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Reportaje:

Se busca al autor del 'Quijote' falso

¿Un cura amigo de Lope? ¿Un soldado aragonés? Los cervantistas pugnan sobre la identidad de AvellanedaLas reacciones oscilaron entre el entusiasmo, la simpatía y el escepticismo

La sala de Espejos del teatro Calderón estaba abarrotada de un público variopinto y el sonido flojeaba, pero el momento estuvo rodeado de gran solemnidad. Presidía el rector de la Universidad de Valladolid, Jesús María Sanz, que ejerció de notario de la magnífica revelación por la que cientos, quizá miles de cervantistas y aficionados han esperado casi cuatro siglos: el nombre del verdadero autor del llamado Quijote apócrifo o de Avellaneda, un enigma que ha roto muchas cabezas desde que la obra se publicó, en 1614, en una imprenta, quizá tan falsa y pirata como su autor, de Tarragona.

El rector rompió con eficacia mediana los precintos de la caja de cartón donde se guardaban los textos de Javier Blasco y Anastasio Rojo, dos profesores universitarios locales que han dedicado muchas horas a investigar las autorías respectivas del Quijote falso y de la novela La pícara Justina.

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Entonces, sucedió: el falso Cervantes, el gran plagiario de nuestro autor bandera, pudo ser, según Javier Blasco, un cura culto y poderoso, admirador de Lope de Vega y confesor de Felipe IV: el dominico vallisoletano Baltasar Navarrete (1560-1640), que con dos seudónimos distintos habría tenido la osadía (y el talento) de escribir no sólo el Quijote chungo, sino también la novela La pícara Justina (1605).

Ésta había sido atribuida hasta ahora, no sin dudas, al que la firmó, el presunto médico toledano Francisco López de Úbeda, pero ayer se acabaron las dudas. El profesor Anastasio Rojo halló un documento notarial firmado por Navarrete y por el editor en el que se aclara todo: la escribió el prior cobarde y luego salió de naja.

Para aumentar el lío, otro cervantista local, Alfonso Martín Jiménez, dio el gran golpe de efecto en mitad de la rueda de prensa de Blasco y Rojo: se levantó y culpó del crimen del Quijote a otro sospechoso. No fue el mendaz dominico sino el vengativo soldado aragonés Jerónimo de Pasamonte quien escribió el apócrifo, dijo.

Luego, Martín, que sigue la línea de Martín de Riquer, explicó que Pasamonte coincidió con Cervantes en Lepanto (1571) y escribió la obra bajo el nombre falso de Avellaneda en venganza porque éste le había retratado sin piedad en el primer Quijote (1605). Cervantes, enfadado porque Pasamonte se atribuyó un lance heroico que había protagonizado él, lo ridiculizó en el capítulo XXII: preso y camino de galeras, ahora era Ginés de Pasamonte y Ginesillo de Parapilla. Su venganza fue escribir y publicar el Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que precedió en un año a la segunda parte verdadera.

"Cervantes sabía perfectamente quién se escondía detrás de Avellaneda", dijo Martín, "conocía desde 1611 el manuscrito apócrifo y así lo reflejó en la segunda parte de El Quijote al menos cuatro veces, llamándole 'aragonés' e insinuando su identidad a través de dos personajes: Ginés de Pasamonte y don Jerónimo".

Martín culpa a los críticos de haber "pretendido trasladar su ignorancia a Cervantes sin molestarse en consultar las fuentes".

Pero Blasco, que sitúa a Navarrete como perpetrador del Quijote falso, también sonó muy convincente al contar que había encontrado una probable "confesión de firma" en un pasaje de la novela que hace referencia a unas oposiciones a sendas cátedras de Medicina y Teología en el Valladolid de 1611.

Según él, esos datos reales remiten sin duda a Navarrete, que accedió de forma vitalicia a la cátedra creada para él por el duque de Lerma, y que habría querido corregir en un segundo Quijote su talante "demasiado provocativo".

Considerado el enemigo público número uno por los abnegados cervantistas que llevan siglos persiguiéndolo por tierra, aire y archivos, los que se refirieron ayer a este posible Alonso Fernández de Avellaneda con sotana trazaron un retrato robot que mezcla admiración y recelo y otorga credibilidad a la atribución.

Blasco dijo que Navarrete fue un hombre con mucho poder y buenas razones para esconder su nombre, pues la lectura de la obra deja ver claro su perfil: "Cultura considerable, con notable dominio de las fuentes bíblicas y clásicas", "buen conocedor de la literatura de la época", antijesuita palmario, adscrito "al espíritu de la contrarreforma", "acérrimo defensor del orden establecido" y declarado partidario de Lope, proverbial enemigo de Cervantes.

Convertido el congreso casi en una verbena de revelaciones, las reacciones de los asistentes oscilaron entre el entusiasmo, la simpatía y el escepticismo. Gonzalo Santonja, director del congreso, consideró la hipótesis de Blasco como "muy interesante y atractiva". Jean Canavaggio exclamó "¡esto es el bombazo!", y Anthony Close advirtió que hay "enormes diferencias estilísticas" entre La pícara Justina y el Quijote de Avellaneda que hacen "bastante improbable" que su autor fuera la misma persona. Pero tampoco cree Close que fuera factible que Pasamonte escribiera una obra tan sutil e ingeniosa como el Quijote apócrifo. El sabio británico cerró una jornada de vértigo con una ponencia que contribuyó a calmar los encendidos ánimos del cervantismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 21 de enero de 2005