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Entrevista:CARMEN CAFFAREL

La mujer al mando

El futuro de la televisión ha sido uno de los grandes debates de este año. Carmen Caffarel, la directora general de RTVE, habla en esta entrevista del papel que ha de cumplir este medio en la sociedad. Mujer resistente, se enfrenta al reto de conseguir una televisión plural y sin dogmas.

Está hecha para sonreír. A lo largo de la conversación -que fue sobre su trabajo, pero también sobre la vida, la enfermedad e incluso la muerte- sonrió siempre Carmen Caffarel, como si supiera que todo se arregla en la vida. Está sentada al mando de una situación complicada, la de Radiotelevisión Española. Y afronta con humor y realismo los riesgos de estar en el ojo del huracán en un país que ha puesto a la televisión en el primer lugar de sus dianas. A tener ese carácter le ayudó la vida, e incluso le ayuda la vestimenta. El día que la fuimos a ver, en la vieja sede de RTVE en Prado del Rey, acababa de firmar el acuerdo con el que las televisiones afrontan el mandato presidencial de limitar la telebasura, y lo hizo utilizando una camiseta que fue después la que tuvimos delante de toda nuestra conversación. Pudimos apuntar algunas de las palabras que adornaban su superficie plateada: hotlips, love (labios calientes, amor)… En ese momento (un día antes de que le tomaran las fotografías y cuatro días antes de que se produjera en el Parlamento la intervención de José Luis Rodríguez Zapatero ante la Comisión del 11-M), la directora general tenía algo de fiebre, pues la intemperie de Sevilla (donde estuvo para asistir a la Copa Davis de tenis) le había producido un fuerte catarro; se lo fue a curar al servicio médico de RTVE, y la verdad es que sorprende en un alto cargo así que no haga que el médico, aunque fuera del seguro, no se acerque a su despacho. Pues ahí está, soportando la fiebre con gelocatiles, mientras nosotros tratamos de saber de dónde le viene ese carácter que se le ve y que tiene un símbolo concreto en una anécdota que ella protagonizó en Santiago de Chile. Filóloga de profesión, ya era profesora titular de Teoría de la Comunicación en la Complutense, antes de incorporarse a la Universidad Rey Juan Carlos, de donde es catedrática, y estaba en Chile en un curso de doctorado. En un tiempo de descanso tuvo el impulso de visitar iglesias, y se metió en una enorme y vacía, en uno de cuyos laterales una mujer velaba un féretro. Carmen Caffarel siguió su camino, pero de inmediato se lo pensó mejor y decidió volver sobre sus pasos y entrar en la capilla, a acompañar a aquella mujer sola. Estuvo con ella tres horas, hablando de la vida de ambas, hasta que llegaron otros familiares. La vida la ha ido convenciendo de que las cosas aparentemente menores tienen una importancia indescriptible, y eso es lo que le ha permitido relativizar lo grande hasta hacerlo todo de un tamaño manejable. Y nada le asusta, porque está curada de espanto. A lo largo de las dos horas que estuvimos juntos, su secretaria no la llamó nunca, y en un alto que hicimos, ella comprobó las dos llamadas que tenía en su teléfono móvil. Eran de sus hijos, María, de 24 años, y Pablo, de 21; viven con ella. Y en Madrid vive su madre, con la que cada día habla en catalán, su lengua de origen. Su padre, el actor José María Caffarel, murió hace cinco años, cuando tenía 79. De la familia comenzamos hablando.

¿Caffarell o Caffarel?

Caffarel. El origen de la familia de mi padre está en Francia; pero, al vivir en Barcelona, y ya sabes cómo son, o cómo somos, los catalanes, pues le pusieron dos eles al apellido, como en Sabadell, pero mi padre siempre impuso la realidad de su nombre. Tengo en el nombre un Serra y muchos apellidos catalanes, pero ese Caffarel es así, y es de origen francés.

¿Y cómo era su padre?

Era un hombre de principios, inamovible. Tenía una gran curiosidad por las cosas. No pudo estudiar porque le pilló la guerra y se fue a Francia. Pero cuando yo hacía la carrera de lingüística, él la hacía conmigo, leía todos los libros conmigo, los estudiábamos juntos. Fue autodidacto y aprendió a hablar francés (es su idioma materno, lo hablaba mejor que el castellano), aparte de catalán, pero también aprendió italiano, algo de alemán y portugués. Y lo aprendía en casa, con los walkman, y estudiando, siempre estudiando. Era un perfeccionista. A mí me adoraba; bueno, a mis hermanos también.

