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COLUMNA

Esas cosas pequeñas y decentes

Los humanos estamos siempre hambrientos de buenas noticias. Siempre estamos necesitados de consuelo, dado el constante diluvio de horrores que nos cae encima desde los medios de comunicación. Por eso mitificamos tanto a las personas y nos despepitamos por encontrar, o más bien inventar, individuos perfectos que representen la verdad y la bondad, desde Lady Di a Lenin, desde Michael Jackson al Ché Guevara. Precisamos santos que nos demuestren que el Bien existe, porque estamos atosigados y atormentados por la evidencia del Mal.

Pensé en todo esto hace unas semanas, cuando el Bernabéu fue desalojado por la amenaza de una supuesta bomba. Que a alguien se le ocurra dar una falsa alarma de bomba en un estadio repleto de gente es de una malignidad que deja sin aliento. El pánico podría haber causado una masacre, de ahí el alivio y el orgullo que todos sentimos al ver el civismo ejemplar con que se produjo el desalojo. Todos los medios abrieron la noticia resaltando eso, e hicieron bien. Porque la masa puede ser linchadora, asesina y cobarde, como lo demuestran las feroces algaradas que vemos en Bagdad, o en México, o en cualquier otro lugar traspasado de sangre. Pero una masa de 70.000 personas también puede ser una suma de individuos responsables que no ceden al miedo ni pisotean al vecino más débil para salvarse antes.

Desde el principio de los tiempos, el ser humano ha intentado explicarse la existencia del Mal. Éste es uno de los más grandes y desazonadores enigmas de la vida, y todas las religiones se han esforzado en inventar diablos, ángeles caídos, sistemas duales; en encontrar alguna razón, en fin, para la insoportable sinrazón del dolor y el horror. Los humanos querríamos creer en la bondad; el problema es que esa bondad es un valor cada día menos de moda. Y no porque hoy seamos más malvados que antes, cosa que no creo, sino porque somos menos inocentes, es decir, menos ignorantes. Los medios de comunicación masivos e instantáneos nos hacen ver decenas de atrocidades cada día, de tal modo que hoy en día creer en la bondad parece cosa de auténticos idiotas.

Esperanza del Bien, conciencia del Mal. Ésa sería la radiografía emocional del ciudadano actual. Del Mal, en efecto, estamos sobradamente conscientes. Mientras que el Bien parece una utopía. Y, sin embargo, yo pienso que esto es un error de apreciación. Pienso que la luz es mucho más abundante en la vida que las tinieblas. En realidad, el solo hecho de horrorizarnos ante los abusos y los crímenes muestra que éstos siguen siendo una excepción, que son contemplados como una aberración. Aún más, creo que el ser humano es insospechadamente bueno; que soporta desigualdades y penurias sin ponerse a degollar masivamente a cuantos le rodean; que, en situaciones extremas, abusa relativamente poco de los débiles. Imaginemos un éxodo de personas que huyen de una guerra; si en los humanos triunfara la maldad, todos los niños, todos los viejos morirían a manos de los más fuertes, que les robarían sus escasos alimentos. Pero eso, está demostrado, no sucede así generalmente; porque hay algo, un instinto de supervivencia de la especie, un principio ético inscrito en lo más recóndito de nuestras células, ese imperativo moral kantiano que nos hace tener una conciencia innata de lo bueno y de lo malo, de lo que uno puede permitirse y lo que no.

Claro que hay muchos que transgreden ese principio moral. Los canallas y las canalladas nos asustan justamente porque queremos ser buenos. Nos angustia tanto la maldad que la agrandamos. Los horrores no se nos van de la cabeza, pero tendemos a ignorar los actos generosos y decentes, que abundan mucho más. En nuestra pesimista magnificación de lo malvado, incluso decimos cosas como el hombre es un lobo para el hombre, frase que es una verdadera tontería en el sentido negativo en que se emplea, porque el lobo es un animal social que cuida escrupulosa y abnegadamente de sus crías, de sus viejos y de sus enfermos… Más o menos como nosotros hacemos, por otra parte. Los humanos somos poca cosa, desde luego; pero somos capaces de desalojar en diez minutos un estadio con 70.000 personas sin abusar del débil ni pisotear a nadie. De estas cosas pequeñas y decentes está hecho el entramado constante de la vida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de enero de 2005