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Queridos Reyes Magos

El abuelo Chang sólo pide un poco de paz. Su nieta Teresa iba a pedir un perro, pero como ya lo ha hecho otras veces y nunca se lo han traído, se conforma con una lista larguísima de videojuegos y muñecas anoréxicas, a ver qué cae. A su hermano mayor, Paquito, le gustaría poder pedir un nombre chino, porque con lo que molan las pelis de Bruce Lee y la fama de experto en artes marciales que se ha labrado en el instituto, llamarse Francisco Javier Chang le parece un atraso, aunque en su casa no lo entienda nadie.

Elenita, este año no pide nada. Hace dos, sin pedirlo, le cayó del cielo un novio marroquí de 29 años, y desde entonces se limita a cruzar los dedos, sin decir ni siquiera aquello de "Virgencita, que me quede como estoy"porque no se fía ni de la Virgen. Para compensar, su madre pide este año más cosas que nunca. La primera, que el moro ése sinvergüenza deje tirada a su hija, y después, un buen golpe de Estado, o al menos, en su defecto, otro Tamayo, pero en el Congreso, y si no que Bush haga algo, cualquier cosa, invadir Perejil o lo que sea.

Braulio ya no pide que Elenita le corresponda porque se ha cansado de desearla en vano. Por eso se limita a pedir una novia sin nombre; buena en todos los sentidos, eso sí, y que le quiera. No es el único vecino que confía a los Reyes Magos sus conflictos sentimentales. Chema, el mecánico, que lleva 10 años pidiendo no ya una moto, sino que, simplemente, entre su mujer, sus hijos, el coche, la hipoteca, las derramas y el taller le dejen ahorrar para comprarse una moto, se encuentra este año pidiendo a Águeda, la del gabinete de estética del bajo, y cuando se da cuenta, se asusta muchísimo. A Águeda le pasa algo parecido. Primero pide que Chema se esfume, que desaparezca, que se desvanezca en el aire como un mal sueño, y luego, sin darse cuenta, se dice a sí misma: ay, no sé… Lo de Fran y Susana también es sentimental, pero distinto. Ellas piden que el Gobierno no se arrugue, por favor, que no se arrugue, y ya puestas, si puede ser, que el día de su boda les haga buen tiempo.

Pascual pide que le toque la lotería del Niño, porque la de Navidad ha tocado en la quinta puñeta, claro, como siempre, y si acaso que en julio se inunde el dúplex de Saturnino, a ver si se libra de veranear con sus cuñados de una condenada vez. Su hijo Junior ha pedido una conexión ADSL, una impresora y muchos libros, pero sólo para disimular. Lo que Junior, que se llama Pascual Martín Martínez y tiene 12 años, y es el niño más gordo de su clase, pero el más alto ya no porque este mundo es un asco de puro injusto, desea de verdad es un milagro. Levantarse un día de la cama y ser delgado; ni siquiera más guapo, ni más alto, sólo delgado, así, de repente. Pero como es un niño muy inteligente y piensa mucho no se lo dice a nadie, ni siquiera a su amigo Modesto, que podría ser su abuelo en lugar de serlo de esas dos niñas rubias y esbeltas, guapas, que pasan por su lado y no le ven; no porque sean antipáticas, que no lo son, sino porque no le ven. Modesto no escribe a los Reyes Magos, pues sí, hasta ahí podíamos llegar, no faltaba más, pero vende la lotería del sindicato con el íntimo deseo de que no toque nunca, para no malgastar la suerte en tonterías. Modesto también anhela un milagro que no le cuenta a nadie, ni siquiera a Junior, que es su amigo, y todos los años, al tomarse la última uva sin hacer trampas, sin correr, sin atragantarse, recuerda la Puerta del Sol tal y como estaba aquella tarde de abril, cuando su padre se lo subió encima de los hombros y le dijo: míralo todo bien, hijo, para que no se te olvide nunca. Entonces tenía seis años; ahora va a cumplir 80, pero no se le ha olvidado. Por eso, aunque no tenga a quién, siempre pide salud y república.

Valentina pide tantas cosas, en su mayoría muy milagrosas, que ni siquiera sabría por dónde empezar: si por ella, por su marido, por sus hijos, por sus alumnos, por su colegio, por su ciudad, por su país o por el universo mundo. La comisaria Pita, en cambio, sólo pide que se acuerden de su marido en el ministerio, a ver si lo ascienden de una vez y ella puede mudarse por fin al barrio de Salamanca. A su marido le gustaría pedir que su mujer no pidiera tonterías, pero como ya la ha dejado por imposible ha pedido una agenda electrónica, que le va a venir muy bien. La autora de este artículo, que puede hacer de todo excepto milagros, está pensando en regalarle un buen divorcio, que le vendría mucho mejor.

Feliz Navidad para los que sueñan con milagros.

Feliz Navidad para todos los demás.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 26 de diciembre de 2004