¿Cuántos hermanos?

Tengo uno mayor, que me saca cuatro años y medio; vive aquí, en Madrid. Y hay otro menor que yo, que vive en Tarragona. Me llevo mejor con el pequeño. Quizá la distancia de dos años con el menor hizo que yo jugara más con éste; además, lo podía manejar como quisiera, yo soy muy mandona. Y yo estaba en medio, y era la niña. Y para un padre, siempre la niña es la niña de sus ojos. Y teníamos un carácter muy parecido en muchas cosas, y eso hacía que nos llevásemos muy bien, aunque a veces surgieran discusiones de principios; yo tengo un carácter fuerte. Pero yo le adoraba, era un referente. Me inculcaron que había que tener una conciencia, unos límites, y eso es terrible porque, al fin, tú misma te autocastigas, te autoimpones.

¿Y su madre?

Es una mujer extraordinaria. Tiene un carácter muy alegre. Yo creo que la alegría la tengo de mi madre. Es una mujer que se acomoda a todo. Se apunta a un bombardeo, es alegre. Lo ha pasado mal, ha tenido muchas operaciones, estuvo desahuciada cuando yo era muy pequeña. Y sin embargo, tiene un sentido positivo, alegre, de la vida, y no es que sólo vea el lado bueno, pero es que de lo bueno y de lo malo también saca algo positivo.

Su padre era actor, ¿y su madre?

Era contable cuando jovencita. Cuando se casó lo dejó para ocuparse de sus hijos. Mis padres estaban superenamorados, eso es lo más bonito que recuerdo de mis padres. Mi madre conoció a mi padre cuando ella tenía 13 años, es toda la vida. Y si mi padre iba a un rodaje, le acompañaba. Una vida entregada a él, a la familia. Lo pasó muy mal tras la muerte de mi padre, tuvo una depresión. Mi padre murió a los 79 años; él consideraba que su misión era llegar a los 80 y ver el año 2000. Y no llegó ni a los 80 ni al año 2000, porque murió en noviembre de 1999.

¿Le ayudó mucho?

¿A mi madre? Yo creo que sí, es natural. Me llevé siempre bien con mi madre. En eso influye también el hecho de que era la única hija; parece que las madres y las hijas tenemos una relación más estrecha. Y la convencí para que se apuntara a la universidad de mayores, porque de repente se encontró muy sola, ellos se llevaban 10 años entre sí, y la generación de sus amigos pertenecía más al ámbito de mi padre, de manera que, por desgracia, quedan muy pocos. En la universidad ha hecho su clan de amigos y amigas: van a clase juntas, comparten los trabajos, después toman café. Yo la veo mucho más animada; lo pasó mal, y ver sufrir a gente que quieres es tristísimo.

¿Cómo le afectó a usted la muerte de su padre?

Yo creo que en la vida no hay nada gratuito, siempre hay algo que te ayuda. El año anterior a la muerte de mi padre le detectaron el cáncer, y yo tenía un año sabático. Dejé de ser vicedecana de alumnos y en ese tiempo le detectaron a mi padre el cáncer. Siempre pensé luego que ese año me lo habían regalado para estar con mi padre. Le acompañé a las sesiones de quimio, iba con él a los médicos, estaba con él las veinticuatro horas del día. Y me alegro un montón. Ese año hablé con él mucho más de lo que había hablado en años anteriores. Fue un tiempo de una gran ternura. Como todos los artistas, a él le gustaba que le vieran bien, tenía su orgullo, y cuando estaba físicamente mal le caían lágrimas. Sí estoy contenta de haber pasado ese tiempo con él, pero al mismo tiempo fue un mazazo. Cuando ya al final le veía tan mal, te veías en esa contradicción: quieres que siga y al mismo tiempo no quieres que sufra más.

Cuánto enseña la enfermedad sobre la vida.

