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Reportaje:

Los sueños de Amaral

Tras el enorme éxito de 'Estrella de mar', su arrebatador disco de 2002, Amaral vuelve con 'Pájaros en la cabeza', que rezuma melancolía y compromiso con la vida. Eva Amaral y Juan Aguirre se mueven entre la pasión amorosa, la defensa de los sueños y la visión crítica del mundo.

Ha amanecido un domingo ingrato, uno de esos días en que Madrid muestra su cara más hostil bajo granizo, lluvia y un cielo turbio. Juan Aguirre, de 35 años, la mitad de Amaral, busca un bar abierto mientras esperamos a Eva Amaral: "Nos compadecen por habernos pasado tres meses grabando en Londres, pero es que hoy hace más frío en Madrid". Están a punto de regresar al Reino Unido para dar los últimos toques a su nuevo disco, tras pasar unas horas en Madrid para meter la elástica voz de Enrique Morente en el tema No soy como tú: "Alguien ha pensado que evocábamos el golpe militar en Chile, pero es una canción del siglo XXI, el retrato de un mundo opresivo y militarizado al que nos encaminan las catástrofes ecológicas y la obsesión por la seguridad".

Hemos entrado en un café moderno sin despertar la curiosidad de nadie. Pero llega Eva Amaral, de 29 años, con su impermeable multicolor, y ¡zas!, se interrumpen las conversaciones. Resulta harto incómodo desarrollar una entrevista entre miradas subrepticias, y además insisten en que el periodista escuche Pájaros en la cabeza en el piso de Juan: "Ya sabemos que te lo han puesto en la discográfica, pero es que allí no tienen buenos equipos". Efectivamente, enorme la diferencia entre oír música en un despacho y recibirla en una grata sala de estar, equipada además con unos bafles piramidales JBL de prodigiosas prestaciones.

Se respira dinero fresco en esta habitación…

Juan Aguirre. Sólo derrochamos en música. El poder comprar las guitarras esas carísimas que veías en las portadas de tus artistas favoritos…

Eva Amaral. Tenemos nuestros pisos y poco más. Ahora nos damos caprichos que pueden parecer infantiles: ver dos o tres películas en la misma tarde, cosas así. Lo entiendes si sabes que, aunque éramos igual de cinéfilos, hubo tiempos en que vigilábamos cuánto valían las entradas. Éramos los del día del espectador.

Supongo que ahora habrá vampiros volando alrededor.

E. A. Se les nota enseguida. Managers que, de repente, insisten en comer con nosotros e invitarnos a fiestas.

J. A. Los mismos que nos puteaban cuando íbamos de teloneros de sus grupos.

¿Qué hacían?

J. A. Todo el repertorio de trucos feos. Exigirte que no hagas las hojas de autor, para que ellos se queden con todo el porcentaje de taquilla que recauda la SGAE. No dejarte probar, aunque el grupo principal esté durmiendo la siesta en el hotel. Hacernos sonar con la mitad de potencia. Luego, cuando íbamos con nuestra propia mesa de mezclas y con Miguel [Tapia], uno de los mejores técnicos de directo del planeta, hubo incluso quien nos hizo actuar en la oscuridad: "Oye, que se nos ha desprogramado la iluminación". La avería, claro, se arreglaba mágicamente cuando salía su grupo.

E. A. Los artistas realmente grandes no te ponen zancadillas. Cuando fuimos con Bob Dylan, el trato fue exquisito.

Ocurre que Eva y Juan, apasionados consumidores de música, son presencia frecuente en todo tipo de conciertos: eso les convierte en una anomalía dentro del medio musical español, donde el éxito conlleva un alejamiento de los directos y de las tiendas de discos, como si el contacto con el público de a pie fuera un peligro. La pareja se llevó una de las mayores alegrías de su vida profesional cuando Gay Mercader, el promotor de aquella gira de 2004, informó que el equipo de Dylan aceptaba a Amaral como grupo telonero. Sucedió entonces algo perverso: Juan sufrió una tendinitis.

J. A. No existe una explicación física, creo que fue una reacción psicosomática a todo el estrés. La presión se me subió en el momento más inoportuno, y me encontré incapaz de poder disfrutar lo que más deseaba; el doctor me prohibió tocar la guitarra. Fueron seis meses muy duros, de mucha angustia y bastante reflexión.

E. A. Así que yo salía a cantar con mi guitarra, y al final invitaba a Juan a tocar la armónica, que es más mi instrumento.

J. A. Quiero destacar que Eva no es la cantante o la letrista; hace unas líneas de bajo increíbles, toca una guitarra exquisita, sabe programar. Eva es… la hostia.

Juan habla urgente, con modismos de rockero de calle, insertando el man y el tron. Eva, en contraste con su vozarrón de directo, se expresa suave y está más dotada para el humor que su compañero. Hay que hacer un esfuerzo para recordar que, cuando llegaron a Madrid, formaban pareja amorosa. Años después, sigilosamente, dejaron de serlo. Aparentemente, hoy se llevan bien y parecen repartirse las funciones: Juan se deleita en señalar aspectos del sonido de Pájaros en la cabeza, mientras Eva prefiere referirse a las letras. Y si Juan pone el corte siguiente antes de que ella haya concluido los comentarios respecto al anterior, vuelan dardos mortales hacia el guitarrista. Eva tiene convicciones sólidas.

