrez. Sin embargo, no me movía a ejercer. Eso no. No me vi con ánimos, y confieso que me refugié en la literatura frente a la sordidez de la sociedad de posguerra de los años cuarenta. No había nada que me impactara más que ver a los tullidos de la guerra, y a los niños, pidiendo limosna a lo largo de las Ramblas. Si preguntabas en casa, la respuesta era el silencio, evasivas. Yo tenía la seguridad de que ese triste panorama era el resultado de algún nefasto descalabro que los adultos habían decidido ocultar a los niños. Creo que el impacto emocional que supuso para mí esa especie de secreto de familia, y todo el dolor visto o intuido, me comprometió hasta el fondo a luchar por una sociedad más justa. Mientras tanto, me lo leí todo. Pero sólo ha sido más tarde, al repasar mi vida, cuando he pensado que me refugié en los libros y en los estudios porque no me gustaba salir a la palestra, una palestra donde las mujeres estaban tan poco presentes.

¿Cree que se necesitaba valor para dar ese paso?

Soy corredora de fondo. Quería ser juez de menores, para ayudar a esos niños que veía por las calles. Me fui a ver a un juez que se ocupaba de esa cuestión con toda mi ilusión. Llegué emocionada, y le dije a aquel señor que quería ser juez, trabajar allí; pero él, muy secamente, me respondió: "Señorita, ¿es que no sabe que en España las mujeres no pueden ser jueces?". Yo ya había visto que aquello era duro, que había pocas mujeres en las profesiones liberales, pero aquella respuesta de pronto concretaba de golpe la discriminación. Me dejó muy afectada, hasta el punto de que me condujo a permanecer para siempre en la universidad, estudiando o haciendo investigación. Mientras tanto me había casado con un compañero de clase, con el que compartía muchas inquietudes. Los dos éramos progresistas. Era una relación muy particular. Yo lo he pasado muy mal intentando ejercer la profesión que quería… Pero mi marido empezaba a preparar cátedra, y mientras tanto yo tuve tres niños.

¿Quería tener niños?

Esto sí que lo tenía claro. Imagino que era un impulso muy vital. La juventud tiene ahora más medios para planificar estas cosas. Los veo muy racionales y decidiendo qué hacen. Pero entiendo y encuentro dramática la situación de estas chicas profesoras de las universidades que se van acercando a los 40 y ven que si no siguen el ritmo y paran para tener un hijo, ya no pueden competir a cierto nivel. Y las ves partidas, y luchar consigo mismas. En mis tiempos, bueno yo siempre digo que he cogido el último vagón del último tren; que a mí no me tocaba, a mi generación no nos tocaba; no me refiero a llegar a la universidad, aunque éramos muy pocas, pero sí a tener una cierta progresión hasta llegar a rectora de una universidad. Siempre pienso que ha sido una cosa del destino que yo haya podido hacer compatible la maternidad con la vocación profesional. Con mis hijos nos reímos muchísimo recordando las anécdotas de cuando yo hacía la tesis. Era una tensión terrible y pasaron algunas anécdotas divertidas. Por ejemplo, a veces mi marido no tenía más remedio que hacer la cena para todos, y un día los niños me cuentan: "¡Qué tortillitas tan monas y tan pequeñas ha hecho papá, y de un color tan bonito!". Hizo las tortillas con las yemas únicamente.

Entonces, usted debía de sentirse poco común, especial. Quizá también partida, como decía de algunas profesoras de hoy.

Fue difícil. Y, claro, los niños hacen lo que ven y crean expectativas con respecto a lo que ocurre. Por ejemplo, las madres esperando a la puerta de los colegios a que salgan sus hijos; que yo no fuera, no le gustaba nada a mi hija mayor. Tampoco paró hasta que consiguió que le hiciera un vestido puntada a puntada; yo, que no sabía coser. Sólo entonces estuvo feliz. Y lo mismo cuando le hice una tarta de cumpleaños, porque no consentía que le comprara la mejor en la mejor pastelería de Barcelona. Todas las madres las hacían, y yo tenía que hacerla, hornearla. Fue difícil. Y habría sido imposible sin una cierta comprensión de mi marido. Pero aun así dejé durante seis años el trabajo para dedicarme a mis hijos.

¿Pero echando de menos el otro mundo?

Debo confesar que me he sentido muy frustrada, a pesar de que me encantaba tener hijos. Y también me habría sentido muy frustrada de no tenerlos. Eran dos caras de la misma moneda. Yo quería esas dos partes, y las tuve, pero con mucho esfuerzo. Y el trabajo de esa tesis, en la que yo me impliqué, demostraba por qué en esos tramos de responsabilidad más alto, o medio alto, había muchísimas mujeres solas. O separadas, o divorciadas, o solteras. Porque realmente es tan duro que si no tienes a tu alrededor un ambiente comprensivo es dificilísimo.

Ahora sigue pasando. ¿Tal vez lo que ocurre es que se sabe, y se ha aceptado esa soledad de la que habla?