Yo creo que todas las experiencias duras te hacen más humana. Relativizas mucho, le das importancia a lo que verdaderamente lo tiene. Los dos o tres momentos graves que ha habido en mi vida me han enseñado lo que es verdaderamente importante y las personas que quieres. Con ellas valoras cosas muy pequeñitas: un día bonito, una palabra, un café que de repente te tomas con un amigo en medio de la vorágine cotidiana que te quita el tiempo para todo. Así que cuando viene un problema que consideras importante y ves que no es para tanto, te das cuenta de que la vida te ha ido enseñando a relativizar.

Con su madre habla en catalán.

Para mí el catalán es el idioma de los afectos. Cuando sumo o resto, lo hago en catalán, me sé en catalán las canciones infantiles. Me costaría dar una conferencia en catalán, me faltaría vocabulario; pero si pienso "voy a ir con mi madre al médico", lo hago en catalán, y si me digo "he de ir a la facultad", lo pienso en castellano.

Usted dice que la expresión catalana que más le llega es 'cançó de breçol' (canción de cuna). ¿Y la palabra española?

Tolerancia. Ahora se lee en clave política, pero siempre me ha parecido una palabra importante. Tolerar significa que tú tienes tus ideas y yo tengo las mías, y soy capaz de tolerarte, sin que suponga confrontación. La he tratado de aplicar en mi vida, en casa, con mis alumnos.

Ahora parece una palabra desflecada.

No lo creo. Yo la aplico como la he aplicado toda la vida, sabiendo que hay otras maneras de mirar tan legítimas como las tuyas, con ciertos límites. Por propia definición, la tolerancia no se puede imponer. Y la vida tiene millones de colores y millones de matices, y nos estamos fijando demasiado en lo blanco y lo negro, en la cara y la cruz. Se están radicalizando mucho las ideologías. Yo creo que el mundo está muy crispado; la política es el elemento más visible de esa crispación, pero no es el único, ni mucho menos.

¿Cómo pueden cambiar los medios esa actitud?

Siendo más plurales, mostrando los matices. No haciendo titulares de una sola verdad. Una verdad única no existe, la verdad es la suma de muchas verdades parciales. No existen buenos y malos, verdad y mentira. Habría que llevar a la gente la sensación de que la vida es más bonita que esta crispación que estamos viviendo.

¿La programación que usted alienta tiene como objetivo relativizar?

Depende, no se puede hablar de toda la programación. Vamos a buscar ámbitos de tolerancia en la información, debe ser una información plural en la que quepan muchas voces, y no ha de ser una información circunscrita a la política. Tenemos la obligación de informar de otras muchas cosas que ocurren en la sociedad y que no sólo versan sobre la política. Hay que informar sobre la sociedad civil, sobre la cultura. Estamos haciendo Enfoque, Las cerezas, Miradas, Estravagario…, queremos dar entrada a la diversidad en esos programas, y si informamos de lo que hace la sociedad plural y civil, pues estaremos huyendo un poco del dogmatismo.

No ha nombrado usted el programa '59 segundos', sobre el que se enfocan ahora tantas controversias. ¿No encuentra usted que los intervinientes, y sobre todo los periodistas, se presentan partidarios o contrarios de este o de otro partido político?

Creo que están muy ideologizados.

Parece que se sienten obligados a defender una postura u otra, no actúan como periodistas.

A nivel teórico, la gente cree que puede tomar distancia con respecto a aquello que se analiza, y no, nadie es neutral, todos miramos la vida en función de como somos. Yo sí veo que ahora se han polarizado mucho los medios de comunicación, y eso se advierte en un programa como éste, en el que los contertulios se ven obligados a cumplir la función de opinar y no de informar. En 59 segundos lo vemos: parece que unos periodistas están a favor y otros en contra, exactamente igual que las figuras políticas que aparecen en el programa. También pienso que puede ser una estrategia del programa, llevar a periodistas con mucha opinión formada.

¿Y dónde está el término medio?

Donde está la virtud. Pues a lo mejor es que en este momento parece difícil estar en el medio. Tampoco sé si hay que estar en el medio, cada persona tiene que estar donde quiera estar, pero sí que tendría que estar representado todo. La propia política se ha bipolarizado, y esto es un síntoma más de la bipolarización.

No hay relativizadores.