E. A. Yo siento como una bofetada lo de que el idioma del rock es el inglés, algo que se decía mucho cuando comenzábamos. En Chile, México o Argentina han desarrollado un español perfecto para cantar vivencias y sentimientos. Allí entienden que usar el inglés sería frivolidad o elitismo.

J. A. En Chile nos acusaron de ¡satanismo! Por el inicio de Te necesito: "Oh, cómo quieres que me aclare / si aún soy demasiado joven / para entender lo que siento, / pero no para jurarle / al mismísimo ángel negro".

E. A. Nos reímos, pero ellos se lo tomaron muy en serio. Tuvimos que explicar que era un recurso literario.

J. A. Bueno, asumes que también te pueden malinterpretar. Lo que importa es que hemos llamado al nuevo disco Pájaros en la cabeza por ser una expresión que no existe en inglés.

En ese título ¿no hay algo más que una reivindicación lingüística?

J. A. Sí, también supone una defensa de las fantasías, de las ideas utópicas, de la vigencia de los sueños.

E. A. Está En el río. Lo de "anoche soñé que mi padre estaba vivo" viene de un sueño que tuve en México. Mi padre era aficionado a pescar, y nos íbamos toda la familia buscando riachuelos. Ahora, todas aquellas aguas están contaminadas; tengo la sensación de que él murió al mismo tiempo que los ríos y por las mismas razones.

Aparte de esas cuerdas apasionadas, lo que destaca de 'Pájaros en la cabeza' es el espesor de la melancolía.

J. A. No, no, no. Hay canciones muy animosas, como Salta. Revolución tiene esas partes gritadas con megáfono que Eva grabó en el pasillo, ante el pasmo del resto de los que trabajaban en el estudio.

E. A. Yo entiendo lo que dices respecto a la melancolía. Hay sentimientos inevitables: Esta madrugada refleja la incertidumbre de la noche que siguió a los atentados del 11-M, con los helicópteros y los rumores.

Volvamos al principio. ¿Qué tiene Zaragoza para que produzca tanto rock? Ciudades de tamaño similar no cuentan con figuras como los Auserón, Bunbury o Amaral.

E. A. Viene todo de algo tan sencillo como tener muchos bares donde suena buena música. Y locales de conciertos, En Bruto o La Casa del Loco, que te traían lo mejor de España y de fuera: siempre estabas midiéndote.

J. A. Pero allí domina el pop y el rock. Cuando llegamos aquí nos abrimos a otras músicas. En Madrid era fácil estar en un sitio donde sonaban los Kinks y, en el siguiente, escuchar a Caetano Veloso. Recuerdo ir al Suristán y encontrarme con El Chato, el cantaor flamenco. Fue como si me echaran ácido sulfúrico en el cerebro: no entendía lo que hacía con el ritmo o la melodía, pero percibí que era algo muy importante que se nos había escapado en Zaragoza.

E. A. Zaragoza tiene un espíritu de solidaridad. No estoy hablando de chovinismo, pienso más en la inmensa labor de apoyo de periodistas como Matías Uribe o Javier Losilla.

J. A. También hay buen rollo entre los músicos. Antes de hablar con Eva, yo la había visto tocando la batería con un grupo, el bajo con otro y cantando en un tercero. Estos últimos me llamaron para que metiera en una grabación mi famosa Rickenbacker de 12 cuerdas. Allí comenzó todo.

E. A. Te buscabas la vida en los bares. Yo ponía copas, Juan pinchaba. Adonde fueras, siempre te encontrabas con músicos en la misma situación; estaban detrás de la barra, con permiso para ausentarse cuando salían bolos.

J. A. También me he puesto traje y corbata para reforzar al personal en unos grandes almacenes. Si había que reunir dinero para grabar una maqueta, pues hacías lo que fuera para juntarlo.

¿Siempre hubo la voluntad de dedicarse a la música?

J. A. Ese deseo estaba al fondo, como un sueño. Tampoco sabíamos lo que era necesario para ser músico profesional, aparte de las clases para manejar tus instrumentos. Las carreras que elegimos no eran muy prácticas. Yo estudié arqueología, y Eva, en la escuela de arte, se inclinó por la escultura.

E. A. Ya habíamos tocado en todos los garitos de Zaragoza y alrededores cuando nos llamaron desde Menorca. Allí, un amigo nos sugirió que ya era hora de saltar a Madrid. Nos dio un contacto: "Hablar con Javi Alimaña, lleva un antro que se llama La Boca del Lobo".

J. A. Ése fue el consejo de oro. Javi nos dejó tocar y nos pagó, lo cual fue bastante maravilloso.

E. A. Habíamos sufrido a gente que a la hora de cobrar nos decía: "Consideraos pagados con el prestigio de tocar en mi local". [Risas].