Eso es. Entonces no sabíamos qué pasaba, y ahora hay más análisis y las mujeres entienden lo que ocurre. Esto no es que te ayude en los tiempos duros, pero al menos sabes. Entonces, la gente andaba perdida, tendía a pensar que era una cosa personal; que a lo mejor era ella la que había fallado, la que carecía de fuerza suficiente, cuando en realidad era algo estructural. Ésa es una diferencia muy importante; no porque se sufra menos, que no es así, sino porque al menos comprendes, y eso es un cierto lenitivo; porque ha habido una elección, y además sabes que no te pasa a ti sola, sino a toda una generación.

Volviendo a la universidad, quería comentarle los informes sobre el comportamiento de los escolares en institutos y colegios, y el hecho dramático que ocurrió en el País Vasco. Parece que está llegando aquí lo que en Estados Unidos comenzó hace ya años, y también en Francia: esa especie de rebeldía y agresividad. ¿Cómo reflexionan en la universidad sobre esta cuestión?

Aunque parezca mentira, las universidades, excepto tal vez en los ICE [Institutos de Ciencias de la Educación], han mantenido un silencio institucional. Creo que es una cuestión compleja que tiene que ver con la formación del profesorado, la interinidad, la inmigración… Pero a mí me ha parecido siempre grave que la universidad se haya mantenido al margen de estas cuestiones. Una sociedad del conocimiento no puede concebir el proceso educativo fragmentado. Hay que revisar la formación de maestros y profesores, pues es la universidad la responsable de los planes de estudios. Pero esto exige un conocimiento de la realidad y un diálogo de los profesores de los institutos con los de la universidad, los cuales muchas veces no conocen la realidad de los barrios marginales y, no obstante, están formando a profesores que deben afrontar estos retos. Parece que se anuncian cambios positivos: conexión entre formación profesional y universidad, ciclos de formación para maestros, contactos entre profesores de universidad y maestros. Revisión de los planes de pedagogía. Mayor inversión en las escuelas. Control de la violencia de todo tipo. Nos equivocaríamos si presentáramos la muerte del estudiante del País Vasco como un caso único. No nos podemos permitir olvidarlo. Debe ser un acicate para la renovación pedagógica que nuestro país debe hacer sin demora, y que tiene que ver no sólo con las matemáticas, sino con los valores que están en la base de la sociedad que deseamos.

¿Acaso es muy complicado afrontar esos problemas…?

Perdona, pero tendríamos que poner en ello más empeño del que ponemos. Y creo que éste es el momento. Porque todas las cosas van madurando y éste es el gran momento. Y si lo hacemos con Europa, dentro del Proyecto Europeo de Enseñanza Superior, será más fácil.

El otro día, un profesor, en una carta a EL PAÍS, decía que el problema es que los alumnos son pasotas. Como tirando la toalla. Y otro, que un alumno le había dicho que le pagaban para aguantar a los chicos. Nada que ver con el maestro que tuvo Camus, y tantos otros.

No deberíamos quitarnos el muerto de encima diciendo que son pasotas. Pero, ¿qué son? Eso es lo que tendríamos que averiguar… Los maestros maravillosos murieron, eso ya no existe. Y las influencias que reciben estos chicos son muy diferentes. Están en el mundo de las videoconsolas y en la rapidez. Conseguir enseguida el juego nuevo, tener destrezas. La educación exige una calma, otro tipo de comunicación, convivir más con los alumnos. Pero a los muchachos de ahora ya no les interesa eso, y aunque los profesores quieran hacerlo bien, esto es seguro, pues no saben cómo enfrentar los retos. Yo me puedo poner en su lugar. Para empezar, en clase tienen alumnos con siete lenguas diferentes. ¿Qué haces? ¿Cómo les enseñas, y antes de eso, cómo les entretienes? El profesor se siente desamparado. A lo mejor es gente un poco mayor que no domina las tecnologías actuales, no se le han dado herramientas pedagógicas para hacer más amena una clase, y se sienten perdidos. Hay cantidad de bajas laborales, la gente está estresadísima. No es que huyan del trabajo, es que se hunden. El asunto se ha planteado a nivel del Estado y de la Generalitat de Cataluña, lo que encuentro importantísimo, porque van a atender a los profesores. Es una buenísima noticia. Es el momento, el asunto está maduro, y también hay unos Gobiernos con más sensibilidad. Hay que ocuparse más de los que han sido más desprotegidos, que son los maestros de bachillerato.

Creo que su familia le empujó para que aceptara ser rectora.

Llevaba quince días en conversaciones con los que querían que me presentara a la candidatura. Yo les buscaba candidatos alternativos. Estaba a punto de empezar una investigación a nivel europeo. Y además estaba convencida de que cuando se lo contara a mi familia me lo quitarían de la cabeza. Al final le dije a mi marido: "Fíjate lo que se les ha ocurrido… Llevo quince días en conversaciones para que me decida a asumir la responsabilidad de ser rectora". A lo que respondió: "Digno broche final para una carrera académica". Yo pensé que me estaba tomando el pelo, porque tiene mucho sentido del humor. Y no, lo decía en serio. Y, la verdad, ha sido muy coherente con esa inicial actitud positiva.