Relativizadores, o gente que se pone en el lugar del otro, hay que intentar conseguirlo. Soy una mujer voluntariosa, creo en la utopía, la reivindico, y sé que hay que intentar recuperar esa capacidad relativizadora de la sociedad. La gente está harta de esta bipolaridad, de esta crispación.

¿Cómo vivió, como espectadora, el 'incidente Moratinos' en el programa '59 segundos'?

No creo que yo deba juzgar, pero sí creo que fue precipitada la respuesta, en esas circunstancias. Es consecuencia del formato: el entrevistado no tiene el tiempo suficiente para responder porque a veces le hacen dos o tres preguntas y en 59 segundos no tiene tiempo para contestar.

¿Iría si fuera ministra?

Iría en la medida en que hay que dar la cara. Es más fácil no ir, pero no tenemos que ir sólo a lo fácil, aunque iría con cierta precaución porque es cierto que con esa rapidez te puedes sentir obligado a decir algo que deberías explicar, pero hay que ir. ¡Pero a ese programa y a la vida, aunque te equivoques!

Ha habido críticas al hecho de que ese programa sea ajeno a la casa, siendo tan delicado e importante desde el punto de vista de la creación de opinión.

Creo que en la casa no se pueden hacer todos los programas. Es verdad que hay que potenciar la producción propia, y se va a incrementar en un 10% respecto del año pasado, incluso un poco más; pero no todos los programas se pueden hacer aquí, y esa propuesta vino de fuera. Nos pareció una idea muy buena. Queríamos recuperar debates, nos pareció muy digno el formato y dijimos: adelante con los faroles.

¿Cómo le preparó la vida para lo que hace?

Bueno, me ha preparado para todo: para esto, para lo anterior y para lo que siga. Soy una persona acostumbrada a pensar, a leer, a reflexionar, y eso me prepara para actuar en cosas concretas. Y también tengo cosas que aportar; ya no soy una niña, tengo detrás una experiencia y una lucha que me han enseñado muchísimo, como profesora y como mujer.

¿Qué ha sido lo más difícil?

¿En la vida? Ser mujer y estar donde estoy. A nivel teórico todos creemos en la igualdad, pero en la práctica las cosas son más difíciles. Nos educaron en una sociedad que nos alertó en contra de nuestra propia libertad como mujeres, y eso te produce sentimiento de culpa porque parece que no estás suficientemente con tus hijos, y además tienes complejo de culpa porque no lo estás dando todo en tu profesión. Y esos sentimientos de culpa nos hacen estar veinticuatro horas al día en estado de alerta para no fallar.

¿En su puesto ha notado los arañazos del machismo?

Cuando llegué al puesto tuve la intuición de que como era mujer debía demostrarlo más. Las dos directoras generales anteriores [Pilar Miró y Mónica Ridruejo] fueron duramente atacadas, sobre todo Pilar Miró, que le hicieron la vida imposible. A un hombre se le presupone la capacidad; una mujer tiene que demostrarla, en este puesto, en la universidad, en todo. A lo mejor somos nosotras mismas las que nos obligamos a demostrarlo… Cuando hacía la tesis doctoral ya tenía a mis dos hijos pequeños, daba de mamar a Pablo y con un pie iba arrullando la cuna de María, y mientras iba pasando las fichitas de la tesis. Yo me sentí fatal, porque un hombre en igualdad de condiciones sabe que alguien se ocupa de sus hijos. Lo de la distribución del trabajo de los hijos se puede llegar a consensuar en las relaciones, pero es algo que va más allá; está en tu cabeza la obligación de acordarte tú, y no cualquier otro, del día en que le toca la vacuna al niño.

En su caso, ¿cómo ayudaba el hombre?

La verdad es que no me puedo quejar, ayudaba. Aunque si se daba el caso de que él tenía que viajar por razones de trabajo y yo tenía que ir a dar una conferencia, el viaje lo hacía él.

Usted desarrolla su vida profesional en la democracia. ¿Cómo ha vivido los últimos tiempos, los picos y valles que ha tenido la política, los últimos años de Felipe González, los últimos años de Aznar?

Los últimos tiempos de ambos fueron muy difíciles, porque cuando se gobiernan periodos largos se tiende a desoír a la sociedad civil. El último periodo del Gobierno socialista fue muy duro, y ha sido muy duro el de Aznar precisamente porque no ha atendido a la sociedad, ha estado gobernando por encima del bien y del mal sin escuchar lo que los ciudadanos decían.

