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COLUMNA

Indiferencia

Qué diabólica, perfecta escenificación ha tenido el horror del tsunami, sin duda la mayor catástrofe natural que ha sucedido en el transcurso de mi vida: su coincidencia con las fiesta navideñas; el abarrotamiento de turistas occidentales (un país como Suecia ha perdido decenas de ciudadanos, una verdadera tragedia nacional); el angustioso y siniestro recuento de víctimas, que ha ido creciendo día a día en una graduación insoportable de la tensión dramática; las noticias atroces que al final se han ido revelando, como lo de la sobreabundancia de niños entre los muertos, porque no tenían fuerzas para trepar o nadar, o lo de los cinco millones de personas que, ahora mismo, siguen atrapadas, en condiciones infrahumanas, en ese territorio de pesadilla. Ha sido un espanto tan bien dosificado que se diría que Dios es un sádico y eficiente director de escena. Spinoza sostiene que Dios es peor que malo: es indiferente. Ante dramas así resulta imposible no darle la razón.

Por otra parte, esto que ha ocurrido es algo tan enorme que sin duda dejará sus huellas. Y habría que esforzarse para que esas huellas no sean todas nefastas. Siempre me ha llamado la atención el modo en que la naturaleza parece discriminar, en la ferocidad de sus mordiscos, entre los países con dinero y los países pobres. Un terremoto de siete grados en la escala Richter puede provocar una carnicería y aplanar una ciudad en los perdidos Andes, pero es posible que en Japón sólo resquebraje algunos edificios. El 53% de las víctimas mortales causadas por desastres naturales están en los países más pobres de la Tierra, mientras que en los países más desarrollados sólo muere un 1,8%. Habrá que hacer algo definitivo y urgente, no sólo para auxiliar a esos cinco millones de personas que permanecen atrapadas en el moridero asiático, sino también para evitar esta desigualdad clasista de las catástrofes, esta indefensión innecesaria. Emerson dice que el hombre es un Dios en ruinas. Es una buena frase: prefiero las ruinas y las heridas internas a la perfección ensimismada y olímpica. Que nuestra fragilidad nos permita solidarizarnos con la fragilidad ajena y huir de eso que es aún peor que la maldad: la indiferencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 4 de enero de 2005