J. A. Asusta pensar que La Boca del Lobo sufra cierres y multas del Ayuntamiento, cuando en otras ciudades sería un espacio sagrado, superprotegido. Cuando terminamos la última gira fuimos allí a tocar con toda la banda, y a Javi le pedimos que nos diera la misma cantidad que nos pagó cuando éramos desconocidos.

E. A. Cuando empezamos a ganar dinero se nos ocurrió montar una sala de conciertos. Hasta que vimos que no ganaríamos para disgustos; aquí es una actividad perseguida.

¿Se rindió fácil Madrid?

J. A. Encontramos mucha cordialidad. Recuerdo una vez que vinimos a tocar con un grupo argentino, Suárez. Se nos acercó un tipo seco, con barba, y nos dijo que le gustaba lo nuestro. Cuando supo que no teníamos dónde quedarnos nos ofreció su casa. Era Josele [Santiago, entonces al frente de Los Enemigos].

E. A. Los primeros meses íbamos de okupas a casa de amigos. Ellos fueron nuestros sponsors…, ¡y no pedían salir en los carteles!

La relación ¿se rompió por las tensiones del negocio?

J. A. ¿Qué ruptura? Somos amigos, tenemos la mejor relación.

Está claro a qué relación me refiero…

J. A. ¡Pasa palabra! Que responda Eva.

E. A. Un día te despiertas y se ha acabado el amor. Pero seguíamos compartiendo cama… ¡Sólo teníamos una! [Carcajadas].

J. A. Como nunca fuimos de hacer manitas y darnos besos en público, nadie se dio cuenta. Estábamos grabando el segundo disco y la compañía tardó un año en enterarse. Sencillamente, lo hacíamos todo juntos: canciones, ensayos, grabaciones, actuaciones, comidas. Necesitábamos respirar por nuestra cuenta. No lo vivimos como un gran drama.

E. A. ¡Qué dices! Recuerda las primeras semanas…

J. A. Bueno, sí. Pero luego nos lo tomábamos a broma; yo decía que iría a la prensa rosa y lo contaría todo. Imagina el titular: "¡Eva Amaral abusaba sexualmente de sus músicos!".

E. A. Es decir, de Juan, ya que entonces tocábamos en dúo.

J. A. Siempre hemos sido una banda, aunque en ese preciso momento sólo hubiera dos personas. En Zaragoza estaba mitificado el concepto de banda. Por eso nos dolió que, en los primeros discos, sólo saliera Eva en la portada.

E. A. Odiaba que se me considerara como una cantautora más o menos pop. Claro, el nombre era mi apellido, y se prestaba a equívocos.

J. A. Fue un empeño mío: Amaral me suena misterioso, a isla perdida, a caballero medieval…

Vamos con los tópicos: la santa trinidad de este mundillo…

J. A. ¿Cómo?

E. A. Juan, supongo que se refiere a lo de "sexo, drogas y rock and roll".

J. A. Pues si lo del rock and roll es hacer burradas, tirar televisores desde la ventana del hotel, nunca. Disfrutamos tanto de Spinal Tap [documental falso sobre los excesos de un grupo heavy] que nunca caeríamos en caprichos estúpidos. Ese exhibicionismo rockista resulta patético.

E. A. Lo de las drogas también tiene mucho bluf. Conozco a artistas que van de destroyers en el escenario y se vanaglorian en las entrevistas, y luego te los encuentras a las ocho de la mañana sudando en el gimnasio del hotel. Me indigna que se predique un estilo de vida peligroso a gente que luego no puede ir a Suiza a cambiarse la sangre, como Keith Richards.

Ésa es una leyenda urbana. No te desintoxicas con un tratamiento semejante.

J. A. Vale, pero entiendes lo que quiere decir Eva.

E. A. Yo acepto que la gente se drogue, pero me repugna que se impongan esos códigos idiotas. Lo cool no es tomar lo que se supone que debes tomar; lo cool es ser tú mismo.

Falta el sexo. Amaral tiene una cantante muy erótica, por cómo se viste y por lo que canta. En sus primeros conciertos había como un 90% de público masculino embelesado.

E. A. Puede que te digan alguna cosa cuando estás arriba, pero luego es horrible: no me tratan como a una chica cualquiera, están intimidados. Yo tengo ahora compañero, pero antes hubo noches en que me cabreaba: "¡Qué difícil es ligar!". No sé si ése es el caso de Juan…

J. A. Nunca he sido mucho de ligar. Y ahora, cuando estás en determinado nivel, te haces más inaccesible. No montamos fiestas en el hotel ni vamos de marcha tras un concierto.

¿Tienen una idea aproximada de cómo se recibe la música de Amaral?, ¿para qué utiliza la gente esas canciones?

J. A. Uf, eso es complejo. Supongo que deberíamos aspirar a hacer música curativa. Estábamos en Londres cuando alguien nos mandó un artículo de un periódico. Una mujer decía que había escapado de una relación abusiva tras escuchar nuestra canción Salir corriendo.

E. A. Que no menciona específicamente el maltrato. Pero sí, fue un gran día cuando leímos esa noticia.

'Pájaros en la cabeza' (Virgin / EMI) sale a la venta el 14 de marzo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 27 de febrero de 2005