¿Y de qué manera marca a la sociedad, desde su punto de vista, la comisión que investiga lo que sucedió entre el 11 y el 14 de marzo?

El atentado fue algo terrible, nadie se merece esa barbaridad. El otro día escuchamos al señor Aznar, y con él otros están diciendo que esos días cambiaron el sentido del voto; no lo creo. Esos tres días hicieron quizá que hubiera más participación de gente que en condiciones normales no hubiera ido a votar, pero fue una gota la que colmó el vaso en determinadas personas, no fue su voto el que cambió: tuvimos el Prestige, la huelga general, la guerra de Irak, y en esos tres días la actitud del Gobierno añadió una gota más al vaso. Dicho esto, creo que la comisión no está ayudando para nada a evitar la crispación. Pienso que son los jueces los que tienen la palabra, y ahí debe ser donde se tiene que situar la investigación. Porque aquí no se busca la verdad, sino que se intenta demostrar que el otro tiene razón frente a sus oponentes, y para mí eso no es bueno.

¿Y qué sensación le deja en el cuerpo la reinstauración de la crispación en España?

Mal, cómo me va a dejar. Porque no avanzamos, si estamos crispados no avanzamos; claro que tiene que haber distintas opciones políticas, pero, hombre, vamos a construir desde el Gobierno y desde la oposición. Es una sensación perjudicial, porque además afecta a todos los sectores de la sociedad.

Nombró antes a Pilar Miró. ¿La entiende mejor ahora?

La entiendo como a cualquier director general en el sentido de que esto es muy duro, recibes muchas críticas y no tienes tantas ocasiones de explicarte bien. Por lo que se dice de ella, era muy temperamental, dura externamente pero muy sensible por dentro, y para cualquier persona sensible esto es heavy metal. Cómo no la voy a entender, me pongo en su lugar, y además fueron a por ella y la machacaron injustamente, y ahí vuelvo a lo que decíamos: no sé si fue porque era mujer, no sé, me quedará la duda.

¿Y cómo se han portado con usted?

Como se hayan portado lo sabré cuando me vaya. ¿Cómo se están portando ahora? Los políticos se portan bien, yo no me siento presionada por nadie. Tengo, lógicamente, un control parlamentario, y ahí cada partido hace su papel, lo entiendo y no me hace daño. Mediáticamente, me parece que algunas críticas han sido injustas, porque a cualquiera que entre en un puesto público se le debe conceder un mínimo de tiempo para demostrar algo, y ese tiempo no se me ha dado. Recuerdo que la boda de los Príncipes tuvo lugar a los pocos días de mi toma de posesión, y me machacaron por el resultado; lo asumo, porque soy la directora general, pero recuerdo que eso no se monta en quince días. Creo que los cambios se pueden empezar a ver ahora, después de seis meses.

¿Y dentro de la casa?

Me lo habían dicho: es una casa complicada, muy sindicalizada, resistente al cambio en la medida en que es muy grande, con muchas inercias. Yo llevo siete meses, y los procesos son diacrónicos, llevan su tiempo; hay un proceso de cambio interno y externo, y no han terminado ni el uno ni el otro. Por eso creo que se me debe juzgar al final, ¡todavía quedan muchas cosas por hacer!

Todos los directores generales aseguran que no le presiona el poder político. Algo le dirá a usted el poder político.

Yo creo que tanto el Gobierno, como los partidos, como la Iglesia tienen que llamar a los medios, pero no me llaman a mí. Llaman a los servicios informativos, a su director, si es el caso. Otra cosa son las presiones, y eso ocurre, ha ocurrido y ocurrirá. A mí directamente no me llegan presiones. No sé si es que no llamaban antes tampoco, pero a mí no me llaman.

¿No le ha llamado Zapatero nunca?

Sí, me llamó una vez; debía de ser por la noche, porque yo estaba friendo croquetas para la cena. Nunca pensé que un día mientras friera croquetas me llamara el presidente del Gobierno. Quería saber cómo me sentía, fue después del nombramiento. Yo no le conocía antes del nombramiento, y luego no me ha vuelto a llamar.