Cuando se hizo un estudio en la Universidad de Barcelona sobre el acceso de las mujeres a los puestos directivos en las universidades, se descubrió que siguen siendo muy pocas. ¿Es que los hombres se aprueban a sí mismos? ¿Es porque a las mujeres, que hace poco que accedieron a la universidad, no les ha dado tiempo a ser catedráticas?

El quid de la cuestión es que la mujer todavía tiene mucha dificultad para acceder a los lugares donde se toman las grandes decisiones, que es donde se cambian realmente las cosas. Cuando yo llegué a rectora, el que mi familia me empujara a aceptar me sentó muy bien. Tuve una especie de paz interior; tenía permiso. No es así, pero ya me entiendes… Es decir, ese permiso lo necesitan las mujeres muchas veces, y algunas renuncian si ven que aceptar cierto puesto les causará problemas en casa. Yo sabía que esto era una cosa accidental. Creo que la cuestión es que las mujeres pueden avanzar en los primeros escalones, ser profesoras, investigar… Pero si quieren ser catedráticas, eso ya es más complicado, casi imposible. Yo sólo llegué a serlo gracias a que un profesor, un maestro respetado, creyó que no era justo que no lo fuera; es decir, casi por casualidad.

Sin embargo, esa llegada a los rectorados, parece que en esto hay unanimidad y sirva como metáfora de un cambio, es imparable e inevitable. ¿Es partidaria de las cuotas para acelerarlo?

Europa dice que no atenta contra la igualdad establecer cuotas para intentar equilibrar si una de las partes está muy poco representada. Se dice: ¿y la igualdad, qué? Pero cuando hay tanta desigualdad, eso es lo primero que hay que equilibrar. En Suecia, los problemas son iguales, aunque llevan años de adelanto. Una investigadora nos contaba que, a partir de un artículo publicado en la revista Nature, se comprobó que una mujer tiene que hacer el triple de publicaciones para llegar a una situación equiparable a la del hombre. ¿Cómo han intentado solucionarlo en Suecia? Haciendo que todas las comisiones que tomen decisiones importantes, como conceder becas o plazas de profesores, tienen que ser paritarias. Y si no es posible, está obligada la comisión a explicar qué ocurre. Es decir, se controla realmente. En las universidades, las chicas superan a los chicos. Si cuando yo empecé derecho éramos ocho, hoy los que son ocho son los chicos. Una vez fui a la toma de posesión de un amigo y me emocionó ver la cantidad de juezas que allí había. Y entre el profesorado, cada vez hay más mujeres.

Cambiando de tema, al PSC le ha costado muchos años ganar unas elecciones…

Pues sí. Y como sabemos los politólogos, un Gobierno de coalición tampoco es fácil… Pero no deja de ser una buena noticia; es sano para un país que haya un cambio de responsabilidad en la cúpula y que participen otras fuerzas. Es muy sano; dificultades aparte, que siempre las hay. Tanto si son de diferente partido como si son del mismo, nunca nadie piensa de modo monolítico. Y esto está bien, permite una capacidad de debate.

¿Demasiado tal vez en el caso del Gobierno tripartito?

¡Ja, ja! A veces pienso que se magnifican los detalles, aunque eso no puedes criticarlo porque hay que llenar los periódicos, y me parece bien. Hay que tener serenidad, y si te pones a analizar las cosas, ves que todo esto ya está estudiado, y sabes que las cosas no van en serio cuando todo el mundo está de acuerdo en todo. Quiero decir que como se están tocando puntos sensibles, es lógico que haya ideas diferentes. En un Gobierno de coalición, no creo que las cosas se resuelvan por votación. Entramos aquí en un mundo interesantísimo, que es la democracia deliberativa. Cada uno va con su idea, con su programa, y allí se exponen las cosas y en público se tiene que consensuar un mínimo. Yo creo mucho en esto. Es cierto que un consejo de gobierno -y pienso en la universidad-, en vez de durar una hora puede durar dos, pero vale la pena. Porque a lo mejor alguien aporta algo interesante que le da una nueva idea a otro. Aunque no se pueda negociar antes, en el día a día de la institución es muy bueno que el público reflexione en voz alta y se comuniquen las ideas unos a otros. Bienvenidos sean los Gobiernos de coalición si son motivo para que se argumenten y deliberen las cosas. Me parece muy bien; mucho más que jugar a los aspectos sólo de poder, de si yo tengo más poder o menos, más o menos votos. El problema para mí es que la democracia me parece maravillosa, y a veces le pido demasiado. Por ejemplo, que los partidos fueran tan generosos que no pensaran siempre en los votos.

¿Por eso usted, que es socialista, nunca ha querido tener responsabilidad alguna?

Nunca he hecho política. Siempre he dicho muy claramente que mi colaboración era desde mi profesión. Yo creo que ser formador y profesor es importante. Es tratar de hacer y de pensar en lo que debería ser una sociedad más justa, más igualitaria, y esto para mí es actuar en clave política; es decir, actuar en pro de los intereses generales de la mayoría de ciudadanos y no de los propios intereses o los intereses corporativos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de marzo de 2005