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Editorial:

Líbano como síntoma

Que un Gobierno libanés acabe de caer por la incontenible presión popular y no por maniobras palaciegas es todo un hito. Que las calles de Beirut se mantengan ocupadas durante días por multitudes que gritan contra Siria, el vecino que maneja desde hace 20 años los hilos de Líbano, lo es más. Pero está sucediendo en el país árabe y es una muestra de que la presión occidental sobre Damasco comienza a dar fruto. El sentimiento antisirio acumulado en Líbano ha culminado, tras el asesinato del ex primer ministro Rafik Hariri, en una suerte inimaginable de poder popular.

Está por verse si estos acontecimientos, vertiginosos para un país teledirigido, confirman un giro estratégico en Oriente Próximo querido por Washington y al que también apuntarían elementos como las elecciones iraquíes, el incipiente armisticio palestino-israelí o el vago anuncio egipcio de reformas democratizadoras. Resultaría simplista, en cualquier caso, identificar lo ocurrido estas dos semanas en Beirut con un triunfo de la democracia. Líbano es un país faccional y complejo, en el que los factores religiosos y étnicos resultan decisivos y donde la mano de Siria no aflojará fácilmente.

Las elecciones de mayo deben ser la prueba de fuego del cambio. Es vital que esos comicios estén controlados por un Gobierno interino y neutral, que se celebren sin intimidación -tal y como acaban de exigir Washington y París- y bajo un creíble escrutinio internacional que impida su manipulación para instalar el Parlamento de turno querido por Damasco. Presumiblemente el nuevo Gobierno deberá resolver la definitiva retirada de las tropas sirias -y el desarme de milicias como Hezbolá-, en línea con la resolución 1.559 del Consejo de Seguridad. Damasco ayudó a acabar una guerra civil de quince años, pero 15.000 de sus soldados, amén de una malla de paramilitares y agentes, permanecen en Líbano en contra de los acuerdos de Taif de 1989.

Acosada directamente por EE UU, en el punto de mira de Francia y de la ONU, Siria está en camino de verse rodeada por poderes indiferentes u hostiles. Las precipitadas embajadas de Bachir el Assad intentan impedir la internacionalización del conflicto y conseguir ayuda de otros gobiernos árabes para reducir una presión por momentos asfixiante. De ahí también los recientes gestos del baasismo sirio, tras ser señalado como la mano negra tras el magnicidio de Líbano y el atentado suicida de Tel Aviv. Se ofrece a cooperar con la ONU para perfilar la retirada de su Ejército, apoya verbalmente los esfuerzos de paz entre palestinos e israelíes y facilita la entrega en bandeja a EE UU de un hermanastro de Sadam acusado de instigar desde Siria ataques terroristas en Irak.

Es muy improbable que el presidente Bush, encenagado en Irak y sin pretextos probados de envergadura, se embarque en una acción armada para provocar un cambio de régimen en Damasco. Pero la espoleta de Líbano sugiere el declive del largo y oscuro ciclo manipulador de Siria en el conjunto de una región en la que, por otra parte, no hay inocentes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 3 de marzo de 2005