¿Qué le parece cómo lo está haciendo?

Yo creo que bien, pero mejorable, como todo. Llevan ocho meses, que es un tiempo no suficientemente largo como para que se vean los efectos de las medidas que van tomando. Me alegro de la política más social que ha emprendido este Gobierno, ha dado pasos que no tienen vuelta atrás: la ley integral de violencia de género, una ley del matrimonio entre homosexuales, y la polémica que se ha generado en torno a esto último no es real. Quien no quería casarse, que no se case, pero que deje que los demás hagan lo que estimen oportuno.

¿Pierde usted el ánimo cuando se enfrenta a esa deuda tremenda que tiene RTVE?

A mí el ánimo no me lo quita nada. Al final creo que este Gobierno, ligándolo o no con el cambio de estatuto de la casa, va a tener que asumir la deuda; cómo ha de hacerlo es un problema del Gobierno, no sé si ha de hacerlo de golpe o con periodicidades, no depende de mí.

¿Qué aconsejarán los sabios?

Creo que van a aconsejar que exista una radiotelevisión pública potente. Me estoy poniendo en su cabeza, porque no sé qué van a decidir, pero por lógica asumo que debe haber una radiotelevisión en consonancia con sus hermanas europeas, pues Europa se construye a partir de los medios de comunicación públicos, y la española no debe ser menos que la francesa, la alemana o la inglesa. Una radiotelevisión pública potente le da cohesión a un país.

¿Y la telebasura es el pasado?

De momento es el presente. La propia palabra, telebasura, es polémica. La televisión pública ha de dar ejemplo a las privadas, tiene que ir por delante. No es mi estilo decir lo que emiten otros, pero es cierto que esos programas ayudan a la crispación de la que estamos hablando: se entra con gran alegría en la vida de terceros y después es muy difícil devolver la honorabilidad dañada.

Un trabajador de esta casa anuncia para el mes de enero próximo un libro en el que va a denunciar la situación en RTVE. Es Alfredo Urdaci. ¿Le sorprende su decisión de denunciar manteniéndose en plantilla?

A él no le conozco en persona. No me gusta hablar de personas en concreto, cuando no es necesario. Pero Urdaci es un trabajador de esta casa; pertenecía a la plantilla de la radio, y cuál no fue nuestra sorpresa cuando observamos que veinticuatro horas antes del cese se le adscribe a TVE; es una pequeña sorpresa, pero, en fin, se le cambia a petición propia, y es, en definitiva, un trabajador de la casa, así que es deseable que haga el trabajo que se le pide. A mí no se me ocurriría, dentro de una empresa, atacar a esa empresa, dice poco del profesional; lo que tendría que hacer es sumarse. Hay que saber estar arriba y abajo, eres un empleado de la casa y debes tener lealtad a la empresa. En este sentido, creo que Urdaci no está siendo demasiado leal.

¿Y qué mecanismos hay para regresarlo a la lealtad?

Él ha solicitado unos meses sin sueldo por motivos personales; se le acaban en diciembre, y esperemos que se incorpore como cualquier trabajador normal.

¿Tiene curiosidad por saber qué dice en su libro?

No particularmente, creo que hay otros libros que me llamarán más la atención.

Se resalta mucho que Juan Menor siguiera como director de TVE después del cambio que usted protagonizó. ¿Por qué siguió?

Siguió porque había empezado a gestionar unos planes, es un buen profesional, y era una manera de continuar con un presupuesto que ya se había comenzado. Y no tengo inconveniente en decir que Juan me ha sido leal.

Al principio nos dijo que era mandona. ¿Ha tenido desfallecimientos en este trabajo?

Todos tenemos un día malo, pero no han sido peores en este trabajo que en otros. Y con respecto a lo de mandona, cuando cumplí los 50 años, el año pasado, una amiga me regaló un vídeo en el que muchas personas hablaban de mí, y muchos decían eso, que era una mandona. Y una mujer alegre. No mando por mandar, lo sé explicar. Y soy una mujer alegre. Soy una mujer resistente, pero no lo soy por principio, sino porque así es mi carácter. Mandona, alegre, resistente. ¿Qué me pone triste? La palabra jamás, la palabra nunca; las tengo borradas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 26 de diciembre de 2004